Casa Nem se convirtió en un refugio para miembros de la comunidad LGBTQ que habían sido víctimas de violencia, que fueron rechazados por sus familias o que simplemente no tenían donde vivir.

Por Yesica Fitch

RÍO DE JANEIRO (AP) — En un patio ubicado a unas cuantas cuadras de la playa de Copacabana, en Río de Janeiro, una decena de personas se acomodan en sofás rotos bajo una pancarta con la leyenda: “Cura tu prejuicio”. Observan un escenario improvisado en el que aparece una mujer con un corto y ceñido vestido, que entona una canción sobre la visibilidad de las personas transgénero.

Una noche de sábado como cualquier otra en la época del coronavirus en Casa Nem, un edificio ocupado ilegalmente.

El edificio de seis pisos alberga a cerca de 50 miembros de la comunidad LGBTQ que se resguardan de la pandemia tras puertas cerradas. Reciben donaciones de comida y tiene prohibido salir a menos que enfrenten una emergencia médica o bajo circunstancias excepcionales.

El aislamiento voluntario es una de las pocas maneras que este grupo, tradicionalmente marginado, ha encontrado para reducir los riesgos de COVID-19, mientras los demás continúan estando vulnerables en las calles.

“Basándome en la experiencia que tuvimos durante la epidemia de sida, cuando se nos acusó de ser un vector del virus y se nos dejó a nuestra suerte, ahora estamos protegiendo a la comunidad”, dijo Indianara Siqueira, una trabajadora sexual transgénero de 49 años y activista que dirige Casa Nem.

En 2016, su organización ocupó el edificio de pequeñas recámaras, baños compartidos y una enorme cocina común. Los residentes lo encontraron sucio y abandonado, incluyendo una habitación con algunas obras de arte, bustos de bronce y animales disecados.

Casa Nem se convirtió en un refugio para miembros de la comunidad LGBTQ que habían sido víctimas de violencia, que fueron rechazados por sus familias o que simplemente no tenían donde vivir.

Los nuevos residentes durante la pandemia deben permanecer aislados en uno de los pisos del edificio durante 15 días hasta garantizar que no desarrollan síntomas, antes de unirse plenamente a la comunidad.

Mientras que algunos encontraron refugio en Casa Nem, otros como la prostituta transgénero Alice Larubia, de 25 años, están atrapadas en las calles, luchando para ganar lo suficiente para sobrevivir en una economía colapsada. De sonrisa generalmente rápida, Larubia se torna seria al hablar de su futuro tras la pandemia. Quiere salir de las calles y le gustaría trabajar en una estética.

Datos de la Asociación de Transgéneros y Transexuales de Brasil muestra que alrededor del 90 por ciento de sus representados trabajan en la industria sexual debido a la discriminación y a la falta de oportunidades.

Después de más de un mes de cuarentena en casa y de recibir ayuda financiera de su familia, Larubia volvió a trabajar en Niteroi, una ciudad del otro lado de la bahía.

“Fue más la necesidad y tuve que volver a la calle”, dijo mientras aguardaba clientes.

Carga desinfectante en su bolso y utiliza mascarilla en el transporte público, pero no puede hacerlo mientras trabaja. Gana alrededor de 15 dólares la noche, menos de la mitad de lo que obtenía antes del brote.

“Estoy asustada”, reconoció. “Sé que estoy en riesgo”.