Lo que no saben, crucificados míos, y ni siquiera sospechan, es que un par de ajustes se introducirán de lleno en la rutina que se han ido formando desde hace un año, como la gloriosa victoria de sus veintitrés años. Trágicamente, esa casa se va a quedar sola y nadie pegará el ojo…

Alejandro no se va a mover e ignorará el ruido de la licuadora. José se va a enojar; le va a decir que es un huevón, que ya se vaya. Le ofrecerá un poco del brebaje sagrado y lo mirará partir hacia el destino al que él mismo lo condujo con plena noción de causa. A ese par de ojos pestañones y verdes no se les escapa un detalle.

Por Fernanda Mora Triay

Ciudad de México, 9 de noviembre (SinEmbargo).- II. “Hombre muere de manera instantánea al pegar de frente contra estructura de concreto”- Un automovilista falleció al estrellarse de frente contra una columna de concreto que sostiene el segundo piso del Periférico, a la altura de la Merced Gómez.

El golpe se escucha alrededor de las 4:30 horas de este viernes, a la altura de la calle Juan Tinoco en la delegación Benito Juárez. Al interior de un Tiida plateado, un joven de aproximadamente 23 años fue encontrado malherido e inconsciente.

Automovilistas que circulaban por la zona reportaron los hechos. El coche se encontraba arriba del camellón, incrustado en una zapata de concreto. Toda la parte frontal estaba destrozada y el conductor recibió el golpe de lleno. Rescatistas certificaron que la víctima se encontraba inconsciente e inestable, y falleció a los pocos minutos antes de ingresar al Hospital General Xoco, en la delegación Benito Juárez.

Como primera línea de investigación se manejó que el exceso de velocidad fue la principal causa del accidente; sin embargo, no se ha descartado el estado inconveniente del conductor el cual mostraba síntomas de ebriedad y probablemente ingesta de drogas. El automovilista viajaba solo y tuvo que ser identificado por su madre horas después.

[Automovilista se estampa en muro de periférico
Ximena Toledo
15/11/2016 – 09:53

Crónica publicada el 15 de noviembre del 2016
por El Gráfico de la Ciudad de México.]

III

Hay momentos en que todo cambia.

Amaneció gris y triste como suele suceder cuando despunta el invierno; a través del smog y las nubes de aquel clima único del universo capitalino, que amenaza con llover y hacerse río, y arrastrarlo todo con sus vientos frenéticos. No vale la pena hacer más énfasis en las descomposturas del tiempo más allá de decir que aquellos vientos recapitulaban los de principios de marzo, que tiraron postes y árboles por todo el sur de la ciudad, dejando inmóviles a los conductores dentro de sus pequeñas carrozas fúnebres, muertos de un miedo apocalíptico y milenario; esos vientos del febrero loco y del marzo otro poco que cerraron escuelas y tumbaron un espectacular camino a Metepec sobre el auto en movimiento de una mujer, despertando el alarido trágico de los comentadores de noticias en la radio y la televisión.

En fin, el ruido de los cláxons de periférico sur hacía de recordatorio constante y subyacente de la realidad, no obstante, sin dejar de velar por los dulces sueños de los dos veinteañeros que se desplomaron en el sofá del apartamento de la calle de Duna, número 43, en la Insurgentes Cuicuilco, apenas unos momentos antes. A pesar del presagio de los rayos funestos que se colaban en media luna a través del tragaluz, el día no parecía estar próximo para iniciar. Tenían un par de clases de diseño y de teoría a las que no pensaban acudir.

Urgían otras cosas, evidentemente, mucho más importantes, pese a las posibles valoraciones de sujetos externos que pudieran tender a la negatividad más categórica. En primer lugar, recoger las listas con los códigos de barras que recabó Miguel con el algoritmo, en segundo, probar en el scanner de Liverpool los que se lograron descargar de internet sin ser vistos por los trabajadores o por los vigilantes de la tienda departamental —acto agotador y vigorizante al mismo tiempo—; volver al departamento, imprimir los monederos electrónicos a mano, si no quedara de otra; dedicar el tiempo necesario para regodearse —oh, sí— de su infinita perspicacia e inabarcable inteligencia; separarse. Uno, reunirse con su equipo de tesis en la cafetería del CIDI de la UNAM, y el otro, regresar a su casa, darle de comer al Bernardo, encontrarse de nuevo, quizás —si la suerte es buena y la juventud afloja—, en la casa de Pancho porque es jueves y, como siempre, hay noche de póker. Dormir. Dormir. Dormir.

Lo que no saben, crucificados míos, y ni siquiera sospechan, es que un par de ajustes se introducirán de lleno en la inusitada rutina que se han ido formando desde hace algunos meses —casi un año— como el pan de cada día y la gloriosa victoria de sus veintitrés años. Trágicamente, ninguno va a ir a la casa de Pancho. Bernardo no va comer por la noche su puñado de croquetas y su concha sopeada en leche fría y nesquick. La casa de Villacoapa se va a quedar sola y nadie pegará el ojo.

Pero volvamos a concentrarnos en la mañana del 14 de noviembre, la cual es la que nos ocupa. Se escuchaba la lluvia chapotear en las ventanas y sobre el domo de cristal que aún corona el lujoso departamento. Se sentía casi ridícula la manera en que han cambiado las cosas en los —apenas— cuatro años desde que salieron del CCH Sur. Los principios más básicos de su moral y necesidades se habían visto afectados dramáticamente.

Ni qué decir acerca de la década que nos aleja del punto de inflexión a partir del cual sus vidas tomaron el curso que hasta ahora sostienen. Nadie habría de hablar con gloria de Coapa como lo hicimos nosotros en aquella prehistoria, mucho menos en consonancia con la forma en que la tradición nos ha juzgado de casi casi palurdos y analfabetas de la periferia de la ciudad. De la Ciudad. En fin. Sobre ese espacio y sobre ese tiempo también tuvo que llover.

Apenas dieron las doce del día, nuestro más querido José Urquidi habría de despertarse automáticamente en ansiosa necesidad de su licuado de plátano con leche de almendras y cucharada y media de azúcar. Alejandro no se va a mover; se reservará a revolcarse en su inmundicia —al menos— otros veinte minutos, e ignorará el ruido de la licuadora y el televisor. José se va a enojar; le va a decir que es un huevón, que ya se vaya, que tiene mucho que hacer y que él también; que no se haga pendejo. Le va a ofrecer un poco del brebaje sagrado, acaramelado y espeso, y lo mirará partir hacia el destino seguro al que él mismo lo condujo con plena noción de causa.

A ese par de ojos pestañones y verdes no se les escapa un detalle y no se les ha escapado nunca. José sabe perfectamente que Alejandro es débil; que no tiene control; que va a hacer lo que él quiera siempre, siempre, porque a todo mundo le importa lo que José piense de ellos. Así como el verdugo que le ofrece su última cena al condenado a muerte, José lo va a despedir con un besito en el cachete y la mano enhiesta esperando el vaso vacío de regreso.