La cantidad de frentes que el Gobierno abre diariamente ha convertido la vida pública en una guerra, sin fin, entre “adversarios” del Presidente y sus seguidores. Foto: Galo Cañas, Cuartoscuro.

Hace unas semanas comentaba sobre la cantidad de cosas que han estado ocurriendo en el país, desde la llegada del nuevo Gobierno. Han sido muchas y, cada semana, parecen ser, todas, muy importantes, vitales, imposibles de ser desestimadas.

Cada noticia nueva es calificada como la más grave, la más urgente, la que tenemos que atender antes de que llegue la siguiente que sí, parece ser la más urgente.

Así andamos, decía, desde diciembre. La cantidad de frentes que el Gobierno abre diariamente ha convertido la vida pública en una guerra, sin fin, entre “adversarios” del Presidente y sus seguidores; burócratas contra ciudadanos; opositores políticos contra el Presidente; periodistas y conductores oficialistas contra periodistas críticos; como si viviéramos en una campaña electoral eterna, avasallados por la propaganda y las noticias falsas esparcidas por tirios y troyanos.

La verdad, sin embargo, es que no estamos en campaña, ni los “pleitos” son entre partidarios; si somos exigentes en las definiciones, unos son, representan, al poder gubernamental; los otros son ciudadanos. Pero esta distinción parece estar completamente ausente del debate, porque en medio de esta guerra “la gente” decide en qué bando está y se dispone, presta y decididamente, a sumarse a la campaña.

No importa ya nada, cada quien atiende a su bando. El río está muy revuelto, qué duda cabe. Todos vamos inmersos en la marea que el nuevo Gobierno dispuso con las nuevas categorías y que determinan la vida pública: todos hemos subido al ring y, a veces, no logramos distinguir ya la cara de nuestros oponentes. ¿Ese era fifí o chairo?, ¿ese de allá antes era fifí y ese otro era chairo?, ¿la máscara que trae es suya o era del otro?, ¿la conductora oficialista que hoy se dice “izquierdista” y denuncia la “falta de pluralidad en los medios”, no tuvo un programa de televisión durante los sexenios prianistas en la televisión privada?, ¿es la misma que defendía la “plena libertad de expresión” que había en el país durante el calderonismo? Ah, el ring es confuso, la memoria corta, la marea discursiva arrastra todo, crea máscaras para todos.

El poder, que no es otra cosa que las posiciones que ocupamos, dicta el guion de nuestros afanes y también nuestros “intereses ocultos”. Vivimos en una nación de sospechosos, digámoslo con todas sus letras: todos somos sospechosos, aunque en el discurso nos digan “pueblo bueno”, quieran partirnos en mitades como queso gouda (o panela): puros y corruptos.

En esto el Gobierno se equivoca: la corrupción es un mal social, una mecánica y hasta una rutina. Y aunque el mensaje es otro, las acciones del nuevo Gobierno dejan claro que no solo considera sospechosos a todos los ciudadanos, sino culpables: como la corrupción es ubicua, la manera de “combatirla” es eliminando el hueso seboso que la alimenta, que es el presupuesto público. Tenemos, entonces, que: yo soy corrupto, tú eres corrupto, él es corrupto, nosotros somos corruptos…ellos son corruptos. O conjúguese así: nadie es corrupto.

Llegados a este punto, regresamos a donde estábamos en el sexenio pasado, porque si nadie es corrupto (todos) la retirada del hueso seboso solo es un remedio pasajero… ¿qué estará pasando, entonces, con los huesos sebosos que quedan?, ¿esos los administran mexicanos excepcionales (purificados funcionarios de sexenios anteriores)?, ¿han sido genéticamente modificados, inmunes al sebo, y por ende, libres de toda sospecha? Las conjugaciones siempre son reveladoras, cuando se generalizan, como una serpiente que se muerde la cola. Vivimos en un país donde todos son sospechosos, pero nadie culpable. La “institucionalización” del sospechosismo, desde el poder, es una broma irónica del destino.

Parece menos una sospecha, que un hecho, sin embargo, que la razón de la retirada radical del hueso seboso (el presupuesto público) no es otra cosa que un pretexto para redirigir el dinero y no el “combate a la corrupción”: una justificación grosera de la “pobreza franciscana” que nos está imponiendo el Gobierno, a nosotros, el pueblo “bueno” (y el malo, indistintamente: póngase usted mismo en el que desee); no a sí mismo, ni a sus altos y doctrinarios funcionarios.

Una pobreza “franciscana” que es una ironía, casi una afrenta; porque no es voluntaria, ni sublima nuestras necesidades muy terrenales ¿quiénes somos, entonces, y cuál es la legitimidad de nuestras catástrofes, nuestro empobrecimiento y desempleo, si somos, indistintamente y a conveniencia, fifís y privilegiados? Nadie, querido lector, no somos nadie. Si algo sabemos ya, es que cualquiera o más precisamente dicho, cualquiera que se queje, critique o se oponga al poder sin importar su condición económica, puede convertirse, por arte de la oratoria presidencial o de sus empleados, en sospechoso de tener “aviesos intereses”, en fifí, privilegiado o corrupto: madres solteras, defensores de derechos humanos, de migrantes, investigadores, artistas visuales, escritores, sociedad civil; pobres, paradójicamente.

Vaya lío, ¿y los fifís?, habría que preguntarle al Presidente ¿dónde están? Ah, en el zócalo, festejando la “cuarta transformación”, muy solidarios con “el pueblo”. Sí, esos empresarios multimillonarios que los otrora ciudadanos de izquierda, hoy fifís privilegiados, solíamos criticar, sexenio tras sexenio, por antidemocráticos y oligarcas, ahí mismo, en la plaza principal del país que fatigamos durante décadas en busca de justicia social.

A veces, tengo que confesarlo, me parece que estoy viviendo en una película distópica, por momentos hilarante y amarga, por momentos trágica, que día tras día se pone más creativa y bizarra, y a veces, podría jurar que estoy soñando, si no fuera porque despierto, sobresaltada, en medio de la noche, en los brazos del desasosiego. Todavía escucho, a lo lejos, como un eco en el aire, nuestras voces y esperanzas en la plaza.