Existe un factor común humano que brinca en la biblioteca de cualquiera. Foto: Óscar de la Borbolla.

“Conócete a ti mismo”, decía el Oráculo de Delfos y, por los enormes beneficios que conlleva, habría que rescatar ese mandato y llevarlo a cabo; sin embargo, ¿por dónde empezar? Conocerse y conocer a los demás recorre el mismo camino, en el fondo es la misma búsqueda: no depende de lo que nos digamos o nos digan, pues el engaño y el autoengaño son prácticas universales e incluso inconscientes. Habría, si se trata de conocernos, que abordarnos con la misma desconfianza que se merecen los políticos, pues así como nos seducen sus promesas, ya que nos pintan un mundo deseable, nos encantan las mentiras que  nosotros nos contamos, pues en ellas no nos representamos como somos, sino como desearíamos ser. Hechos y no cuentos y, sobre todo, hechos materializados y constantes.

Uno puede conocer a una persona viendo su casa, su biblioteca, su refrigerador, todos esos objetos donde va quedando la evidencia de sus hábitos y gustos, pues nuestras cosas nos delatan. Y aunque sé que no todos pueden darse y seleccionar exclusivamente lo que quieren, en el pequeño o amplio margen de las elecciones cotidianas cada quien muestra la persona que es. Todo aquello que nos rodea: pareja, amigos, muebles, el tipo de zapatos, la marca del cereal o del dentífrico y el modo como cada quien lo aprieta son rasgos, pinceladas que dibujan afuera de nosotros lo que somos.

Así, por más singulares que seamos, existe un factor común humano que brinca en la biblioteca de cualquiera o en su guardarropa: la inconsistencia, esa mezcla caótica que vuelve transparente un simplísimo hecho: todos somos profundamente contradictorios, no somos como una cordillera geométrica donde figura una retahíla de triángulos rectángulos, sino, más bien, como un desván donde se amontona lo irreconciliable, aunque insisto, en una colección en la que los objetos, por más dispares que sean, guardan un parecido de familia: ese parecido es el espejo donde podemos vernos con nitidez, pues somos nuestras cosas, nadie más habría podido reunir esa mixtura de manera tan exacta. Ningún cajón de sastre es como el cajón de otro sastre.

Todos recordamos, pero todos tenemos nuestro equipaje personal de recuerdos, y no hay ningún costal que se parezca al de otro, aunque ese otro haya compartido con uno un buen tramo de la vida y tengamos con él un sinnúmero de experiencias comunes: cada quien se acuerda de un aspecto, elige una ocasión, pone un énfasis y, además, esos recuerdos van siendo deformados por lo que a cada quien le va ocurriendo en el tiempo. No hay mejor retrato de los que somos que esa nebulosa que recrea y conserva la memoria de cada persona, aunque es prácticamente imposible concebirla como proceso, pues siempre que recordamos sentimos que la versión que nos damos en ese momento es la que ha sido siempre.

No es fácil conocernos ni conocer a nadie, aunque quizá la ruta más atinada sería acceder al inventario de lo que hemos deseado en el transcurso de la vida: lo que quisimos de niños y, desde entonces, lo que hemos deseado cada día. Si pudiéramos tener esa bitácora, en ella podríamos contemplarnos como en un espejo y seguramente nos espantaríamos. En el mundo de los deseos, que es por completo diferente del mundo de los hechos, está todo lo que somos realmente. Es muy difícil conocernos, pero viéndolo bien, qué bueno.

 

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