Foto: Cuartoscuro

In memoriam

El Gobierno federal decretó recientemente que Valentín Campa y Arnoldo Martínez Verdugo tengan su morada cívica en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Bien por esa decisión. Y si a las mujeres y los hombres vivos, distinguidos por sus buenas dotes, no les es dable buscar, rechazar o presumir premios (práctica muy ordinaria en estos días), a los muertos prácticamente esto les está vedado de manera absoluta. Quienes post mortem reciben laureles, suele ser algo que los ubica al lado, incluso, de sus adversarios. Es un uso de la cultura y la historia que se muestra en reconocimiento y respeto por la pluralidad. Es testimonio de mármol y bronce de lo que ha sido una comunidad o una nación y que nos dice que aquí, en un lugar consagrado exprofeso, caben todos.

No escribiré, en esta breve nota, de don Valentín. Opto por reseñar algo de la vida reciente de Martínez Verdugo, porque su pensamiento tiene pertinencia a la hora en la que se dice se construye un nuevo régimen, cuyos linderos aún son imprecisos.

Martínez Verdugo fue un comunista distinguido de la segunda parte del siglo XX mexicano. Participó de una ilusión comunista que ya en ese tiempo se había deshonrado de muchas maneras en el llamado “campo socialista” capitaneado por Moscú. Pero tuvo el enorme mérito de hacer los dogmas para un lado, autoblindarse de la práctica de un escepticismo fecundo y buscar nuevas rutas para las ideas libertarias. En el plan intelectual alentó publicaciones en las que convivían estas visiones polemizadas y se hacía claridad sobre la ruta mexicana. Así se acercó al eurocomunismo a Georges Marchais, Santiago Carrillo y Enrico Berlinguer, que asumiendo la realidad de Francia, la España post franquista e Italia dejaron de lado el dogma de la dictadura del proletariado para asumir la alternativa democrática como una vía para transformar los autoritarismos en el planeta y en sus propias regiones. Quienes vivimos esas disputas sabíamos la dimensión de ese viraje.

De gran mérito fue la postura que preconizó el PCM de Martínez Verdugo en relación a la invasión de la antigua URSS y el Pacto de Varsovia a la Checoslovaquia de la Primavera de Praga y que mostró, ante los abísmales hechos de otras maneras, el rostro de una utopía que no era tal. Eso creó fricciones con Moscú, quizá imperceptibles a escala mundial, pero habló claro de que los comunistas mexicanos estaban en una búsqueda de la democracia para México y sofocar así al autoritarismo priísta. En esa tarea Martínez Verdugo tiene un lugar muy elevado que lo hace merecedor a la reciente distinción y a muchas otras.

Martínez Verdugo, a la hora del quiebre del priísmo en 1988, no dudó en cantar por última vez la Internacional y, en su momento, entregar el registro del PCM al proyecto perredista que lo malempleó para quedar en el sitial que les dejó la elección de 2018. No cualquiera, si vemos ahora cómo los partidos se han convertido en franquicias y monedas de cambio.

Reconstruir su pensamiento democrático, su altura de miras, su búsqueda de rumbos, es una necesidad a la hora en la que prácticamente nos hemos quedado sin una izquierda en general y en particular sin una izquierda democrática.

Por lo pronto ya está en un lugar distinguido que concitará al paso de hombres y mujeres el recuerdo de un líder que supo ser flexible, para defender los principios esenciales de una utopía que ha muerto.