“También hay quienes esgrimen esa generalizada divinización de las fuerzas naturales —en casi todos los pueblos y en distintas épocas— para argumentar que el sentimiento religioso es consustancial a los seres humanos y que ello prueba que dios existe”. Foto: Especial

Cuando se piensa en dios, según sea el momento histórico o el punto geográfico, viene a la mente una representación: una imagen, un concepto, un sentimiento religioso. Lo que suele evocarse es el dios de alguna de las muchísimas religiones que existen. No es mi intención referirme a ninguno de estos dioses ni a los diferentes cultos o modalidades de fe que se les profesa. Más bien, quisiera formular un pregunta en apariencia simple: ¿por qué dios?, es decir, ¿qué lo hace aparecer bajo distintas modalidades en casi todos los pueblos de todas las épocas?, o mejor: ¿por qué a los seres humanos, casi de forma unánime, se les ha ocurrido dios?

Hay varias respuestas a estas cuestiones: algunas sostienen que su génesis es el sentimiento de horror que la naturaleza nos provoca cuando se experimenta su fuerza y, de ahí, que todas las fuerzas naturales se hayan divinizando. Hoy tenemos demasiado domesticada a la naturaleza o, al menos, la hemos disfrazado mediante el trabajo, y yace oculta bajo el asfalto, y por mucha o poca civilización que nos rodee hemos hecho del mundo nuestra casa, y vivimos sobre nuestro artificio. La naturaleza como fuerza descomunal aflora cuando se deja sentir con todo su poderío durante un terremoto, un huracán o una tempestad en alta mar. En estas ocasiones su fuerza nos enseña nuestra insignificancia, la puerilidad de nuestras técnicas para librarnos de la indefensión: el incendio en el bosque no es ese fuego de juguete que producimos en nuestras cocinas para prepararnos un café; es un fuego de veras que devora y envuelve calcinándolo todo. Porque podemos sentirnos a salvo en nuestra casa, confiados en los siete cerrojos que nos libran del mundo; pero, de pronto, llega el terremoto y no hay manera de que nada lo detenga: crujen los muros, se descoyuntan las bisagras, los vidrios estallan, y lo que hacía un momento era un refugio cálido se convierte en un infierno donde todo se cae y todo agrede. De ese terror, dicen algunos, surgen las fuerzas naturales divinizadas y los rituales (pretensiones ingenuas de sobornar a los dioses sacrificándoles personas u objetos que son muy preciados para nosotros).

También hay quienes esgrimen esa generalizada divinización de las fuerzas naturales —en casi todos los pueblos y en distintas épocas— para argumentar que el sentimiento religioso es consustancial a los seres humanos y que ello prueba que dios existe. Y, por lo tanto: la pregunta ¿por qué dios? se responde sencillamente porque dios es.

Para mí, en cambio, dios es una respuesta a la hondísima pregunta de “el por qué”. ¿Por qué existe lo que existe? Dios es el resultado inevitable del modo como funciona nuestra razón: vemos el mundo como una concatenación causa-efecto y, de ahí que para nosotros todo lo que aparece “tenga” un culpable, una causa. En el mundo observamos relaciones causa-efecto y cuando no las vemos las inventamos, como en el pensamiento mágico. Dios es la gran causa que nuestra razón engendra, su formulación obedece a que así funcionamos. La razón busca —obvio— una razón para todo, y dios es sólo una respuesta. Para mí, dios, lejos de ser una propuesta irracional, es La respuesta que corona el funcionamiento de la razón. Si revisamos las llamadas pruebas de la existencia de dios todas sirven tan sólo para comprobar a la razón. Lástima que dios sea solo eso: un producto lógico. Sin dios, el mundo y nuestra razón se revelarían absurdas. Dios es un placebo de la razón para no enfrentarnos con la sinrazón total, con el absurdo.

Twitter: @oscardelaborbol