El expresidente Peña Nieto durante la toma protesta al gabinete de seguridad. Foto: Cuartoscuro.

Me sorprendió cuando, en abril de 2015, un funcionario de la administración de Enrique Peña Nieto me preguntó si no consideraba un “linchamiento mediático” tantos señalamientos a David Korenfeld por el uso de un helicóptero oficial para ir al aeropuerto, de donde saldría su avión para tomarse unas vacaciones con su familia. Me lo dijo en tono de reclamo.

–¿No lo consideras un linchamiento? –dijo. Me dejó mudo. Apenas un segundo o dos, pero me dejó mudo. Aprovechó para sembrarme la paradoja: “Piénsalo”, dijo. Y colgó.

Apenas tuve contacto con ese equipo en los seis años que duraron al frente. Antes, en noviembre de 2014, recibí una llamada de Los Pinos por lo de la “casa blanca” de Peña; un funcionario de Comunicación Social que me dijo que eran mentiras, que la investigación de Carmen Aristegui –que publicamos al mismo tiempo SinEmbargo, Proceso y Aristegui Noticias– era una tontería y que no me dejara arrastrar por ella. Le pregunté si su planteamiento era oficial. Se quedó callado y se despidió. Yo me imaginaba la principal de SinEmbargo en ese momento: “Lo de la ‘casa blanca’ es una tontería, dice Los Pinos”. No se me hizo.

El primero o dos de abril de 2015 contactamos a una persona por unas fotos –que nos cedió– en las que se veía a Korenfeld con su familia abordando un helicóptero de la Comisión Nacional del Agua. Sus ayudantes cargaban maletas. Estalló el escándalo y el titular de Conagua siguió negando un uso indebido. “Una emergencia médica”, se atrevió a decir. El helicóptero fue al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, no a un hospital; y para su mala suerte, el gerente de la agencia de viajes Cuveé Escapes en Vail, Colorado, confirmó que Korenfeld y su familia tenían reservaciones en el resort para ese fin de semana.

Korenfeld se hundió en la mentira. En medio del “linchamiento mediático” confesó su “error inexcusable” y dijo que pagaría el costo del helicóptero con un depósito a la Tesorería de la Federación. Mientras, la Secretaría de la Función Pública –que era tapadera de todos– lo dejaba ir vivo. Korenfeld pagó supuestamente su abuso con un cheque. Renunció y poco después reapareció con un puesto que competía con el que acababa de perder en Conagua. Como diciendo: ustedes me perdieron. O como dirían los niños: coman caca.

La RAE define paradoja como “hecho o expresión aparentemente contrario a la lógica”. Una situación o una expresión que viola el sentido común. En tiempos de Peña, señalar corrupción era una paradoja: un sinsentido contra cualquier lógica común. Decirlo era ir contra lo que ellos consideraban lo ordinario: todos, llegando a esos puestos, “tenían derecho”, “se habían ganado” usar esos helicópteros o aviones. Para eso, razonaban, se obtiene el poder.

Señalar la “casa blanca” o el uso de una aeronave del Gobierno para ir de vacaciones era un “linchamiento mediático”, un “sin sentido”, “una tontería”. Una paradoja que iba en contra de lo que ellos consideraban un “hecho común”. El hecho común era que usaban los recursos del Estado mexicano –los dineros de todos– hasta para ir al baño. Y tan consideraron una paradoja, un “linchamiento mediático” o una tontería” señalarlos, que en los siguientes años siguieron haciendo lo mismo que Korenfeld: Emilio Gamboa Patrón tomó un helicóptero oficial para mover sus palos de golf, y Emilio Lozoya Austin usó cientos de veces los helicópteros de Pemex para ir de la oficina a su casa, o sus casas.

“Tenían derecho”. “Se lo habían ganado”. Conagua contrató a la Universidad de Tel Aviv para tres estudios del agua en México el mismo año en que Korenfeld recibió, de esa institución, un doctorado honoris causa. Luego llegó a la presidencia del Consejo Directivo de su Centro Internacional del Agua. La Universidad lo salvó poco después de presentar su renuncia. En México, varios periodistas dijeron que nos habíamos perdido a David Korenfeld, un verdadero especialista, un hombre de ciencia que había cometido un error: el error de cargarle a los mexicanos (entre ellos a 53 millones de pobres) el costo de un viaje en helicóptero. Por eso el cheque de la soberbia: tomen, pobres jodidos, no me detengo en pendejadas: tomen su cheque y cállense el hocico porque me voy adonde sí me quieren. Adonde –la paradoja– no sacrifican a un individuo por lo que hacen todos los demás. Ese parecía el mensaje.

La paradoja: acusarlo de corrupto violaba el sentido común, su sentido común. Que use una aeronave del Estado mexicano para ir al aeropuerto adonde espera un vuelo hacia sus vacaciones maravillosas era lo común. ¿Por qué el escándalo?, razonaban. ¿Qué no se han ganado, todos, el derecho a utilizar al Estado como unos patines de hielo o a las instituciones del Estado como un recogedor, una escoba, un trapeador, un taxi o una guayabera?

Poco antes de esos momentos hermosos del peñismo –de lo de la “casa blanca” o lo de Korenfeld–, el entonces Presidente dijo en el evento Los 300 líderes más influyentes de México: “Estoy convencido de que el problema que tenemos para enfrentar la corrupción parte, primero de reconocer, que es una debilidad de orden cultural”. Una vuelta a la paradoja sobre la sartén: la corrupción es tan común y corriente que es parte de la cultura del mexicano. Como el chocolate oaxaqueño o las tortillas de harina de Chihuahua. La corrupción es cultural como el mole poblano, como una sopa de lima o unos tlacoyos. ¿Por qué tanto escándalo?

Era abril de 2015 cuando el funcionario me dijo: “¿No lo consideras un linchamiento?”. Me invitaba a razonar mi actitud negativa, mi mala obra por denunciar a Korenfeld. Me dejó mudo. Me sugería que yo estaba mal y remató: “Piénsalo”.

Lo sigo pensando.