ENSAYO | Historias desde el basurero municipal de Ciudad Juárez en el libro de Sylvia Aguilar Zéleny

10/08/2019 - 12:02 am

Tres hilos narrativos, tres es un ensayo de Laura Sarahí Robledo Melgar. Puntos y Comas comparte el texto íntegro. 

Por Laura Sarahí Robledo Melgar

Ciudad Juárez, 10 de agosto (SinEmbargo).– Le atribuyo a la novelista Sylvia Aguilar Zéleny –también escritora de cuentos, nacida en Hermosillo, Sonora, en 1973 y radicada, hoy en día, en El Paso, Texas– toda la responsabilidad de una pieza narrativa que convoca tanto la pericia de una técnica compositiva peculiar como la sensibilidad que una, lectora febril de la novela del norte de México, pocas veces expone. Me refiero al lagrimeo intermitente, a lo largo de 45 capítulos acomodados en tres secciones, que acompañó la lectura de Basura, novela publicada por la editorial Nitro Press en junio del año pasado. La obra desarrolla tres historias que en algún punto confluyen; el artificio de la escritura lleva a quien se asome a sus páginas de un ambiente familiar e íntimo a la misteriosa e ilícita vida nocturna de la frontera. Sin duda, uno de los elementos que más llama la atención de la pieza es el papel de los personajes femeninos como portavoces y guías de un discurso absolutamente humano. Por una parte, la autora introduce a Alicia, una chica que fue dejada atrás por un núcleo familiar disfuncional. Luego, se narran las vivencias de Griselda, quien realiza una investigación sobre el basurero municipal de Ciudad Juárez, junto a su ex novio. Finalmente, la Reyna Grande, una proxeneta, cuenta desde la primera persona del singular y a viva voz cómo llegó a dominar su oficio. Las tres líneas paralelas en las cuales el relato se despliega generan cierta confusión; sin embargo, cada cuadro narrativo ofrece una pausa intrigante, la cual incita y despierta el deseo de solventar la duda. Mientras más se avanza en la lectura, la conexión entre las vidas de los personajes va dilucidándose con mayor claridad.

El retrato del espacio urbano acompaña de una forma sutil las descarnadas biografías de las protagonistas. Un ejemplo de ello se ubica en la descripción del basurero municipal, lugar clave en la novela porque amalgama los puntos de tensión narrativa de las tres historias. “Es como si la ciudad nunca acabara porque las casas no desaparecen, hay construcciones caídas, quemadas, cimientos apenas, pero estén como estén son hogar y techo de montones de personas. Es difícil no pensar en este lugar como una promesa que no se va a cumplir nunca”. Este sitio, en apariencia inhóspito y maloliente, representa el hogar de Alicia: “En el basurero siempre hay algo con que reemplazar algo más. Todos vivimos aquí sobre el mismo suelo, un suelo que huele a basura, que está relleno de basura, que es de basura. Este suelo, mire, acérquese, este suelo se fermenta en el verano, y ese olor, ése sí que te cae un poco gordo al principio; luego, luego se vuelve aire, el aire de siempre. Ni lo sientes”. El no-lugar se relaciona con Gris porque a través de su investigación reflexiona que justo “ahí en esa tierra «muerta» hay tanta vida. Ese lugar es barullo, risas, una canción que nunca se acaba. Creo que ninguno de nosotros imaginábamos que sería así. Creo que todos estábamos haciendo el mismo esfuerzo por no parecer sorprendidos por ese mundo que se erigía ante nosotros. Estoy segura de que más de uno de nosotros pensó: «¿en qué me he metido?» Sé que yo lo pensé. No sólo eso, tuve la sensación de que he iniciado algo que me arrastrará entera”. E incluso posee relevancia para el equipo de trabajo de la Reyna Grande en tanto que la lejanía con el tiradero simboliza prosperidad y desarrollo: “Nuestro barrio está lo suficientemente alejadito de la ciudad, del basurero y de las iglesias, los mayores focos de infección de por aquí, ja ja. Y si lo ves como lo ves, es por nosotras. Aparte de los postes de luz, conseguimos que una pipa viniera semanalmente el verano pasado, pusimos contenedores de basura en cada esquina, ¡uy, hasta cable e internet tiene este lugar! Y es por nosotras, por nuestras conexiones, por nuestros clientes, por nuestros encantos. Si en vez de llamarlo Barrio Azteca deberían llamarlo Barrio de Las Aztecas”, en la parte más alta de la urbe fronteriza.

La historia se encuentra aderezada con la inserción de un lenguaje coloquial que le brinda gracia y familiaridad; pronto una se vuelve cómplice de esas voces. Además, en continuidad con esta cuestión de cercanía, la música referida sitúa al lector en un contexto absolutamente mexicano —pese a que el terreno estadounidense también posee relevancia a través de la historia de Gris, Norma y la tía Mayela—, a la vez que especifica una región del país con todo y su carga socio-simbólica: “Un carro bomba, en Juárez, ¿quién se lo hubiera imaginado? O sea, esas cosas pasan en Irak, en Colombia o yo no sé, pero no en Juárez, si Ciudad Juárez es número uno como dice nuestro Santo Juan Ga. Pero en la ciudad número uno pasan cosas y muy feas por todos lados”. Los espacios literarios aparecen conjugados armónicamente con el tono del texto y se mantienen al margen de la exacerbación abrupta de la violencia e inseguridad social a la que acude una parte significativa de los libros que ficcionalizan a Juaritos. Con la investigación de campo efectuada por Gris, una no sólo se asoma al problema sociológico que se esconde tras los basureros, sino que también se aproxima peligrosa y antropocéntricamente a “la basura que a veces todos somos”. Además, confieso, confirmé mi gusto por las historias que penden de un impetuoso trinomio: tres partes distendidas en igual número de hilos narrativos.

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