“Así”, por @esedesandra.

“Así”, por @esedesandra.

Regresé de visitar a mi familia y quise llegar de sorpresa a nuestra casa, esa que nos diseñó mi tía Cuca cuando nos casamos.

Te encontré escribiendo en esa máquina de escribir que compré en una subasta en Nueva York –más por la mentira y la historia que quería contarte con ella, que por su valor–.

No, no era la de Bukowski. Al llegar al hotel, la impregné de güisqui y cigarrillo y con su apariencia vetusta bastó para que creyeras que sí, que de aquel viaje en el que me encontré con Alejandro después de tantos años, te traje la máquina del único Carlos que, hasta ahora, adoras tanto.

Parecías, más que escribiendo, tocando piano. Te entregabas a las teclas como si estuvieras tocando un blues en una cantina de Memphis, así que dejé las maletas en la entrada y salí a tomarme un café para contenerme las ganas que tenía de llegar y cogerte del pelo, levantarte y besarte, morderte el cuello de a poquito, meter mi lengua en tu boca y así llevarte, cargada, hasta la cama.

Salí de casa porque vi que algo muy potente salía de tu cabeza hacia tus dedos; acaso una novela, La Novela, o solo era un toquetear erótico, un teclear sensual, pero pronto caí en la cuenta de que era un sentir porque sí; así, sin escribir nada, para tocar a Bukowski, o para evitar pensar en mí.

Bajé a pie unas treinta cuadras hasta llegar a la Alameda, que ya no es como la primera vez que estuve ahí. Triste y limpia, sin brujos, sin animales sacrificados, ya no tenía algo que me fascinara. Fui más abajo, a Garibaldi, también ya muy muerto por aquello de que prohibieron beber afuera de las cantinas que rodean la plaza. El Tenampa, más que un templo, es decir, una cantina decente, se volvió un museo carísimo lleno de estridencias y disfonías. Al tiempo que entonan La que se fue, un trío de sones jarochos se supone que deleita a los de al lado, los de inmediatamente al lado, y al lado, otro mariachi cuyo trompetero es muy desafinado, solo provoca que se me arrugue el corazón. Miro a Chavela, que está a la izquierda, inmensa como nació y tal como se fue, con Memo de cantinero y María Cortina y Almodóvar y Frida y al otro lado José Alfredo. ¡Ya ni se puede fumar adentro! Bah. Salí desconsolada y llorando y caminé y caminé hasta que, sin darme cuenta, llegué y te vi dormida, desnuda, solo con la sábana tapándote medio cuerpo.

Ahí estás. Podría parar de mirarte y quitártela. Descubrirte el pubis y el otro seno, besarte el vientre y subir despacito a tus senos, con la soltura de mi lengua –que antes imaginé en tu boca– en ese cielo partido en dos; despertarte, mi amor, a besos.

Podría hurgarte con mis dedos, buscarte, buscarte. Detenerme un poco en la tinta permanente que revienta tu costado: lamer a Lawrence Durrell a través de ti. Abrir tus piernas para después abrir mi boca para después llegar a tu mar, ese otro maldito pedazo de cielo. Escarbarte con mis dientes. Convencerte, mi amor, de que te quedes. Detenerme a respirar, a respirar, a respirar. Agitarte las entrañas, absorberte la piel. Meter mi cabeza entre tus rodillas; guardar silencio. Sentir tus espasmos de menos a más hasta ahogarte completa en mí, en mi boca, y tragarme tu grito, el grito más puro de la carne. Y aferrarme a chuparte el alma.

Por fin me adentré en la cama; entonces, y como lo esperaba, me abrazaste por la espalda y la besaste como con piquitos, como quien besa a otro alguien nostálgicamente y por última vez.

Despertamos y me pediste que por favor apagara la música; me dijiste que en la mesa de la sala habías dejado una carta donde pedías perdón, donde me pedías perdón por no quererme de regreso con este amor urgente.

Tomé mis cosas y salí nuevamente de casa, pero esta vez, aunque quise, no volví.