El autor, conocido como “Pepe”, es un experto en novela histórica, pero una circunstancia de su vida personal lo hizo detenerse en esta especie de autobiografía soterrada, dedicada en secreto (y no tanto) a la comunidad “argenmex”

Ciudad de México 10 de septiembre (SinEmbargo).- La casa inundada, recientemente editada por Literatura Random House, es una obra extraña dentro del universo literario construido a lo largo de varios libros por el joven escritor mexicano José Mariano Leyva.

Se trata de una novela con grandes tintes autobiográficos y que nació como respuesta a un estado anímico desesperado, como una forma de conjurar los males del alma mediante el uso de la pluma, a través de llenar varias páginas en blanco.

“Somos nuestra tristeza y somos nuestro dolor, porque de manera inevitable, somos nuestro pasado.”, dice el autor nacido en Cuernavaca, Morelos, el 6 de abril de 1975.

Ensayista y narrador. Maestro en Historia por la UNAM. Ha sido investigador de tiempo completo en la Dirección de Estudios Históricos del INAH y colaborador en revistas y suplementos literarios. Becario del Programa Jóvenes Creadores del FONCA 2004. Actualmente es director del Fideicomiso del Centro Histórico. Premio de Novela José Rubén Romero por Los imponderables. Parte de su obra se encuentra en las antologías En qué cabeza cabe y El hacha puesta en la raíz.

El libro es un homenaje secreto y no tanto a la comunidad “argenmex”, en cuyo contexto creció Leyva.

–Hay una canción de Miguel Abuelo que se llama “Nunca te miró una vaca de frente”. Algo parecido a lo que te pasa con una vaca en el principio de La casa inundada

–(risas) Sí, es una novela de vacas, de los carnívoros y de los bebedores. Pasé mi infancia entre chilenos, argentinos y uruguayos y a los que más me costaba entender, aunque parezca muy snob lo que digo, era a los mexicanos. En mi casa siempre a la hora de la comida había ruido y recuerdo que en la comida de mexicanos me incomodaba y me sorprendía el silencio. Me parece que el exilio sudamericano de los ’70 y ’80 modificó mucho la vida cotidiana en México. Guadalupe Nettel lo cuenta en una de sus novelas, a ella le tocó el exilio en Villa Olímpica. Claro que esa influencia es limitada y en determinados lugares de la Ciudad de México, te sales un poquito y le hablas a mexicanos de tu edad y no saben qué les estás contando.

–Tanto tu novela como la de Nettel son el reflejo de una literatura destinada a justipreciar ese legado pequeño pero a la vez importante de la comunidad “argenmex”

–Sí y es un legado mucho más fuerte de lo que creemos. Ahora que se está armando en el Centro Histórico esta exposición sobre las memorias del exilio, se habla mucho de la migración española: el Fondo de Cultura Económica, el Colegio de México, pero la migración sudamericana también dio mucho culturalmente. En esa época, no la pasaban muy bien; habían llegado aquí escapando del horror, sin saber cuánto tiempo se iban a quedar en México, muchos añoraban su patria. Los más resueltos, entre ellos mi padrastro Lucio Espíndola, dijeron: -Bueno, ya me voy a quedar acá…y armaron con mucha rabia y energía una vida aquí, para no tener que regresar a Sudamérica. Cuando las cosas mejoraron, Lucio no quiso regresar a Argentina.

Un ejercicio de escritura a partir del dolor que el autor no piensa volver a intentar por ahora. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

Un ejercicio de escritura a partir del dolor que el autor no piensa volver a intentar por ahora. Foto: Francisco Cañedo, SinEmbargo

­–México es muy distinto a Argentina y sin embargo, el exilio de estos tiempos encuentra aquí muchas referencias sudamericanas que ayudan…

–Sí, también es cierto que siempre estás dividido. Como le pasó a Antonio Marimón (1944-1988), vino a México exiliado, regresó a Argentina, no pudo quedarse allá, volvió…uno de los mejores amigos de mis padres, chileno de nacimiento, dividió a la familia, porque no pudo regresar. Esa parte nunca la sentí, estuve rodeado de todos los sudamericanos, pero yo no era un sudamericano, soy un mexicano. La parte de Latinoamérica es la conexión que tienes con los amigos, con la familia de los amigos. Mi impresión es que españoles y mexicanos nos parecemos mucho y eso nos hace que nos creemos clichés sobre aquellos a quienes no nos parecemos tantos. Decimos que los argentinos son unos pesados, unos ególatras y no es así. Hay un aspecto muy interesante que tiene que ver con los argentinos, como el estudio y la práctica del psicoanálisis, por ejemplo, que nada tiene que ver con el cliché. En el caso de Cuernavaca, donde crecí, fue uno de los polos de atracción para los exiliados sudamericanos. Había también muchos gringos y muchos españoles. Los sudamericanos revolucionaron Cuernavaca hace 30 años. Grupos de teatro como el que tenía mi padre, Mariano Leyva, fueron refugio para esos que venían buscando refugio.

–Ahora bien, La casa inundada no es estrictamente una novela sobre el exilio sudamericano en México, sino una novela sobre tus listas de favoritos y detestables. Como que te gusta la carne y no eres vegano, por ejemplo…

–Mario, el personaje, está tratando de definirse. Se trata de un personaje que le apostó a negar demasiadas cosas, como a su padre, hasta que de repente se da cuenta de lo obvio: ¡Es su padre!

–Y muchas cosas las resuelve de forma psicoanalítica…girando alrededor de los nombres María, Mariano y Mario…

–(risas) Se trata de un acto casi involuntario de hacerle frente al dolor que permanece enterrado en el fondo de su ser. Todo ese dolor que ahogaste empieza a salir de las peores maneras, no es cierto que porque lo arrinconaste ya no te va a molestar. Va a salir, te va a pegar. De repente tienes que destapar la cloaca.

–Elegiste una escritura autobiográfica…

–Hay muchas partes que son falsas y exageradas. No es cierto que estuve con una modelo en un hotel (risas). Hacer la biografía de mi infancia está bien, pero hacer la narración actual ya era una sobre-exposición. Incluso en el pasado hay muchas cosas que son de ficción. Hay cosas que no sucedieron tal como yo las recuerdo.

–Es lo que dices al principio: todo esto es ficción e incluso lo que es realidad también es ficción

–De eso se trata. En el caso de cosas que escribí convencido de que habían sido así, la memoria en realidad te hizo una trampa y llega tu hermana y te dice: eso no fue así. Hay una ficción que se te mete en la memoria y no puedes controlar. Puse lo de la vaca porque a la fecha sigo pensando en un animal muerto, inflado, a punto de reventar. Pero eso no era así. En realidad miraba un asado.

–¿Cómo nació esta novela?

–Esta novela no tiene nada que ver con mi camino literario. Me gusta mucho seguir el camino del thriller para escribir, dar una sorpresa, y para eso necesito armar una escaleta. La casa inundada no fue así, sino que se presentó como un texto catártico cuando yo escribía una novela histórica. De pronto me saltó un recuerdo, lo quise escribir y luego ya no pude parar. Lloraba muchas veces. No le pregunté a nadie, me puse en la piel del personaje y comencé a recordar como el personaje, hasta llegar a un punto muy doloroso, fue una novela escrita con dolor. Hay una catarsis en eso de convocar y organizar a tus fantasmas, pero luego viene la paz. Hay muchos capítulos de la novela que no podría leer en voz alta, no está la paz total.

Una novela fuera de su registro habitual, pero que resultó catártica para el joven escritor mexicano. Foto: Especial

Una novela fuera de su registro habitual, pero que resultó catártica para el joven escritor mexicano. Foto: Especial

–¿Qué es una mantis?

–Es el bicho que parece hoja y va caminando como juntando las manos; parece que rezara. En Cuernavaca le decíamos “campamocha” y esos insectos, cuando copulan, la hembra se come al macho. A partir de ese insecto arranca toda la novela. La vaca que muere, el asado que cocina un argentino que iba a ser luego tu padre.

–El personaje se rebela contra sus propios recuerdos y critica a esos mayores “hippies”

–Es que en esa época, aunque es probable que exagere un poco, lo que importaban eran los ideales revolucionarios, a los niños no nos prestaban mucha atención. Tampoco es que mi infancia haya sido tan miserable, pero nadie te revisaba la tarea, nos fuimos haciendo adultos antes de tiempo…lo más curioso de todo esto es que los niños adultos que parecíamos muy seguros, luego nos convertimos en adultos muy endebles. Porque para parecer seguro blindas tus emociones y así creces.

–¿Hay un enfrentamiento entre el arte popular y solidario y el cuidado por uno mismo, por la propia familia?

-No sé; en mi caso, como casi todo el mundo sabe, mis padres son titiriteros y han logrado sobrevivir con eso. Pero lo han logrado porque no parece un trabajo sino una religión. De repente sí me harté. Empecé a trabajar con las marionetas a los 9 años de edad. Ya de grande la acusé a mi madre de explotación infantil (risas). Sí heredé de ellos el trabajo duro, porque hay fantasmas de los cuales no te escapas.

–¿La literatura es un trabajo?

–Sí, hacerte preguntas, cavar en el pasado, es mi profesión, después de todo.

–¿Cómo te sentiste en este nuevo registro narrativo?

–No lo quiero volver a transitar. Me desgastó mucho. Ahora escribo una novela histórica cuya historia transcurre en 1901 y la siento como un bálsamo. Claro que alguna vez me gustaría valerme de la adolescencia para contar una historia, pero no por ahora.