Antes incluso de lo visual, la captación de gemidos, aullidos, gritos, exclamaciones, nos dan claves para identificar y entender a los otros más allá de la apariencia. Foto: Especial.

Con más de dos mil años de existencia, las voces búlgaras entrañan una misteriosa manera de cantar. Sin recursos técnicos más que la emoción y el poder de la voz, un grupo de mujeres han transmitido por siglos canciones ancestrales a las nuevas generaciones. Semejantes a la liturgia bizantina, se trata de ritmos primitivos, espontáneos, carentes de armonías que lo mismo nos evocan a una madre acunando a su bebé o grititos de niñas jugando, en contraste con lamentos por la pérdida de un ser querido, monodias llenas de melancolía y tristeza. Son voces que plasman el folclor de un pueblo lleno de ternura, de sueños, pero también de amargura y frustración. Conjunto fascinante que rompe con el tiempo lineal y nos introduce en una espiral profunda e inescrutable, es un espacio de recuperación para el alma. Hasta los años cincuenta esta tradición era prácticamente desconocida, pero el investigador suizo Marcell Cellier se adentró en el corazón de una Bulgaria prácticamente destruida por los horrores del nazismo y, utilizando un pequeño y austero magnetófono, registró el dolor, la alegría, la vida diaria de sus mujeres. Cada una de ellas tenía una historia de pérdida y sufrimiento, la manera de contarlo era a través de la voz. Esa voz, transfigurada por el arte, trasciende el ámbito de lo cotidiano y crea alianzas, en este caso femeninas, para siempre.

La obra Vis. Fuerza (in)necesaria 4 (V. F (i)n_4), de la artista Luz María Sánchez (Guadalajara, 1971), también trata de voces femeninas. Pero estas voces son el resultado de una desesperada búsqueda. Encabezado por Mirna Medina, una luchadora ejemplar y con el apoyo del Grupo de Investigación en Antropología Social y Forense (GIASF), Las Rastreadoras del Fuerte son un colectivo de mujeres que ayudan a otras mujeres a indagar en qué sitio pueden estar enterrados sus desaparecidos: hermanos o hermanas, hijos o hijas, conyugues, amigos. Esto ocurre en un sitio llamado justamente El Fuerte, en Los Mochis, un lugar árido donde la violencia a consecuencia del narco, el hambre y la desesperación se ha convertido en una forma de vida. Todos los miércoles y domingos, unidas por la pena y la indignación, realizan el ritual que les permite sobrevivir al inconmensurable dolor de la ausencia. En una especie de coro lleno de lamentos, pero también de complicidades, de risas y de un espíritu inquebrantable, levantan la voz; se escuchan unas a otras mientras tratan de ubicar el sitio preciso en el que puede encontrarse un cuerpo.

La espontaneidad de sus dichos apenas inteligibles nos hace pensar en aquellas mujeres búlgaras que mantienen la tradición de su pueblo a través de la voz. Pero en el trabajo de Luz María no hay nada que celebrar, nadie ha sido convocado a un festejo, no hay música; es un registro, memoria que debe dar cuenta del abismo que vive cada una de estas mujeres en su tragedia. La autora tampoco pretende aportar un testimonial ni hacer una denuncia. Más bien parece ser un acompañamiento, un acto de entrañable solidaridad con los seres que la necesitan. Como antecedente de esta pieza Luz María ha trabajado con este grupo en la elaboración de una aplicación, especie de Facebook, en la que pueden documentar día a día sus acciones. Ahí alertan sobre nuevas desapariciones y hace las veces de una memoria colectiva que termina por construir una suerte de hermandad. Ese es el gran logro de Luz María, el ponerse en los zapatos del otro, de las otras.

Con sus micrófonos direccionales que registran el sonido a distancia, captura las voces de quienes durante una jornada se dan a la tarea de rastrear alguna huella que las conduzca hacia un desparecido, de ahí el nombre del colectivo.

Sin ser invasiva, y tratando de no alterar la naturalidad de su labor, la artista recolecta los pequeños diálogos, los diferentes pasajes que discurren entre estas mujeres; desde compartir la comida, hasta la frustración de encarar un día más sin encontrar a la víctima. El desasosiego se entrelaza con la sencillez de las conversaciones sobre la vida de cada una; en común tienen la pérdida y el dolor al que han sido condenadas. Con sus instrumentos que consisten en palas y un estilizado pico de hierro, van cavando y horadando. Irónicamente, entierran el pico y alcanzamos a escuchar lo que pareciera un súbito brote de entusiasmo; si hay un cadáver, el olor será la evidencia. Pero las pistas pueden ser falsas, por ahí hay osamentas de animales o simplemente un aviso sin fundamento. El fracaso no las desanima y siguen hasta el final de la jornada. Habrá otros días y la vida entera para seguir buscando.

Foto: Especial.

Muchas veces pensamos que la expresión sonora es la más reciente disciplina agregada al arte contemporáneo, pero esto es un error. Quizá sea la más antigua de todas; basta pensar en los primeros rituales que consistían en la ejecución de sonidos que remiten a los latidos del corazón. El primer vínculo con la vida es justamente el sonido que existe dentro del vientre materno. Antes incluso de lo visual, la captación de gemidos, aullidos, gritos, exclamaciones, nos dan claves para identificar y entender a los otros más allá de la apariencia. Los sonidos rara vez engañan. Y sin embargo, aún cuesta trabajo crear una atmósfera en la que el espectador solo escuche, vivimos una era desmedidamente visual, lo cual no quiere decir que sepamos ver, generalmente vemos lo que nos indican que veamos. Los sonidos de Las Rastreadoras, convertidos en arte por Luz María, sin recurrir a la música o apoyarse en el video, son una apuesta sumamente compleja.

Dentro del MUAC en el área de arte sonoro, nos encontramos con una breve cédula que anuncia el proyecto. Expresa lo necesario para entender el contexto de la pieza. En la pequeña sala, apenas iluminada, nos topamos con muros desnudos, excepto por unas bocinas. Al centro, un pedestal con un Ipad en el que podremos elegir uno de los tracks. La obra consiste en tres momentos de dos minutos y medio cada uno. El sonido se distribuye en ocho canales y circula creando una atmósfera: sonidos metálicos de palas que aporrean contra la tierra, el golpeteo de las piedras que se mezcla con indescifrables voces de mujeres que van en crecendo. De pronto, una voz se eleva sobre las demás, “¡No se rindan mujeres”, “¡Una osamenta!” Los sonidos se aglutinan, se escuchan algunas risas, jadeos, exclamaciones. Un bajo continuo nos remite a la famosa pieza Homenaje a las víctimas de Hiroshima, del compositor Krzystof Penderecki; a pesar de que solo consiste en un tono, crea una vaga sensación de ansiedad. Termina por desaparecer, quedan las voces que expresan distintos ánimos. Las otras dos piezas, son variaciones de esta. En el patio del museo continúa la obra. Se trata de unos altavoces en los que solo se escuchan las grabaciones de las voces en un continuum que imagino debe ser la duración de la jornada. En el suelo colocadas cinco excavadoras impecables, nuevas, de hierro negro. Son bellas, en la punta tienen un pequeño orificio, sirve para la labor que tiene que ver con el reconocimiento a través del olfato.

En un mundo en el que el arte se liga a los mercados estrechamente y el valor del artista se aquilata en función de sus precios y ventas y en el que el ego puede destruir cualquier lucha o activismo, la tarea de Luz María no es nada fácil. Con un absoluto respeto y al mismo tiempo un involucramiento total, nos muestra la parte más íntima de la experiencia que significa un día con Las Rastreadoras. Pienso que es también una manera de mostrarse a sí misma y crear un espejo sonoro para todos nosotros.

Vis, Fuerza (in)necesaria 4 (V. F (i)n_4, de Luz María Sánchez se puede escuchar en la sala dedicada al arte sonoro del MUAC hasta el 2 de septiembre.