Nosotros comemos como vivimos. El sistema alimentario sigue siendo el ordenador de la economía, de la sociedad, de un montón de cosas. En este momento estamos viviendo al antojo de un puñado de corporaciones que regulan los hábitos; que son dueños de la vida de todos; que explotan los territorios como si fueran suyos. Y no nos van a dejar con nada: ni con cuerpos sanos, ni con territorios sanos, señala la periodista argentina Soledad Barruti, autora de Mala leche

Ciudad de México, 10 de agosto (SinEmbargo).– Comes cosas que no son comida. ¿Sabías que si le quitaras colores y sabores de artificio a los productos que tomas en el supermercado, probablemente no permitirías que entrarán a tu hogar? Comes cosas que te enferman. Y lo haces desde pequeño. Y lo haces hasta el final. Eso y otras verdades plantea Soledad Barruti, periodista argentina.

En Mala leche, Barruti “desnuda la comida ultraprocesada que amamos comer y muestra los laboratorios en los que se trama, los campos donde se produce, las fábricas donde se ensambla y los estudios donde se embellece”.

En entrevista con SinEmbargo, la periodista habla sobre la investigación que la llevó a construir Mala leche y sobre las grandes marcas que sólo están destruyendo nuestros cuerpos y nuestras tierras.

Soledad Barruti, periodista argentina, insiste en la necesidad de abandonar los productos nocivos y crear comunidades más sanas. La exigencia de políticas públicas diferentes, señala, será uno de los elementos importantes.

Portada de Mala leche. Foto: Juan Carlos/@carlosgarba.

***

–Mala leche es una investigación extensa. Además de la investigación de campo, tienes 20 cuartillas repletas de fuentes. Cuéntanos del proceso para construir el texto.

–El libro comenzó como un recorrido bastante doméstico, tratando de deconstruir los comestibles que hacen daño y seguir el camino de construcción de los comestibles que usan la mayoría de las personas: los lácteos, por ejemplo. Eso como un proceso casi personal. A nivel profesional, como una periodista que hace mucho tiempo lleva investigando qué es lo que ocurre con el sistema alimentario. Lo que existe es una tonelada de pruebas científicas, de evidencia y de pruebas de cuánto daño provoca esta forma de comer y de cómo está desmantelando la salud de las personas, pero también los sistemas alimentarios que podrían ser las puertas de salida para poder volver a sentirnos bien, a estar bien, no solamente las personas, sino también los territorios. Todas estas pruebas que existen, que han sido halladas por institutos de salud sumamente reconocidos, no han sido tomadas en cuenta con la seriedad que se requiere por la población y por los que se supone que deberían darnos avisos constantes de esto [del riesgo]. Lo que hice fue una búsqueda a través de estos lazos de interferencia y conflictos de interés que existen para que nosotros como ciudadanos no nos enteremos de cuál es la evidencia tan fuerte, tan férrea, alrededor de la construcción que hace este sistema alimentario y estos comestibles que nos gusta comer y que hacen daño.

–A pesar de que haya investigaciones como la tuya, continuamos comiendo cosas que nos enferman. ¿Por qué?

–Yo no creo que esté tan divulgado. De hecho no he visto trabajos similares en la región. Sí hay muy buen periodismo, construido alrededor de estas temáticas, que se ha hecho en Europa; sin embargo, no había una explicación de cómo se llega al desmantelamiento de nuestro sistema alimentario. Mi trabajo fue también ir a las zonas, a los lugares de conflicto. Fui a los lugares en los que se producen comestibles. Fui a comunidades indígenas en las que todavía se producen los mejores alimentos que hay en el mundo. Fui hasta escuelas, en las ciudades, en donde los niños son utilizados como conejillos de indias de una industria y un sistema que están experimentando con todos nosotros. Los médicos e investigadores que critican toda esta industria alimentaria no han encontrado una voz fuerte y contundente, en medios de comunicación, como para mostrar toda la evidencia que existe sobre esta temática. Lo que hay, por lo general, son voces que están apadrinadas por las marcas. Las marcas tienen a sus representantes, vestidos de blanco, y manifestándose como científicos que vienen a dar información a la población, pero lo único que hacen es repetir que lo importante es comer con moderación; que lo importante es comer de todo, y que hay que hacer más ejercicio. Nadie le dice a las personas con claridad: “esto que estás comiendo te está haciendo daño y no hay que comerlo más’’.

–Los comestibles ultraprocesados seducen mientras se va forjando la identidad de las marcas, señalas en el texto. ¿Cómo podemos detener a estos monstruos?

–Se debe poner un límite a la industria alimentaria con políticas públicas. Falta en toda la región que haya gobiernos que pongan a la salud pública por encima de los negocios depredadores. Lamentablemente parece que por el momento no hay ningún gobierno que esté dispuesto a hacerlo. Todos los gobiernos están por debajo de los intereses de las marcas. El país que lo hizo durante más tiempo fue Chile, que logró poner un reglamento total y logró quitar alimentos chatarras de las escuelas. Fortaleció, además, la agricultura. Hicieron un buen trabajo al evidenciar el daño que provocaban ciertos alimentos, como los jugos, los néctares, pero para refundar el sistema alimentario es necesario cambiar el sistema. Nosotros comemos como vivimos. El sistema alimentario sigue siendo el ordenador de la economía, de la sociedad, de un montón de cosas. En este momento estamos viviendo al antojo de un puñado de corporaciones que regulan todos estos ciclos; que regulan todos los hábitos; que son dueños de la vida de todos, y que explotan los territorios como si fueran suyos. No nos van a dejar con nada: ni con cuerpos sanos, ni con territorios sanos.

–Tienes muchos datos, los cuales son acompañados con la crónica del proceso. ¿Nos hablas sobre la escritura que desarrollas?

–A mí me parece muy importante que la información sea masiva. Para lograrlo hay que encontrar lo humano, el factor humano siempre en el relato periodístico, la experiencia de los personajes que conforman el libro. Me interesa mucho ir descubriendo cómo se traman todas estas realidades, quiénes son los personajes. Yo como persona, como madre, me encontré muchas veces atrapada en un sistema alimentario que siento que utiliza mis hijos como conejillos de indias, y entonces era inevitable ponerme ahí como personaje.

Un viaje que inició por la mochila de su hijo. Foto: Instagram de Soledad Barruti.

–Dices que queremos leche de vaca siempre y cuando se parezca lo menos posible a la leche de vaca.

–El libro se llama Mala leche por varios motivos. Por un lado por la intención que se le da a la información que va construyendo la industria alimentaria. También por la forma en que la leche, la leche de formula, se convirtió en el alimento más importante, desplazando incluso a la leche humana. La leche de formula apareció de la manera más salvaje en los hospitales, convenciendo a madres primerizas que había un producto mejor que la leche humana.

–¿Qué puede hacer alguien que se toma 3 o 4 coca–colas al día?

–Primero deben saber lo que es un alimento de verdad. Los alimentos de verdad son ingredientes que trabajan personas, no empresas. Hay que volver a los mercados, ahí hay comidas fabulosas. Hay que comer bien. Se debe tomar agua. Si el fin de semana se te antoja una Coca, y si todavía les quedan ganas, ve la raíz horrorosa de todas esas corporaciones. Y si todavía quedan ganas, sólo no lo hagan día a día. Hay información científica que tratamos de hacer lo más clara posible en el libro y el propósito es que la gente abandone estos productos. Si no nos informamos y no sabemos lo que estamos consumiendo, no los vamos a dejar nunca, pues esos productos son adictivos. Un ejemplo es el tabaco. Muchas personas fuman, pero hoy no está visto con la naturalidad con la que se veía hasta hace unos años. Lo mismo debería pasar con estos comestibles. Deberíamos tener comunidades más sanas y exigir políticas públicas diferentes.