Aparición. Pintura Tomás Calvillo Unna

La furia del resentimiento cuando adquiere el rostro del crimen
expande el infierno en el seno de las sociedades.

Sin pupitres,
sin pizarras,
sin tablets.
La única lección
es encontrar el ritmo propio:
ese inhalar de la presencia,
su luminoso cordón del existir,
el poderoso hilo del que pende la vida;
el mundo palpable de la encarnación;
el exhalar cuyos segundos confirman
el invisible zurcir del cuerpo;
este templo nuestro tan horadado.

Son la pluma y el papel desparecidos,
los apuntes, la voz que resuena,
y la ausencia que nos acoge.

En ese inhalar y exhalar esculpimos
los cimientos mismos del destino.

Es el ritmo,
la llave, su clave, el código;
es la palabra,
el arte más sofisticado
y el más común.

Al inhalar y exhalar
los vocablos se pronuncian
y la aparición se revela;
el aula de la conciencia
es el silencio,
la paradoja que nos define.

Su vasta realidad emerge
en los intervalos, en la pausas,
en la continua concentración
que despierta:

saber que el tema a tratar y conocer
es el universo,
que portamos dentro y fuera;
el viento ilustrado en su vaivén,
su partitura, el inicio…