Hugo López-Gatell y José Luis Alomía Zegarra durante el reporte diario de la COVID-19. Foto: Pedro Valtierra, Cuartoscuro.

El 29 de febrero de este año, el Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, Hugo López-Gatell, declaró con una suficiencia que hasta entonces apenas le conocíamos pero que después se hizo lugar común en sus ampulosas declaraciones cotidianas, que el coronavirus y la enfermedad derivada de él, la COVID19, no cumplían con las características para considerarse una emergencia sanitaria. Poco después, el Gobierno de México difundió un cartelito informativo con muñequitos en el que se afirmaba que “El Coronavirus COVID19 no es una situación de emergencia” y explicaba en cada recuadro que no había necesidad de cancelar eventos masivos, actividades laborales ni escolares, tampoco había que hacer compra de pánico (lo cual era correcto), le pedía a la gente que siguiera con sus actividades normales, pero con medidas de precaución que ni siquiera explicaba. El último recuadro afirmaba, categórico, que la enfermedad causada por el coronavirus COVID19 no es grave.

Así comenzó la brillante estrategia de la autoridad sanitaria para enfrentar la pandemia que hoy en México ya ha costado alrededor de 100 mil muertes, si tomamos como válidos los cálculos académicos y periodísticos que han señalado el fuerte subregistro de las cifras oficiales de fallecimientos confirmados producidos por el virus y que el propio López-Gatell ha aceptado, aunque en entrevista para un periódico norteamericano, no en sus cotidianas peroratas, donde muestra estadísticas a modo basadas, además, en una irresponsable decisión de no hacer pruebas masivas para contener los contagios. El truco en el que se basa el ocultamiento es sencillo: si no haces pruebas, pues no tienes confirmados.

Los despropósitos del Subsecretario han sido eco de los proferidos por el Presidente de la República, que en los momentos iniciales del brote epidémico en México llegó a afirmar que la población mexicana, al fin raza cósmica, era más resistente al coronavirus que la de Italia o la de España. Para el 23 de marzo, la cifra esperada de muertes por la pandemia en México era, según el inefable López Gatell de 2 mil. Milagrosamente, la virgen otra vez había hecho algo que no había hecho por ninguna otra nación.

López-Gatell siguió con la difusión de su estrategia comunicativa de no darle importancia a medidas que otros países tomaban, como el cierre de fronteras, adoptado incluso por los países de la Unión Europea que comparten el tratado de Shengen. El 2 de marzo afirmó que no tenían que preguntarle nada a los viajeros que llegaban a México, porque no pretendían hacer control territorial del virus. El negacionismo presidencial, compartido con Bolsonaro y con Trump, se convertía, así, en política pública.

Para el 14 de marzo, López-Gatell seguía negando la necesidad de suspender clases y se echó una de las declaraciones por las que será recordado: “Si yo, en lugar de cerrar la escuela en ese momento me espero a que la escuela tenga, por ejemplo, 10 niños infectados, puedo cerrar la escuela y esa medida aplicada a 10 contra 999 es más efectiva que si la cierro cuando solo es uno contra 999. Todo un galimatías disfrazado de sapiencia estadística. Era claro entonces que el Gobierno de México se sumaba a los países que optaban por la llamada inmunidad de rebaño, como Reino Unido, que reculó cuando su Primer Ministro acabó en terapia intensiva por la infección, y Suecia, uno de los países europeos con peores resultados en el manejo de la crisis.

Las lindezas de López Gatell incluyen su negativa al uso de mascarillas, a pesar de la abrumadora evidencia mundial a favor de su uso, o aquella, del 25 de abril, cuando afirmó que sin síntomas no había contagio, cosa que ya para entonces era bien sabido que era falsa. El 30 de abril afirmaba, orondo en su superioridad científica, que para junio estaríamos ya casi de salida, para reconfortar a una niña triste porque no podría celebrar su cumpleaños.

Según López Gatell, desde enero estábamos preparados para que el virus nos hiciera lo que el viento a Juárez. También nos espetó que el Presidente no era una fuente de contagio por su fuerza moral. El 4 de mayo se ponía alarmista y decía que las muertes podrían llegar a 8 mil, aunque el realismo al que nos tiene acostumbrados lo hizo corregir el 27 de mayo, cuando nos anunció que esperaban 15 mil. El 30 de mayo, severo, decía que las actitudes libertinas de los gobiernos locales nos podrían llevar a ¡30 mil fallecimientos!

Claro que el Presidente de la República desde el 11 de mayo anunciaba que ya se había logrado superar sin prohibiciones y el 12 de mayo ya andaba colgándole medallita de oro al pueblo por su responsabilidad y disciplina. Eso, un día después de que los mexicanos habían salido a festejar masivamente a sus mamacitas, porque lo grave había pasado, pues según López-Gatell había dicho un par de semanas antes que la peor etapa sería del 2 al 8 de mayo. Las consecuencias de aquel optimismo están registradas en las propias estadísticas oficiales.

Este es solo un puñado de las perlas declarativas provenientes del Presidente y del Subsecretario, quien vivió una inusitada fama mediática por su supuesta claridad para comunicar las cifras de la epidemia, para caer más tarde en el absoluto descrédito. Estoy seguro de que López-Gatell no es un charlatán y que tiene una buena formación científica, lo que hace evidente la manera abyecta en la que ha asumido su labor, para justificar y reforzar la supersticiosa percepción de su jefe sobre la crisis sanitaria. La selección la tomé de un hilo de Twitter publicado por @omegar.

El hecho es que la tragedia no para y el Gobierno ha tenido un desempeño lamentable. No ha informado bien y la negativa del Presidente a asumir la gravedad de la crisis no solo ha dado un mal ejemplo, traducido en el descreimiento de buena parte de la población del enorme riesgo que corre, sino que ha conducido a políticas públicas desastrosas, como la reapertura anticipada, obligada por su decisión de no tomar decisiones de política que redujeran el impacto económico del confinamiento. Su cerrazón a la posibilidad de echar a andar programas de salvamento de pequeñas y medianas empresas y, sobre todo, su terca oposición a la instauración de un ingreso vital de emergencia, ambas resultado de su proverbial tacañería con el uso de los recursos públicos, para no frenar sus obsesivos megaproyectos, ya está costando muchas vidas y condenará al país a un alto desempleo de largo plazo, por los miles de negocios que no volverán a abrir. En su momento tendrá que rendir cuentas por sus decisiones.