Pese a la enorme diferencia entre las expectativas y lo sucedido dentro de la casa, debo decir que L no se la pasó mal. Foto ilustrativa: Tales Azzoni, AP.

El jueves fue cumpleaños de L, el más pequeño de esta familia. Cumplió 7 años de edad y casi dos meses en confinamiento. Lo fuimos preparando con anticipación para no resquebrajar sus expectativas justo el día de su cumpleaños. Aunque ya nos había dicho, desde hace meses, lo que quería para festejar, le hicimos ver que sería imposible que se reuniera con sus amigos. La fiesta se postergó indefinidamente y nos tuvimos que conformar con un pastel de cajita que no salió tan mal, Las Mañanitas con la familia reunida en videoconferencia y algunas llamadas telefónicas. Los regalos tuvieron la envoltura de las cajas de cartón que se entregan a domicilio.

Pese a la enorme diferencia entre las expectativas y lo sucedido dentro de la casa, debo decir que L no se la pasó mal. Al contrario, estuvo bastante contento, constatando cómo la gente que lo quiere se comunica aunque no lo pueda abrazar. Debo decir, también, que de los cuatro que habitamos este sitio es quien mejor se la ha pasado. Al parecer, la idea de estar con su familia de forma ininterrumpida le funciona bastante bien. Tanto, como seguir en la escuela a distancia y tener muchos recreos a lo largo de la jornada. Sobra decir que a L no lo angustia el futuro, las consecuencias económicas, las financieras ni la idea de que alguien cercano se contagie. Él no tiene mayor problema con que se instale ésta como la nueva normalidad imperante.

Es claro que se diferencia de su hermano mayor pues B, de nueve años, necesita más a sus amigos, convivir y relacionarse con el mundo. Se aburre un poco pese a que se entretienen bastante bien juntos. Y después se van acumulando las capas de inconformidad. A M los días le rinden más pues se ahorra varias horas de trayecto cotidiano en tanto puede trabajar en casa. Yo, a punto de terminar semestre universitario, necesito algo de silencio para dedicarme a la escritura. Ambos, los adultos, pensamos que el final de esto no será claro. Y de nuevo llega la idea de la normalidad.

No somos escépticos, es necesario aclararlo: sabemos que el COVID existe y que no es un invento de un gobierno para desestabilizar la economía mundial. También que el líquido sinovial de las rodillas no se comercializa a precios superiores al oro y que las redes 5G de comunicación poco tienen que ver con las cuarentenas. Aún así, no deja de parecernos un tanto inverosímil la situación en la que estamos. Ahora ya no nos referimos sólo a la familia.

Es extraño. La consistencia de lo cotidiano tiene una textura algo increíble: un alto porcentaje de la población mundial está confinada. Eso provoca una pausa pero no de tiempo, pues éste sigue corriendo. Es una pausa a lo que entendíamos como normal. Las cosas ya no son como eran antes. Entonces se quedan en un estado de suspenso, de algo que no termina por articularse. Es claro que esto no puede prolongarse indefinidamente (haya o no vacuna, haya o no medicamento) pues el colapso podría ser peor que el contagio. Y, sin embargo, tampoco se avizora la salida. Así que la idea de pausa prevalece. La que consume nuestros días. La que nos permite creer que, en cuanto se decida presionar de nuevo el botón adecuado, las cosas correrán de nuevo a su ritmo natural y seguiremos adelante. Eso también es un engaño.

Así que, en medio de una consistencia, cuando menos, peculiar, la pausa sigue bloqueando el mecanismo reproductor de la realidad, que no del tiempo, insisto. A fin de cuentas, éste pasa. De qué otra forma, si no, habríamos celebrado antier el cumpleaños de L. Una celebración que, al margen de todo lo que nos ha significado a lo largo de su vida en términos de felicidad, también es una grieta a esa pausa pues nos vincula con lo que fuimos antes del confinamiento y seguiremos siendo cuando éste termine.