Mis manos que han celebrado el arte aplaudiendo frenéticas. Foto: Óscar de la Borbolla.

Sería exagerado decir que por mis manos ha pasado el universo; pero he tenido tanto en ellas que el recuento de lo palpado me aturde y casi no puedo comprenderlo. Por ejemplo, por mis manos han pasado millones de pesos; y no crean que soy rico, más bien estoy sumando todo lo que he ganado y gastado desde que me mantengo, pues mis manos, como las de cualquiera, han tocado una cantidad incontable de billetes, y también, han sentido millones de litros de agua que, como el dinero, se han escurrido entre sus dedos. Es posible que por ellas haya pasado el equivalente a lo que cae en las cataratas de Iguazú en épocas de lluvia durante 30 o 40 segundos.

Pero no sólo lo que escapa ha pasado por mis manos, también lo han hecho millares de páginas que mi memoria ha retenido; no al punto de ser capaz de repetir sus detalles, pero sí de conservar su sentido, las ideas brillantes, las frases memorables. Por mis manos y su paciencia de dar vuelta a las páginas, el mundo epidérmico que captaba al principio se ha vuelto profundo e insondable. Y, yo mismo, he escrito con ellas miles de párrafos, tal vez 10 kilómetros de palabras hiladas que es la estela que dejo de mi paso por el mundo.

Y si he de hablar de cosas aún más entrañables, habría que mencionar las manos que he saludado, porque han sido miles de amigos y enemigos. A veces con simpatía, con admiración, con gratitud y, a veces también, con esa indiferencia que se acompaña de un “mucho gusto” como si ante uno no hubiera nadie. Mis manos obedientes a las reglas de la cortesía y mis manos rebeldes que no se han tendido, pese a las circunstancias, y han dejado en el aire las manos de quienes, al margen de su poder, he considerado repugnantes.

Mis manos que han celebrado el arte aplaudiendo frenéticas; mis manos que han levantado su puño en medio de una multitud rugiente o, a solas y de noche, contra el absurdo sideral; mis manos que han llevado a mi boca los manjares del mundo o el millón de cigarrillos que he aspirado con delectación.

Pero quizá lo mejor que me han dado mis manos es la sensación de la caricia, esa manera fina de rozar al otro como si se sobrevolara su piel; ese leve contacto que es más posesión que cuando se agarra y se atenaza. Cómo me gustaría que la memoria de mis manos no fuera tan solo de unos cuantos metros cuadrados, sino de hectáreas y hectáreas en las que hubiera podido cosechar toneladas de amor.

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