Una escultura monumental hecha en los últimos años de su vida. Foto: Secretaría de Cultura

Una escultura monumental hecha en los últimos años de su vida. Foto: Secretaría de Cultura

Esta semana tuvo lugar la imposición permanente de “The Palmist”, una escultura de grandes dimensiones de la artista surrealista, que ahora el público podrá observar en el Jardín del Antiguo Palacio del Arzobispado

Ciudad de México, 9 de junio (Sin Embargo).- Elena Poniatowska –que ganó el Premio Novela Breve en 2011 por Leonora- suele decir de Leonora Carrington (1917-2011) que era “una madre devota, de vocación total hacia la maternidad”.

Carlos Monsiváis (1938-2010) destacaba de ella “su gran compromiso con los principios libertarios del movimiento estudiantil del ‘68”. Carlos Fuentes (1928-2012) adoraba sus cuadros. “La imaginación no es sólo el reflejo de la realidad: la crea”, afirmaba el autor de La muerte de Artemio Cruz cuando habla de la plástica de esta artista nacida el 6 de abril de 1917 en el pueblo de Chorley, en Lancashire, Inglaterra, quien abrazó la corriente surrealista gracias a su encuentro en 1936 con el pintor alemán Max Ernst, con quien también mantuvo una relación sentimental.

En París, Carrington se hizo amiga de famosos surrealistas como el pintor catalán Joan Miró y el poeta francés André Breton. De militancia antifascista, Leonora también se volcó de manera rigurosa a la escritura, hecho que según Monsivais “distingue notablemente su manera de pintar”. Carrington llegó a México en 1943 y desde entonces formó parte activa de la vida cultural azteca.

Elena Poniatowska volvió a ponerla en el centro de atención con un libro que, aseguró la escritora, “no es ni una crítica de la pintura de Leonora Carrington, ni una biografía. Es una obra basada en conversaciones que sostuvimos durante múltiples entrevistas, en los libros de la propia Leonora y en los que se han escrito sobre ella: el de Whitney Chadwick, el de Susan L. Alberth, el de Julotte Roche”.

“La primera entrevista que le hice apareció en el periódico Novedades, que ya no existe”, recordó Elena.

“En estos últimos años he visitado a Leonora a menudo. Hablar con ella de su infancia fue sencillo. Yo le contaba de la mía y, a pesar de los quince años de diferencia en edades, había muchas semejanzas en la forma europea en que nos educaron. De lo que no habló fue de Max Ernst. Cuando le pregunté si había sido su gran amor, respondió que cada amor era distinto; cuando le comenté que su matrimonio con Renato Leduc había sido sólo conveniencia, respondió: “Bueno, tampoco”, contó la autora de La noche de Tlatelolco.

Leonora no es sólo un acto de amor sino también un homenaje a la vida y a la obra de esta mujer que ha hechizado a México con sus colores, sus palabras, sus delirios, sus arranques, sus historias. Trajo a nuestro país todos los recuerdos de sus vidas anteriores, todos los paisajes, los caminos bajo las acacias, todas las verduras que en México no se comían como los salsifíes, las endivias, las alcachofas. Trajo a Simone Martini, a Piero della Francesca, al Bosco y a Grünewald. Pudo haber vivido en Inglaterra, su país de origen, en los Estados Unidos, en Francia o en España, pero es un privilegio saber que un artista de su altura haya decidido ser mexicana. La deuda con ella es inestimable”, expresó Poniatowska, el mismo año en que Leonora Carrington, falleciera el 25 de mayo.

UN LENGUAJE ONÍRICO Y ORIGINAL

El mito céltico, el simbolismo alquímico, el gnosticismo, la cábala, la psicología junguiana y el budismo tibetano, según la Artstudio Magazine, fueron los temas que construyeron el estilo onírico y original de Leonora Carrington.

En opinión de la historiadora en arte Mercedes Sierra Kehoe, integrante del Seminario de Muralismo del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, fueron varios los aportes de la artista.

“Leonora Carrington llegó a México en la primera parte del siglo XX con un cúmulo de experiencias y vivencias, tanto de vida como de los sucesos por los cuales transitaba el mundo. Realmente tenía una relación con André Bretón, con Max Ernst, quien fue su primera pareja, de esto derivó mucho lo que Leonora siguió desarrollando ya años después traída a México por Renato Leduc”, explicó.

La pintora, escultora, grabadora, escritora, dramaturga y escenógrafa, desde pequeña estuvo familiarizada con los mitos celtas, muy presentes en sus cuadros y obras de teatro, a los que sumó los mundos mágicos y fantásticos que descubrió en México.

El surrealismo en sí mismo fue el eje en la obra de Leonora Carrington, definida por Kehoe en 2011 como “brillante, soñadora y visionaria”.

Donada por su hijo Pablo Weisz, la pieza de bronce (260 x 125x 82) quedará de manera permanente en este espacio “para evocar la esencia y la presencia de la artista”. Foto: Arturo López / Secretaría de Cultura

Donada por su hijo Pablo Weisz, la pieza de bronce (260 x 125x 82) quedará de manera permanente en este espacio “para evocar la esencia y la presencia de la artista”. Foto: Arturo López / Secretaría de Cultura

THE PALMIST EN EL ANTIGUO PALACIO DEL ARZOBISPADO

Esta semana tuvo lugar la imposición permanente de “The Palmist”, una escultura de grandes dimensiones de Leonora Carrington, que ahora el público podrá observar en el Jardín del Antiguo Palacio del Arzobispado.

En el marco del quinto aniversario luctuoso de la pintora, escultora y escritora surrealista, su hijo, Pablo Weisz, donó la pieza de bronce (260 x 125x 82) que quedará de manera permanente en dicho espacio “para evocar la esencia y la presencia de la artista”.

El fundidor y escultor Alejandro Velazco Mancera, quien trabajó 27 años con la artista surrealista, ganadora del Premio Nacional de Ciencias y Artes, explicó que “The palmist” cuenta con 11 réplicas, con la intención de que sean donadas a diferentes lugares aún por confirmar.

En el caso de la obra que se integra al Museo de Arte de la SHCP, formó parte de la colección Las posibilidades de los sueños, que se presentó en el 43 Festival Cervantino y se exhibió por primera vez al público en el Centro Nacional de las Artes (Cenart) en 2013.

Foto: Arturo López / Secretaría de Cultura

Foto: Arturo López / Secretaría de Cultura

“Esta pieza es especial porque fue la primera que Leonora realizó en tamaño monumental en la última etapa de su vida. Estaba conmovida, emocionada al verla y fue la primera que ella eligió dentro de esta colección”, dijo Velasco, quien destacó que esta donación es importante para Pablo Weisz, pues su intención es “dejar la huella de su madre y que su obra esté presente y lo disfrute la ciudad”.

“En el taller era feliz, se hincaba a retocar piezas, se subía a los bancos, marcaba, corregía; me gustaba mucho trabajar con ella porque era agradable y accesible”, dijo el fundidor.

“The Palmist” es un personaje nocturno que alude a la protección y la buena suerte.