Los lugares que más me han gustado no tienen que ver con ciudades. Foto: Geoff Brinkhaus

Hace un año y medio que agarré mis chivas (lo más importante fue el sartén y la prensa para el café) y me trepé al mundo. Le pedí al universo que me lanzara polvos mágicos y me enseñara el camino. Soy reafortunada: he podido estar en varios sitios, bailando de norte a sur de sur a norte del norte al centro y del centro a donde se me sople.

Hoy vengo a dar mi opinión romántica sobre los sitios más bellos de la tierra –porque la opinión de snob sociólogo-todólogo con respecto a viajar, merece otro momento–.

Los lugares que más me han gustado no tienen que ver con ciudades. No gente, no jardines reales, no arquitecturas bizantinas o góticas o clásicas, no luces ni fuegos artificiales, no puentes de mármol ni mierdas de hierro forjado. No templos, iglesias, mezquitas, cementerios, ruinas, museos, bulevares famosos, palacios o castillos. No bares secretos o restaurantes Michelin o hermosas bibliotecas de a 15 euros la entrada.

No amuralladas reservas ecológicas con animales exóticos, feos, deslumbrantes o en peligro de extinción. No patrimonios de la humanidad ni antiquísimas casas con historias recicladas. No monumentos ni momias ni gárgolas. No cunas de alguna civilización (jajaja, ¿qué es eso de ser la cuna civilizatoria según la cronología de la humanidad? una disculpa por la risita nerviosa, pero eso no existe). No imperiosos parlamentos defensores de la democracia ni pasajes sagrados por donde algún ser divino nos hizo el favor de andar.

En uno de mis últimos viajes en avión, me tocó ventana. Pude ver que las montañas, tal como nosotros, tienen grietas, y por ahí les corre el mar o los ríos como a nosotros nos corre la sangre y la belleza. Así que me quedó claro: lo mío es más bien un romance con los espacios abiertos. Qué sé yo. Donde después de recibir de frente al viento te revuelque los cabellos –todos en la cara– hasta sentir cómo se tejen tres mil nudos debajo de tu nariz; donde recibas tanto aire que apenas entiendas lo que es respirar de verdad. Donde te sientas libre: sentada en las piernas de un glaciar y sin entender nada. Donde te sepas en la cima del mundo: desnuda y amaneciéndole en la espalda, ahí, una mañana cualquiera, con la certeza de que ella sigue siendo el viaje de tu vida.