El primer día de protestas, Trump fue trasladado al bunker subterráneos en la Casa Blanca. Foto: Patrick Semansky, AP.

Washington, D.C.— Las protestas masivas de los últimos días son las voces de los no escuchados. Las detonaron el brutal homicidio del afroamericano George Floyd a manos de un policía blanco captado en video. La sociedad explotó contra el racismo y la violencia policial como no lo hacía desde el asesinato de Martin Luther King. También tronó contra un presidente que incita la división.

Mientras las autoridades decidían si lo acusaban o no, manifestantes de todas las razas y edades se volcaban como cascadas sobre las avenidas de las principales ciudades para clamar justicia y el fin de la represión racista. El perpetrador fue acusado de asfixiarlo con la rodilla presionada en el cuello en el tercer minuto de los 8 y 46 segundos que duró el funesto episodio. “No puedo respirar”, balbuceaba el hombre de 46 años, mientras llamaba a su difunta madre. Le tomó el pulso uno de los policías cómplices. Estaba muerto.

La rodilla en el cuello del indefenso afroamericano fue tan real como ha sido simbólica a lo largo de la historia. Estados Unidos nunca se ha reconciliado con un pasado que abolió la esclavitud, pero no el racismo. El estallido social también es la respuesta a la frustración acumulada por la severa crisis de salud que hasta ahora ha cobrado la vida de 108 mil personas. Los más afectados han sido las minorías, los afroamericanos en las entrañas del Bronx, no el 1 por ciento en los rascacielos de Manhattan de donde salió Trump. Miles estuvieran vivos de no haber Trump subestimado la epidemia.

El primer día de protestas, fue trasladado al bunker subterráneos en la Casa Blanca, que data de la Guerra Fría, porque temía que los manifestantes predominantemente pacíficos irrumpieran en la icónica mansión. Las luces externas fueron apagadas para dificultar un ataque que nunca llegó.

Construido durante la segunda guerra mundial para proteger a Roosevelt en la eventualidad de bombardeos aéreos, el búnker fue modernizado posteriormente con un avanzado sistema de comunicación. Se usó por última vez en 2001 para proteger al vicepresidente durante los ataques del 9/11. George W. Bush estaba en Florida.

Indignado por la imagen que proyectó escondido en un sótano asustado como ratón, él, el admirador de tiranos, él, el defensor la fuerza, tuiteó: “cuando el saqueo empieza, empiezan los balazos”. Fue reprendido por Twitter por “glorificar la violencia”. Desencajado, amenazó con invocar una represiva ley de 1807 para que tropas en activo “dominaran” el “campo de batalla” contra los “terroristas” en los estados, si los gobernadores “débiles” no pueden con ellos.

Bajo las órdenes del procurador general William Barr, abogado de Trump no del pueblo, la policía metropolitana y la Guardia Nacional desalojaron a punta de golpes y gas lacrimógeno a manifestantes pacíficos y reporteros en la Plaza Lafayette frente a la Casa Blanca. Sin más presencia que la de un impresionante dispositivo de seguridad, Trump y su séquito marcharon hasta llegar a la iglesia St. John. Alzando torpemente una Biblia que Ivanka Trump sacó de su bolso Max Mara de mil 540 dólares, Trump posó tieso ante las cámaras. Lo acompañaron Barr, el secretario de la Defensa Mark Espe y el jefe del estado mayor conjunto, general Mark Milley. Desplante teátrico digno de emperadores.

El despropósito de usar a las fuerzas armadas para avanzar su agenda electorera fue rechazado por el Pentágono. Los militares se negaron a librar una guerra fratricida no vista desde la Guerra Civil hace siglo y medio. En inusual señal de disidencia, el secretario de la defensa dijo que las circunstancias no ameritan invocar la ley de 1807 para militarizar al país. Un puñado de generales jubilados, dos de los cuales trabajaron bajo Trump, lo acusaron abiertamente de dividir al país y de violar su juramento de respetar la Constitución.

Un triple cerco metálico de dos metros y medio de altura fue construido en tiempo récord en el perímetro externo de la Casa Blanca. No hay que viajar a Irak para ver la zona verde. Un presidente que necesita acantonarse detrás de cercos y barreras porque se siente amenazado por los ciudadanos que gobierna, no es líder, es prisionero de sus propios demonios. La otrora llamada casa del pueblo reducida a un castillo medieval dentro de una fortaleza.

La doble crisis—COVID-19 y movilización social contra el racismo y contra Trump—pone en entredicho una reelección que muchos erróneamente daban por hecho. La ventaja del virtual candidato demócrata Joe Biden en estados decisivos que Trump ganó en 2016 sigue creciendo. En el último promedio nacional de las principales encuestas que realiza RealClearPolitics, Biden le ganaría a Trump con 14 por ciento del voto nacional de realizarse las elecciones hoy.

Derrotarlo en las urnas no será fácil. Ha superado otras crisis. Mostrado su inmunidad a la destrucción político. ¿Es diferente esta vez? ¿El principio del fin? No apostaría. Los autócratas se aferran al poder. Imposible saber qué va a pasar el 3 de noviembre. Quedan 147 días. Pronosticar que el país no resiste cuatro años más de caos, desintegración y odio es menos arriesgado.

Twitter: @DoliaEstevez