¿Alguna vez has soñado que te caes y te despiertas de golpe? Pues eso mismo siento ahora que estoy sin ti, nunca dejo de caer, sólo que al despertar la caída no termina. Y caer no es lo mismo que volar, creo que en eso sí estarás de acuerdo conmigo.

Por Sismaí Guerrero Osorno

Ciudad de México, 9 de noviembre (SinEmbargo).- Siento como si me hubieran cortado las alas. No quisiera llamarte tristeza, pero tengo tantas ganas de pronunciarte que te llamaría y te llamaría y te llamaría. Me estoy haciendo amigo íntimo de esa voz en el contestador, al fin y al cabo tiene voz de no haber cogido en mucho tiempo.

Exactamente como yo: cinco meses, ciento cincuenta días. Te lo podría traducir en fines de semana, pero te parecerían pocos. Siempre tuviste esa horrible costumbre de medir todo con números en lugar de palabras. Para ti un día sólo es eso: 24 putas horas, en cambio, para mí, significa tristeza. Dos, abandono. Treinta, derrota. Cien, odio. El odio no se puede dividir, pero tampoco multiplicar, es odio y ya. Es como si al infinito le pusieras por delante una fila de ceros.

Volar es ese verbo que sólo he podido conjugar en tus manos. A eso me refiero: lo más cerca que he estado de despegar los pies del suelo ha sido culpa de la señorita Dalia.

Ya saben, la chica de piel blanca que no necesita untar cosas en su rostro para distorsionar su belleza. Cuando me ve, me chifla como si fuera un perro. Me da la impresión de que me ha escuchado ladrar su nombre y sabe lo que me gusta.

Ayer doña Concepción me preguntó por ti, me dijo que le habías dejado un paraguas y quería devolvértelo. En pleno noviembre, la cabrona, como si algo supiera. Ya sabes de esa forma que tienen las señoras del barrio para enterarse de todo. –Regresará después de la próxima tormenta, –le dije, aprovechando el tema.

Ella volteó al cielo para después decirme sin compasión: Va a tardar mucho, entonces. Ni siquiera nos referíamos a la misma forma de llover, pero eso me había dolido en serio, así que sólo asentí con la cabeza. La señora desconoce la cantidad de sinónimos que puede tener la lluvia cuando yo te beso.

¿Alguna vez has soñado que te caes y te despiertas de golpe? Pues eso mismo siento ahora que estoy sin ti, nunca dejo de caer, sólo que al despertar la caída no termina. Y caer no es lo mismo que volar, creo que en eso sí estarás de acuerdo conmigo.

Lo más ridículo que he hecho en estos días, ha sido tomar los tacones que dejaste en mi casa y hacer ruido con ellos para imaginar que vuelves. Te platico esto para que comprendas que lo que me está volviendo loco no es el desamor, sino la esperanza, que prefiero un “hasta nunca” que un “tal vez”, que es mejor un “no te amo” que me quiebre en mil pedazos que ese cariño despedazado que quieres seguir ofreciéndome aun sin amarme.

Decía mi amiga Mariana, mientras forjaba el tercer porro, que si a dos personas que se aman un metro de distancia no les parece demasiado, mil kilómetros tampoco les harían nada. Que el amor a distancia es como el sexo por teléfono: puede haber algo de placer pero nunca es mutuo, y cuando el amor no es recíproco, el desamor siempre estará presente.

Luego Mariana caminó hacia su ventana, moviendo el culo de tal forma que casi me olvidó de ti y emprendo el vuelo. Pero para qué nos hacemos tontos, sigo siendo un ave enjaulada en tu entrepierna.

Deseo que pases frío por las noches y un sueño intenso por las mañanas. Ojalá que nadie encuentre el punto exacto de tu piel donde te doblas toda hasta que cabes en la vida de un hombre. Que por error pronuncies mi nombre mientras te comen el culo, que el tiempo no se detenga cuando te muerdan los labios y no encuentres la diferencia entre un  bostezo y un suspiro.

Estoy seguro que serán tus manos las que recordarán que existo mientras me buscas a oscuras en una cama llena de hombres, pero vacía. Que seas tan feliz que te duela recordar mi tristeza, que te pongas tan bonita al punto de odiar que sólo te lo digan tus espejos y que extrañes a mi boca adulando tu existencia.

Ojalá que cumplas tus sueños y que no rompas más promesas, que no se te amontonen los caprichos y que todo lo que señales se siga volviendo tuyo, espero que no te vuelvas a cortar el cabello, que jamás cambies de perfume y que le sigas diciendo “destino” a tu más grande mentira.

Deseo que no me olvides mientras intentas hacerlo. Espero que no puedas recordarme, cuando de verdad lo necesites y que nunca más me encuentres si intentas buscarme. De cualquier modo, cariño mío, volar es una tontería, si no es contigo.

Posdata: Si no recuerdas cómo aterrizar, ponte aquel vestido negro, ése que se levanta con dos de mis suspiros. Es la forma más sensata que conozco de tener el cielo a tus pies y continuar flotando.