Disentir y criticar son el privilegio de los gobernados. Foto: Victoria Valtierra, Cuartoscuro

Se ha vuelto indefendible. Los discursos se vuelven huecos cuando los hechos no los apuntalan. De nada sirven buenos oradores si pronto se descubre que sus palabras no se convierten en acciones concretas. Sirven menos los malos oradores; aquéllos que, con un tono admonitorio, pretenden cambiar la realidad en la que vivimos. Si algo me ha hecho detestar los libros de superación personal, es la presunta autoridad moral que esgrime el autor sobre sus lectores. Esa superioridad proviene de quienes se la otorgan y nunca de la imposición. Acaso, en el proceso educativo, los padres la tienen sobre los hijos pero sólo un rato. Juzgar y calificar a los otros moralmente es tan peligroso como irresponsable. Parte de una falta de respeto fundamental: la de no ser capaz de albergar dentro de un mismo parámetro moral a quienes disienten.

Lo he dicho y lo he escrito: voté por este Presidente, entusiasmado por la idea de un cambio. Éste, claro está, no se ha dado salvo en algunos niveles estéticos o triviales. Tampoco me esperaba que fuera pronto. Mi problema estriba en que todo acto de Gobierno se limita a un discurso manido e intrascendente. Tal vez se hagan bien las cosas por abajo pero lo dudo. Si pensamos que tenemos a un Presidente que le gusta hablar y a quien le urgen buenos resultados, entonces la conclusión lógica es pensar que seguimos mal. Esto no implica que me arrepienta de mi voto (las otras opciones eran inviables para mí). Sin embargo, una profunda decepción va lastrando mi ánimo. Me resigno a medias.

Por eso disiento. Más ahora que parece ser más relevante discutir con la prensa que hacer un viaje a Culiacán o a Sonora. Supongo que no existe un Gobierno perfecto. Pese a las mediciones de popularidad, tengo la impresión de que todo gobernante electo termina decepcionando a alguna parte de sus votantes. Es natural, sobre todo en países tan heterogéneos como el nuestro: no hay forma de darle gusto a cada ciudadano.

En los casos que nos ocupan ahora, casi no se le puede dar gusto a ninguno. La violencia y la inseguridad crecen. Si eso es parte de un proceso, éste no ha sido entendido. Si estamos a punto de llegar al punto de inflexión que modifique la tendencia de la criminalidad a la baja, tampoco se nota. Lo peor es que los gobernantes se han vuelto indolentes. Ensoberbecidos por su discurso renovador, lo cierto es que se concentran en las críticas y no en las acciones. Al menos, ésa es la percepción.

De ahí que disida. Mi desacuerdo es grave. No sé si con las acciones de Gobierno pero sí con los resultados. No sé si con las estrategias (¿existen?) sino con el discurso que las oculta. Disentir y criticar son el privilegio de los gobernados. Incluso si lo hacen injustamente pero no es el caso. Urge rescatar al país y es probable que no se pueda pronto. Culpar al pasado y a los disidentes no es el camino. ¿Acaso, a lo largo de dos sexenios de campaña, no se enteró de que el país estaba mal y, aun así, quiso gobernar con la promesa de soluciones?

Disintamos pues, porque los aplausos no llegarán nunca y, mucho menos, si se regaña a quienes no estamos de acuerdo mientras se ofrecen abrazos a los delincuentes.