“En el resto del mundo se sabe que es prioritario vacunar a todos los trabajadores de la salud. Acá se sigue insistiendo en no hacerlo, pensar en una explicación racional para ello es demasiado pedir”. Foto: Galo Cañas, Cuartoscuro.

Las tres semanas anteriores escribí, en este mismo espacio, sobre lo absurdo que me parece que sigan sin ser vacunados todos los médicos particulares. Alargué la lista pues es más que necesario: no sólo son los médicos particulares, sino el personal entero relacionado con el cuidado de la salud. Lo escribo así para evitar un largo etcétera.

En uno de los comentarios a mi columna anterior, alguien me preguntó cómo era posible que yo prefiriera que vacunaran primero a un doctor particular que a mi madre. La respuesta tiene matices, por supuesto. Es un hecho que prefiero, en lo individual y en lo familiar, que mi madre y mis suegros cuenten con la mayor protección posible. Y eso debe ser extensivo a los padres y abuelos de muchos. Tanto, que en los últimos meses, se ha repetido una y otra vez lo que ha significado el alivio para tantos, tras ver cómo han vacunado a sus mayores. Entonces, en el plano personal no me queda ninguna duda: celebro la vacunación de los abuelos de mis hijos.

Sin embargo, ellos han estado encerrados a lo largo de toda la pandemia, dado que sus retiros o jubilaciones así lo permiten. El riesgo que corren de contagiarse es mínimo. En verdad, no han salido para casi nada. No es necesario inflamarse con un elevado espíritu social para concluir que es preferible que esté vacunado todo el personal médico y sanitario en funciones antes que personas que están encerradas y pueden seguir así; es lógica elemental. Es cierto, han padecido de restricciones pero no están salvando vidas. De ahí que pueda contestar con certeza: es mejor que estén vacunados quienes más lo necesitan. Sin duda.

El argumento sobre lo público y lo privado también resulta ridículo. Ya se ha explicado mucho: médico o personal sanitario privado no es equivalente a riqueza; como lo contrario no significa pobreza. Para ir más lejos en la argumentación: ¿qué porcentaje de los adultos mayores ya vacunados, de ésos que ya no trabajan y pueden encerrarse, trabajaron en la iniciativa privada o en instituciones públicas? Ni idea. No se les pregunta a la hora de formarse o de ser vacunados. ¿Por qué, entonces, sí se les pregunta a los médicos? Por un absurdo cálculo político.

Esta semana me llegaron varias ligas para agendar una cita de vacunación en Estados Unidos. No es que tenga la intención de ir a vacunarme (ni lo haré pronto) pero varios amigos, conocidos y alumnos están en ese proceso. Por curiosidad, abrí varias. Dependiendo del estado se desplegaban diferentes requisitos. Llamaba la atención, sin embargo, que en algunas de ellas mencionaba al personal de salud: si alguien lo era, podía acudir de inmediato para ser vacunado. No importaba la distinción o el lugar en donde ejercía su práctica. Más aún, hay estados donde no sólo se incluyen a los trabajadores de la salud, sino a aquéllos de las industrias esenciales, quienes no han podido encerrarse: servicios de emergencia, policías, bomberos, tránsito, trabajadores de aerolíneas comerciales y más. Como prioritarios, insisto. En el entendido de que su exposición al riesgo es más alta que la de la mayoría.

Cuando se ha hablado de semáforos rojos y naranjas, hemos estado muy conscientes de qué comercios han seguido abiertos. Y son atendidos por personas. Y la mayoría son privados. Sin ir más lejos, aquellos sitios donde nos proveemos de comida. ¿No deberían ser vacunados antes? En Estados Unidos se cree que sí.

En el resto del mundo se sabe que es prioritario vacunar a todos los médicos y trabajadores de la salud. A todos. Acá se sigue insistiendo en no hacerlo. Supongo que, a estas alturas, pensar en una explicación racional para ello es demasiado pedir.

Por cierto, le pregunté a mi madre. Ella también está de acuerdo en que se debió haber vacunado a todos los médicos antes que a ella. Las vacunas no son transferibles (eso está bien). Ni hablar.