En la antigüedad la definición de belleza elevó los cánones de producción artística. Foto: Especial.

Uno piensa que al arte le toca hablar de la belleza ideal, de lo sublime exclusivamente. No es así. Los criterios estéticos remiten en última instancia a temas que a todos nos atañen, incluso aparentemente banales: ¿ha llegado el momento de pintarse las canas o levantarse los párpados?

La belleza es deseada por todos y somos capaces de someter nuestro cuerpo e intelecto a las más duras pruebas con tal de obtenerla. Pero sabemos que la belleza es subjetiva, es variable y cambia con el paso del tiempo. Lo que para una cultura puede ser bello, para otra es incomprensible y no duda en considerarlo una anomalía. Es cierto que entre más personas coinciden en que un objeto es bello, más necesidad tienen de él, lo codician y lo atesoran como una de las cualidades máximas a las que se puede aspirar.

El amargo don de la belleza, de Terenci Moix, biografía de Nefertiti, es un libro fascinante. En él, el gran escritor da cuenta de cómo pagó caro la reina egipcia ser una mujer envidiada y hasta repudiada por su belleza. Aunque no tengamos muy claras las virtudes de lo bello, todos coincidimos en preferir un objeto con tal atributo a uno que consideramos feo.

En la antigüedad la definición de belleza elevó los cánones de producción artística. Pero hace veinte mil años la historia era diferente; no existía un anhelo que ligara al arte con la belleza, por lo menos no en su apariencia. La Venus de Willendorf evocó algo más que una sexy Pin up, se trataba de la fertilidad de la tierra y sus ciclos de reproducción. Poco tiempo pasó para que la belleza fuera pensada y representada por el artista. En Egipto, Nefertiti fue una de las primeras idealizaciones pensadas por un artista. Ese rostro sirve de modelo para hablar de una cultura milenaria que creó su propio arquetipo de belleza, es decir, una abstracción o idealización de la persona. La aparente proporción de sus formas la hace parecer perfecta. Sin embargo, le falta un ojo. Alguien pudo haber restaurado ese agujero, pero los arqueólogos e historiadores que la descubrieron decidieron dejarla así. Tal vez una señal de que la belleza, para serlo, debe contener un último reducto de fealdad. Esa ha sido la batalla de la historia del arte, contraponer la fuerza idealizada, al flujo ingobernable de la naturaleza y al paso inexorable del tiempo sobre todos nosotros.

El amargo don de la belleza. Foto: Especial.

Así es como el artista marca al mundo y deja su impronta en el horizonte. Su firma debe ser potente y definitoria frente a la fuerza del entorno. La belleza de Dios expresada en la Edad Media tomaba como centro el poder de la divinidad, nada podía distraer al creyente de esa belleza. Con el Renacimiento el artista concibió un ideal y lo modeló hasta darle una proporción humana aparentemente perfecta. Pero cuando observamos a la Venus de Boticelli nos sorprenderemos al descubrir sus defectos. El cuello ancho, los brazos largos y las extremidades masculinas, hacen increíble pensar que se haya constituido como uno de los arquetipos de la belleza renacentista y que sobreviviera al paso del tiempo.

El siglo XX es la suma del cambio y de las rupturas con el arte tradicional. Apenas iniciaba cuando aparecieron las mujeres de Picasso. Las adorables señoritas de Avignon, flotan en la tela del artista olvidando la belleza idealizada, implantan un nuevo canon, el que se burla de la tradición pictórica y permite al artista crear al margen de cualquier estilo convencional. Todas estas imágenes han perdurado y con el tiempo son consideradas clásicas e incluso bellas. El arte contemporáneo ha buscado retar a la belleza, experimenta a través el ritual, lejos de los cánones establecidos, libre, lleno de simulaciones, de caminos oscuros, de sensaciones y emociones que se alejan por completo de los ideales clásicos. Los imaginarios de Sarah Lucas, Bruce Nauman, Damien Hirst, Urs Fischer, Thomas Schütte, por ejemplo, nos hacen entrar en terrenos inexplorados en los que la visión puede llegar a ser fascinante pero que implican dejar atrás nuestros esquemas preconcebidos. Ante los artistas contemporáneos, debemos poner en pausa nuestros prejuicios acerca de lo que nos gusta y lo que nos complace y atrevernos a pensar desde otro lugar. La belleza es un concepto de múltiples posibilidades, pero el universo está lleno de otras formas de las que aprendemos nuevas cosas todos los días. El arte hoy también nos permite conocernos y conocer el mundo en el que vivimos.

En la era de la tecnología el quehacer artístico ha podido profundizar sobre la ética y la genética. Plantea nuevas preguntas y una de ellas es la fijación que tenemos por la belleza y la necesidad de prolongarla. La artista francesa Orlane lleva años interviniéndose el rostro para alterarlo y caricaturizar la obsesión por la belleza. En tiempo real y delante de las cámaras de televisión se somete a una cirugía plástica sin anestesia para mostrar la vulnerabilidad y el riesgo al que nos sometemos por tratar de conservar la juventud. Cambiando de rostro constantemente ironiza los clichés de belleza que hemos creado en nuestra sociedad de consumo. En cada uno de sus performances plantea nuevos retos para cada uno de nosotros, ¿quiénes somos?, ¿qué anhelamos?, ¿por qué sufrimos al perder la juventud?, ¿por qué nos volvemos víctimas de la publicidad que nos vende un solo y mediocre ideal de belleza? ¿por qué sacrificamos todo por la necesidad de ser perfectos?, ¿por qué permitimos caer en manos del gran negocio de la cirugía plástica, el botox, los tintes para pelo, los gimnasios, incluidos los modelos de felicidad (alimentación, meditación, religiones diversas y sectas), que nos venden todos los días? Para la artista la noción de belleza que hemos aquilatado es juventud, claro, morir es un fracaso, eso es lo que nos vienen repitiendo desde hace tiempo todos los sistemas de poder cosmético del mundo. Son empresas gigantes que generan productos para vender lo imposible y nosotros lo compramos.

Llegar apenas a los treinta años, supuestamente la cúspide del equilibrio y punto a partir del cual sigue la catástrofe, una caída irremediable que debemos detener cueste lo que nos cueste. La pregunta obligada es ¿por qué aspiramos a ser lo que nunca seremos en lugar de aceptar y amar nuestras formas naturales? Pechos turgentes, nalgas voluptuosas, ni una sola arruga o marca del tiempo. ¿Qué pretendemos? Un cuerpo listo para ser consumido que en realidad se consume en la angustia de envejecer, de no ser perfecto. Nunca, ningún siglo ha sucumbido tan dolorosamente al poder del consumo y de la belleza mediocre como hoy. Las campañas publicitarias nos venden modelos imposibles de encarnar. Jamás imaginé ver filas de mujeres operadas y con el pelo teñido tan dolorosamente avejentadas aparentando la imagen de una jovencita. Nunca imaginé ver a los hombres huyendo de sus canas, de su vientre abultado y cirugías que los dejan como perros en motocicletas. Después de observar una imagen de Orlane, solo queda pensar en que la verdadera belleza está en otro lado. Lo sabemos, son en vano los sacrificios y simulacros a los que sometemos al cuerpo para llevarlo a una forma ideal. Los griegos no eran como lo muestran sus esculturas, seguramente comían y bebían pensando que el arte era para admirarse, los dioses para adorarse y el cuerpo para gozarse. Nosotros hemos hecho de nuestro cuerpo un templo construido sin dios, un arte de lo banal al que exigimos solo en su apariencia, buscamos lo que sea con tal de borrar los efectos del paso del tiempo, pero no somos capaces de gozarlo. Estar consciente de todo esto no salva a nadie, y me incluyo, de preguntarnos si ha llegado el momento de comenzar a pintarnos las canas.

 

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