Cincuenta investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas español han revisado la literatura científica que se ha generado durante la pandemia para radiografiar las evidencias científicas que ya se han demostrado y cuáles son las principales líneas de investigación que se siguen para combatir y frenar esta crisis.

Por Raúl Casado

Madrid, 10 de septiembre (EFE).- Nueve meses después de comenzar la pandemia de la COVID-19 que ha desatado la peor crisis del siglo, se acumulan las evidencias científicas que ha logrado una investigación sin precedentes, pero la ciencia y la tecnología escudriñan todavía numerosos aspectos desconocidos sobre el coronavirus y sus efectos.

Es mucho lo que ya se sabe, pero mucho también lo que queda por descubrir, y como objetivo principal el desarrollo de una vacuna, y varios “candidatos” han superado ya las pruebas preclínicas (en animales) y han pasado ya a los ensayos clínicos de seguridad y eficacia en humanos.

Pero es la investigación la que ha dejado también constancia de que las experiencias anteriores en el desarrollo de vacunas contra otros virus (como el SARS-CoV o el MERS-CoV, muy similares al SARS-CoV-2) revelaron los potenciales efectos dañinos no deseados en el sistema inmune, por lo que son necesarias pruebas concluyentes y exhaustivas antes del lanzamiento de una vacuna global.

Es mucho lo que ya se sabe, pero mucho también lo que queda por descubrir.Foto: NIAID

Cincuenta investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas español han revisado la literatura científica que se ha generado durante la pandemia para radiografiar las evidencias científicas que ya se han demostrado y cuáles son las principales líneas de investigación que se siguen para combatir y frenar esta crisis.

CERTEZAS CIENTÍFICAS Y RETOS CIENTÍFICOS

Certeza: como otros coronavirus humanos, el reservorio de este virus son los murciélagos y de estos saltó a un animal “intermediario” (todo apunta al pangolín) para llegar a la especie humana.

Reto científico: conocer en profundidad la ecología de las enfermedades infecciosas emergentes, en especial aquellas en las que los animales pueden ser reservorio de virus (vertebrados como los murciélagos) o vectores de su transmisión (los mosquitos).

Entre el cúmulo de evidencias, los científicos han corroborado que no existen alimentos ni complementos alimenticios que prevengan, traten o curen la infección por COVID-19 y que no puede haber en el mercado ningún producto con tales declaraciones.

O que para la contención de las enfermedades infecciosas y combatir estas crisis son necesarias medidas complementarias no farmacológicas, y entre ellas las nuevas tecnologías (móviles e internet) para generar datos masivos y en tiempo real sobre movilidad, síntomas o rastreo, así como medidas de contención de la epidemia (cuarentena, distancia social o uso de mascarillas).

El reto, en este caso tecnológico y legal, es que la cesión voluntaria de los datos personales por parte de los ciudadanos se ajuste siempre a las estrictas normas de protección, que se asegure el anonimato de toda la información y que se minimicen los errores y los sesgos en los datos.

El reto, en este caso tecnológico y legal, es que la cesión voluntaria de los datos personales por parte de los ciudadanos se ajuste siempre a las estrictas normas de protección. Foto: EFE

Tras las incertidumbres de los primeros meses, hoy se conoce con certeza dónde y cómo se transmite el virus, lo que según los científicos permite diseñar actuaciones de contención sin necesidad de acudir a situaciones drásticas como el confinamiento global; o que el pronóstico es mucho peor en hombres que en mujeres.

Evidencia científica es también que los niños tienen por lo general infecciones menos graves que los adultos y en un alto porcentaje son asintomáticos, aunque también que el riesgo cero no existe y que se han registrado ya casos con graves consecuencias, pero no existe sin embargo consenso sobre la capacidad de infectar que tienen los niños en comparación con los adultos.

MASCARILLAS BIODEGRADABLES Y SUPERFICIES AUTOLIMPIABLES

La ciencia ha acreditado la utilidad de las mascarillas, tanto de las de un solo uso como de las reutilizables; o la importancia de su “ajuste” para evitar fugas que reduzcan su eficiencia.

Y ahora vuelca sus esfuerzos en desarrollar materiales biodegradables que mejoren la capacidad profiláctica de las mascarillas, que impidan la entrada del virus e incorporen “viricidas” en los filtros, pero también que contribuyan a evitar que el uso masivo de estos protectores se convierta en un grave problema medioambiental.

La ciencia ha acreditado que la principal fuente de contagio son las gotas y aerosoles que emiten las personas al hablar, toser o respirar y que los virus se pueden adherir a otras partículas procedentes de la contaminación, el polvo en suspensión el humo del tabaco, pero la literatura científica no es todavía concluyente sobre el tiempo que el virus permanece activo sobre una superficie.

El reto es convertir las superficies que más riesgo tienen en “aliadas” de ésta y de futuras pandemias, y conseguir dotar a esas superficies de propiedades antivíricas y autolimpiables.

La ciencia ha acreditado la utilidad de las mascarillas, tanto de las de un solo uso como de las reutilizables. Foto: Rebecca Blackwell, AP

LA VACUNA, EL OBJETIVO PRINCIPAL, PERO NO EL ÚLTIMO

Desde que comenzó la crisis se han reposicionado muchos fármacos ya autorizados para otras indicaciones, lo cual ha sido una ventaja ya que muchos de sus aspectos relacionados con su toxicidad o efectos secundarios ya se conocían (el danoprevir, el remdesivir o la combinación de lopinavir y ritonavir).

Pero la prioridad, constata el informe que ha elaborado el CSIC, es desarrollar nuevos y eficaces fármacos antivirales y de amplio espectro para combatir el SARS-CoV-2, y a largo plazo disponer de múltiples medicamentos para combatir las cada vez más frecuentes epidemias causadas por los virus que están azotando a la humanidad.

El conocimiento de la enfermedad ha evolucionado mucho durante los últimos nueve meses y con ello las formas de abordar sus síntomas para prevenir los efectos más graves, y la investigación se vuelca ya en las numerosas secuelas que puede dejar (pulmonares, cardíacas, neurológicas y cognitivas), desde la pérdida de olfato permanente hasta el ictus o la encefalitis.

Conseguir una vacuna es el objetivo principal, y aunque la tecnología ha evolucionado mucho durante las últimas décadas, ese esfuerzo suele ser largo, han corroborado los científicos del CSIC, y han constatado que el desarrollo de una vacuna suele tardar una media de diez años, aunque los plazos se han agilizado y acelerado en este caso debido a la urgencia mundial causada por la pandemia.

Son casi 200 los proyectos que se han activado en el mundo para conseguirlo, aunque muy pocas todavía las que han entrado en la fase III (última antes de obtener licencia y comenzar a administrarse); una de las más avanzadas, la que desarrollan la farmacéutica AstraZeneca y la Universidad de Oxford, ha interrumpido los ensayos ante los efectos que ha sufrido uno de los voluntarios.

Conseguir una vacuna es el objetivo principal, y aunque la tecnología ha evolucionado mucho durante las últimas décadas, ese esfuerzo suele ser largo. Foto: Pavel Golovkin, AP

Entre las que más avanzadas están las desarrolladas por las farmacéuticas estadounidenses Moderna y Pfizer; las que investigan las compañías chinas CanSino Biologicals, SinoPharm y Sinovac; la de la alemana BioNtech; o las de los centros de investigación rusos Vektor y Gamalei.

El consenso científico acredita que las primeras vacunas que lleguen al mercado serán eficaces, pero también que las siguientes generaciones de vacunas serán mejores porque los laboratorios dispondrán ya de más información sobre la respuesta inmune.

Y entre los retos a corto plazo, saber si la administración conjunta de la vacuna contra el SARS-CoV-2 y contra la gripe puede reducir su eficacia y conocer cuánto tiempo puede durar la protección.