“En un país como el nuestro, con tales niveles de pobreza, discriminación, desigualdad, somos privilegiados los que nos dedicamos a escribir. Si podemos tratar de dar algo a cambio, es útil. No me considero una persona que tiene respuestas para todos los problemas sociales. Simplemente me gustaría ayudar en la medida de lo posible a que algunas cosas concretas cambien”, expone Juan Villoro, desde el Colegio Nacional, en la Ciudad de México.

Ciudad de México, 9 de marzo (SinEmbargo).– Juan Villoro es miembro del Colegio Nacional. Escribe novela, cuento, literatura infantil, dramaturgia, ensayo y crónica. No conforme con eso, suele participar en diversos proyectos de carácter social y político. También ha encontrado formas creativas de acercar la cultura a diferentes grupos poblacionales. Justo de algunos de estos temas pudimos conversar con él, sabedores de que se nos quedarían muchas preguntas en el tintero.

“Uno de los peores infiernos que hay en la creación es la reiteración. A todos nos ha pasado, admiramos a escritores que parece que siempre están escribiendo el mismo libro. Ya es como una cosa automática. Yo pretendo curarme de esto cambiando de género de forma radical”, dice el escritor, desde el Colegio Nacional, en la Ciudad de México.

“En un país como el nuestro, con tales niveles de pobreza, discriminación, desigualdad, somos privilegiados los que nos dedicamos a escribir, si podemos tratar de dar algo a cambio, es útil”, dice el escritor mexicano Juan Villoro en esta entrevista. Foto: Cri Rodríguez, SinEmbargo.

–Es muy lindo este lugar [El Colegio Nacional].

–La verdad es increíble. Todas las actividades son gratuitas. Viene gente mucha gente.

–¿Sí viene mucha gente?

–Depende del tipo de actividades. Tuvimos una activad sobre anarquismo y cultura, en el contexto del encuentro anual “Libertad por el saber”. En el 2017 se dedicó el tema a las revoluciones. A mí me tocó organizar un sábado, todo el sábado era anarquismo y cultura. Empezamos con temas de rock. Repartimos fanzines de los hermanos Flores Magón, nos ayudó su bisnieto, Diego Flores Magón. Tuvimos una mesa sobre vanguardias. Otra sobre anarquismo y cultura, luego un performance y una exposición con artistas de un colectivo. Tuvimos mil 781 personas ese sábado. Es significativo. Aparte en streaming los que puedan verlo y todo. Tuvimos un problema esa vez porque metimos mucha música de rock y de inmediato las grandes disqueras te bloquean. Tienen una policía robot. Si tú sacas Led Zeppelin, Red Hot Chili Peppers, nos bloquean. Luego logramos restablecer el streaming. No estábamos usando la música, pero entre una conferencia y otra se quedaba la música de rock. Pero los robots no saben, te bloquean. Es algo impresionante. A mí me ha tocado organizar obras de teatro aquí. Vienen unas 40 personas. Los viernes ya se ha hecho una tradición que se llama “Viernes de la Evolución”. Son muy exitosas, dependiendo del tema.

–Tenemos ahora, y la industria editorial tiene esos datos, más libros que nunca, ¿la oferta tan amplia le beneficia o le perjudica a la literatura o a los libros importantes?

–La pluralidad nunca perjudica. Me parece que es extraordinario que alguien pueda leer un libro mío, pero yo no pediría que se bloquearan otros libros para leer el mío. Hubo un momento en el que una editorial española quería abrir una librería en Cuba. Nos pidieron la autorización, a los autores que publicábamos, para que pudieran promover los libros, pero nos aclararon que algunos títulos de su catálogo estarían excluidos, muy concretamente los libros de Guillermo Cabrera Infante. Me pareció absurdo. Era un agravio. Yo estaba contento, pero no quería que me leyeran a condición. No debemos preocuparnos por la proliferación de libros, me preocupa que dentro de la proliferación, ciertos títulos se dejan de publicar. Periódicamente salen de circulación grandes autores. Un ejemplo de laboratorio es Juan Carlos Onetti. Todos los personajes de Onetti son tristes, apuestan por causas sin futuro, les va mal, y de alguna manera el propio autor va en forma muy parecida a sus personajes. Cada 10 años es muy difícil conseguir un libro de Onetti, luego hay una resurrección de su obra porque hay un congreso, porque hay un aniversario, pero luego vuelve al olvido. Hay autores que yo leí en mi juntad y que eran muy populares, por ejemplo, como Henry Miller, autor de alta literatura erótica. Todos los leíamos con una mezcla de morbo en busca de buena literatura. Esos libros son muy difíciles de encontrar. Eran obras obligadas en los sesenta y setenta. Han desaparecido por los flujos del gusto, por los criterios editoriales. Hay obras que van saliendo no siempre de manera justificada. Eso me preocupa: que la tradición no siempre sea fiel a sí mi misma.

–Si pensamos en la biblioteca de Juan Villoro, ¿cómo eliges?

–Yo no soy fetichista. No tengo un gusto por las primeras ediciones. Si acaso alguien me regla una, la aprecio, pero no atesoro libros como objetos. He sido muy descuidado con mi propia vida, me he separado demasiadas veces y he cambiado de casa demasiadas veces. Y si bien no se pierden bibliotecas enteras, por lo menos buena parte de ellas. He prestado muchos libros que no he recuperado. Algo que me suele pasar es que creo tener libros que he leído y voy al librero y no los encuentro. Tengo demasiados libros por acumulación e insistencia, pero no tengo los que podría tener si me hubiera dedicado a coleccionar libros. No me interesa demasiado, los libros para mí son objetos de trabajo. Pero claro, lamento perder libros, hay algunos que he tenido que comprar tres o cuatro veces por estas pérdidas.

Juan Villoro escribe novela, cuento, literatura infantil, dramaturgia, ensayo y crónica. Foto: Cri Rodríguez, SinEmbargo.

–Háblanos sobre Teatro por la Dignidad.

–Es un movimiento que inició Luis de Tavira. En cuanto [Donald] Trump subió a la Presidencia, él recordó la experiencia del teatro clandestino, que se hizo en México cuando el ex Presidente Zedillo desenmascaró al subcomandate Marcos y se hizo la manifestación de “Todos somos Marco”. Fue un movimiento para proteger a los zapatistas y también para poner sobre la mesa temas como el racismo, el clasismo, la condición indígena. Fue muy exitoso. Autores como Víctor Hugo Rascón Banda, Vicente Leñero y otros se involucraron y de inmediato se creó un repertorio teatral con obras de coyuntura y otras permanecieron mucho tiempo en cartelera, incluso con distintos elencos. Fue la idea de Tavira. La verdad es que fallamos en algunos sentidos, porque él convocó a un grupo de dramaturgos, directores, escenógrafos, productores… Escribimos un panfleto para ser leído al final de las funciones y nos propusimos crear obras de inmediato, se hizo un concurso de obras de teatro a través de la revista Paso de Gato. Lo que quisimos fue poner en discusión asuntos que deberían ser pertinentes en todo momento, pero que ahorita tienen gran actualidad; por ejemplo, los migrantes, la frontera, la identidad, la relación amor-odio con Estados Unidos, el tema colonial, el racismo, el narcotráfico…

Esta situación se prestaba para hacer obras de teatro. Lanzamos la convocatoria, nos unimos varios dramaturgos. Muy poco después vino el terremoto del 2017, nos metimos en otras cosas… Posteriormente vinieron las campañas electorales, yo me involucré en la campaña de Marichuy, la candidata del Consejo Indígena de Gobierno. Total que el proyecto se retrasó con una ventaja subsidiaria, podíamos planear mejor las obras, escribirlas con más calma. Finalmente se hicieron cuatro obras que se van a estrenar en septiembre en la UNAM. Estas obras son de Antonio Zúñiga, Jaime Sabo, Estela Leñero y yo. La mía se llama “Cremación” y es una historia bastante íntima de la relación México-Estados Unidos. Es la historia de un padre gringo que llega a México huyendo de la guerra de Vietnam, un tipo que no quería saber nada de su país, que buscaba un sueño alterno, que vino aquí y fundó una familia y luego desapareció en circunstancias extrañas. La obra comienza cuando él muere en el desierto mexicano. Es un gringo indocumentado. La mezcla de familias y sangres se pone en juego en el funeral de este personaje. Ocurre durante la cremación del cuerpo.

–Es un movimiento que inició Luis de Tavira. En cuanto [Donald] Trump subió a la Presidencia, él recordó la experiencia del teatro clandestino, que se hizo en México cuando el ex Presidente Zedillo desenmascaró al subcomandate Marcos y se hizo la manifestación de “Todos somos Marco”. Fue un movimiento para proteger a los zapatistas y también para poner sobre la mesa temas como el racismo, el clasismo, la condición indígena. Fue muy exitoso. Autores como Víctor Hugo Rascón Banda, Vicente Leñero y otros se involucraron y de inmediato se creó un repertorio teatral con obras de coyuntura y otras permanecieron mucho tiempo en cartelera, incluso con distintos elencos. Fue la idea de Tavira. La verdad es que fallamos en algunos sentidos, porque él convocó a un grupo de dramaturgos, directores, escenógrafos, productores… Escribimos un panfleto para ser leído al final de las funciones y nos propusimos crear obras de inmediato, se hizo un concurso de obras de teatro a través de la revista Paso de Gato. Lo que quisimos fue poner en discusión asuntos que deberían ser pertinentes en todo momento, pero que ahorita tienen gran actualidad; por ejemplo, los migrantes, la frontera, la identidad, la relación amor-odio con Estados Unidos, el tema colonial, el racismo, el narcotráfico…

Esta situación se prestaba para hacer obras de teatro. Lanzamos la convocatoria, nos unimos varios dramaturgos. Muy poco después vino el terremoto del 2017, nos metimos en otras cosas… Posteriormente vinieron las campañas electorales, yo me involucré en la campaña de Marichuy, la candidata del Consejo Indígena de Gobierno. Total que el proyecto se retrasó con una ventaja subsidiaria, podíamos planear mejor las obras, escribirlas con más calma. Finalmente se hicieron cuatro obras que se van a estrenar en septiembre en la UNAM. Estas obras son de Antonio Zúñiga, Jaime Sabo, Estela Leñero y yo. La mía se llama “Cremación” y es una historia bastante íntima de la relación México-Estados Unidos. Es la historia de un padre gringo que llega a México huyendo de la guerra de Vietnam, un tipo que no quería saber nada de su país, que buscaba un sueño alterno, que vino aquí y fundó una familia y luego desapareció en circunstancias extrañas. La obra comienza cuando él muere en el desierto mexicano. Es un gringo indocumentado. La mezcla de familias y sangres se pone en juego en el funeral de este personaje. Ocurre durante la cremación del cuerpo.

–Eres un escritor exitoso, eres un escritor conocido, podrías dedicarse sólo a escribir, pero siempre estás involucrado en temas sociales.

–Hay una gran indiferencia. A mí me gusta mucho una frase de la escritora Cristina Rivera Garza. En México advierte ‘una indiferencia militante’. Lo cual es muy sugerente porque tú pensarías que la indiferencia es simple apatía, pero hay gente que se esfuerza por serlo, porque eso te evita problema. En un país como el nuestro, con tales niveles de pobreza, discriminación, desigualdad, somos privilegiados los que nos dedicamos a escribir, si podemos tratar de dar algo a cambio, es útil. No me considero, creo que es muy peligroso que alguien se considere así, una persona que tiene respuestas para todos los problemas sociales y que puedes interpretar mejor la realidad. Simplemente me gustaría ayudar en la medida de lo posible a que algunas cosas concretas cambien. Hay mucha gente que está perdiendo sus tierras, su casa, el agua, la están matando. Si podemos hacer algo para corregir eso y que esté país sea menos injusto, vale la pena. Es una elección individual. No es una obligación del gremio.

–Hay una gran indiferencia. A mí me gusta mucho una frase de la escritora Cristina Rivera Garza. En México advierte ‘una indiferencia militante’. Lo cual es muy sugerente porque tú pensarías que la indiferencia es simple apatía, pero hay gente que se esfuerza por serlo, porque eso te evita problema. En un país como el nuestro, con tales niveles de pobreza, discriminación, desigualdad, somos privilegiados los que nos dedicamos a escribir, si podemos tratar de dar algo a cambio, es útil. No me considero, creo que es muy peligroso que alguien se considere así, una persona que tiene respuestas para todos los problemas sociales y que puedes interpretar mejor la realidad. Simplemente me gustaría ayudar en la medida de lo posible a que algunas cosas concretas cambien. Hay mucha gente que está perdiendo sus tierras, su casa, el agua, la están matando. Si podemos hacer algo para corregir eso y que esté país sea menos injusto, vale la pena. Es una elección individual. No es una obligación del gremio.

–Vas a ser jurado en el premio de Crónica de Anagrama.

–Sí, está muy bien. La crónica en México y en América Latina mucho prestigio, pero no siempre es fácil encontrar lugares para publicarla. Es fácil que se haga un seminario de crónica, que alguien de la academia elogie a las crónicas, estatus que antes no tenía. El hecho de que Svetlana Alexiévich ganara el Nobel con Voces de Chernóbil o que Elena Poniatowska haya ganado el Cervantes, siendo La noche de Tlatelolco su principal obra, habla de que el rango del periodismo es equivalente a la literatura de ficción si es que se ejerce con excelencia. El prestigio está ahí. La demanda de crónicas también está ahí, América Latina es un territorio que pide a gritos ser narrado en crónicas. ¿Cómo explicar este mundo caótico, contrastado, exhuberante, pues si no es a través de historias reales que den cuenta de esta realidad? Por un lado están los temas, por otro el prestigio de la crónica, pero quién te publica un texto de 15 cuartillas. Ningún periódico tiene eso. Algunas revistas admiten crónicas largas, pero es difícil, estamos en una batalla. El periodismo ha perdido confianza en sí mismo. El periodismo se trata de parecer a medios que no son periodísticos, es decir, tener la velocidad del video, la inmediatez de los discursos digitales. Se pierde de vista que el gran periodismo escrito ha dependido de la extensión de un tipo de textos que se pueden leer con más fuerza, y de la investigación en el tiempo que te permite escribirlos de mejor manera. Este premio es singular porque permite que periodistas hagan textos larguísimos. En el jurado hay cronistas que admiro como Leila Guerriero, Martín Caparrós. Yo espero que lleguen buenas crónicas. Siendo el primer premio, sospecho que muchos se van a quedar a medias. Es muy difícil que alguien tenga un libro en el tintero, pero si el premio funciona, puede convertirse en un imán para crónicas futuras.

Juan dice que ha prestado muchos libros que no ha recuperado. Foto: Cri Rodríguez, SinEmbargo.

–Participaste en shows en los que se mezclabas tu voz y el canto de Hernán. Ahora el tema es Nervo.

–Amado Nervo murió hace 100 años exactos en Montevideo. Su sepelio fue el más espectacular de toda América Latina. El barco que transportaba su cadáver tardó seis meses en llegar a México; se detuvo en todos los puertos de América Latina, en donde se le rindió pleitesía, las mujeres se desmayaban cuando se recitaban sus poemas de amor. Miles de pañuelos blancos lo despedían. Fue un paroxismo del sentimentalismo. Él era el gran poeta romántico de América Latina. Fue un gran amigo de Rubén Darío. Fue un poeta dueño de una musicalidad verbal extraordinaria. Pero también un poeta que se conformó con ciertas fórmulas y que se convertiría, a la luz de críticos, en un poeta cursi, el poeta, digámoslo así, de nuestras abuelas. Era un poeta muy popular, pero ya no respetado por los poetas. Valoración injusta. Amado Nervo fue un escritor múltiple. Fue el redescubridor de Sor Juana Inés de la Cruz. Tomó un tren a Nepantla, se descompuso la locomotora y dijo: “¿dónde estoy?. Aquí nació Juana de Asbaje”. Empezó a preguntar a la gente y decidió escribir una monografía que fue el primer texto moderno que reivindicó a la gran poeta mexicana. Fue precursor del periodismo rosa, escribiendo de bailes. Hizo periodismo deportivo. Tenía una idea filosófica avanzada para bastantes personas. Era un hombre de una inteligencia múltiple. Era un tipo transgresor que quedó etiquetado. Tuvo un sepelio concurrido que lo liquidó ante la posteridad crítica.

El espectáculo que creamos se llama, basado en un verso de Agustín Lara, en el En el jardín azul de tu extravío, que parece uno de los más exaltados versos modernistas. Se nos ocurrió hacer una conferencia concierto, en donde nosotros empezáramos en el funeral de Nervo y desembocáramos en el de Juan Gabriel, y en el camino de estos dos funerales ir viendo cómo la poesía de Nervo fue alimentando la canción romántica, y cómo mucha gente, sin saberlo, está cerca de la poesía modernista, no por haber leído a Darío, sino porque los compositores románticos se aprovecharon del hueco que dejaron poetas. Fue una oportunidad extraordinaria de revalorar a Nervo. Nos vamos a presentar en el Colegio Nacional el 25 de mayo.

–La conferencia es un argumento completito. Quien no la pueda presencia como espectador,

–La va a poder ver por streaming. Yo estoy escribiendo un libro sobre Nervo, me interesa como fenómeno cultural. Yo no soy un crítico de poesía, ni me quiero meter a reivindicar su obra, sino más bien quiero ser testigo del fenómeno que fue Amado Nervo.

–En El vértigo horizontal hablas de una Ciudad que ya no es.

–Está dejando de ser. La Ciudad creció como una marea de casas bajas, antes era una ciudad que tenía pocos edificios altos, con excepciones como la Torre Latinoamericana, construida en 1956, la Unidad Nonoalco-Tlatelolco, el antiguo Hotel de México, eran edificios aislados. La condición sísmica de la Ciudad aconsejaba no hacer edificios tan elevados. Esta Ciudad creció como un vértigo horizontal. Solemos pensar que el vértigo sólo ocurre hacia abajo. Me gustó registrar los últimos 50 años de expansión horizontal. La Ciudad se va a convertir en otra. Hablo de cómo cambia el Distrito Federal a Ciudad de México. El punto final fue el sismo del 2017.

–Escribes novela, cuento, cuento infantil, dramaturgia, incluso poesía, crónica, ¿cómo le haces? ¿Cómo sabes a qué género ir y en cuál te sientes más cómodo?

–Sentirme cómodo… en ninguno, pero eso es lo bueno. Si me sintiera cómodo me apoltronaría. Basta con que algo te interese para que te pongas un poco nervioso. Si una chica te gusta, de inmediato empiezas a tartamudear. Todo lo que vale la pena te somete a un nerviosismo fuerte. Yo he tenido la suerte de ver a actores, algunos consagrados, antes de entrar a escena y todos están rindiendo culto a sus múltiples supersticiones. La dosis de nerviosismo es sana. Lo peculiar es que los nervios son diferentes. Cuando escribes un artículo o un reportaje, tienes un tipo de estrés que tiene que ver con la necesidad de la claridad, eso se tiene que entender de inmediato, la fecha de entrega. Cuando escribes una novela es distinto, nadie está poniendo límites. Son circunstancias distintas, a mí me gusta pasar de unas a otras. Así trato de convencerme de que no me repito. Uno de los peores infiernos que hay en la creación es la reiteración. A todos nos ha pasado, admiramos a escritores que parece que siempre están escribiendo el mismo libro. Ya es como una cosa automática. Yo pretendo curarme de esto cambiando de género de forma radical.