En este libro, Federico Reyes Heroles se convierte en cartógrafo de su existencia. La técnica que utiliza es sencilla pero infalible: levantar un registro de las coordenadas que han dotado de sentido a su vida.Momentos de plenitud, obsesiones y pasiones quedan asentados en este inventario personal.

Ciudad de México, 10 de octubre (SinEmbargo).- Si toda vida es un viaje, resulta idóneo contar con los instrumentos de navegación adecuados. No hay que confiarse, el hecho de que el territorio de nuestra expedición nos sea aparentemente familiar no implica que estemos libres de extravíos. Un mapa puede ser esencial -un mapa, por supuesto, de nosotros mismos.

En este libro, Federico Reyes Heroles se convierte en cartógrafo de su existencia. La técnica que utiliza es sencilla pero infalible: levantar un registro de las coordenadas que han dotado de sentido a su vida.Momentos de plenitud, obsesiones y pasiones quedan asentados en este inventario personal.

Así, por este Registro pasan el insomnio y el ritual de iniciar el día, el vicio de la música y el placer de la concentración, el amor a los árboles y a los perros, el gozo como lujo (y no viceversa), el arte de la conversación y el paraíso privado de las caricias.

El mapa obtenido sirve como guía para revisitar las provincias de la memoria, pero también como brújula para seguir definiendo la ruta de los días por venir. Es útil para el propio cartógrafo, pero también para los viajeros de otras tierras. Pues, como toda verdadera literatura, este Registro es íntimo y general a la vez.

A continuación, SinEmbargo comparte, en exclusiva para sus lectores, un fragmento de Registro: Mapa e inventario de uno mismo, del autor Federico Reyes Heroles, quien ha publicado alrededor de quince títulos incluyendo seis novelas y ensayos filosóficos. Publica un comentario político semanal desde hace más de tres décadas. Cortesía otorgada bajo el permiso de Penguin Random House.

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De buena fe

Instantes, ha dicho Ernesto Sábato, la vida, ese flujo incontenible, al final está compuesta sólo por instantes. Son ellos los que quedan en nuestra memoria. Pero el instante es fugaz. La embrujante fugacidad de la palabra instante delata el reto, el desafío de la provocadora cacería que nunca cesa. Pero si la vida sólo es instantes y éstos fueron y son producto del azar, nuestra existencia tendría poco sentido. Sería tanto como ser iluminado sorpresi­vamente desde el cielo y poder lanzar nuestra mirada a un horizonte infinito que, de inmediato, desapa­rece para regresarnos a la oscuridad o a la penum­bra, en el mejor de los casos. Deslumbrados, sólo recordaremos el paisaje que se exhibió ante nosotros, imágenes difusas, en fuga. No podremos escudri­ñar, menos aún caer en el deleite de razonar lo que estuvo ahí frente a nosotros y que sacudió nuestra alma. Recordar es grandioso, pero volver a vivir pa­reciera mucho mejor. Pienso en esa posibilidad de incorporar a nuestros deseos la visita intencional a ese sitio o circunstancia que alimentó nuestra vida. En la primera ocasión fuimos prisioneros, acaso gozosos prisioneros, del azar. Pero la revisita es pro­ducto del recuerdo y de la voluntad. Escapamos del azar y pulsamos el intento para dirigir la vida.

Si nuestra existencia estuviera gobernada úni­camente por ese rayo que la ilumina cada tanto permitiéndonos imágenes fugaces —y, por lo mis­mo, capaces de traicionarnos—, andaríamos por el mundo expuestos a la fortuna, aquella que —según Maquiavelo— domina la mitad de nuestras vidas, andaríamos a la espera de esas ráfagas luminosas que atraviesan el cielo y nos permiten en un instan­te tan sólo creer que sabemos en dónde estamos, ha­cia dónde nos encaminamos, cómo nos miramos, cómo son nuestros compañeros de travesía. Pero de pronto, de nuevo todo es oscuridad. Bendita ráfaga de luz, maldita oscuridad permanente. La razón se rebela a la deliciosa fatalidad del instante, deliciosa, pero fatalidad al fin, en tanto que escapa a la posibi­lidad humana de construir y repetir esos destellos. Pensemos que el gozo profundo de la vida fuera esclavo del azar: qué tristeza. La existencia, por de­finición, sería esclava.

Por supuesto que hay instantes luminosos en los cuales las piezas de nuestra existencia —ésas que en ocasiones parecieran dislocadas, absurdas, inútiles cuando menos— cobran un acomodo per­fecto, un sentido. Allí el lenguaje puede ser tram­poso, algo tiene sentido, decimos en español; hace sentido, makes sense, dicen los angloparlantes. En la aparente sutileza hay connotaciones metafísicas, por más que la palabreja espante a muchos. Dónde está el sentido, dentro de la cosa, del asunto, de las interrelaciones o quizá somos nosotros quienes le asignamos un sentido. Sólo decir el sentido, pro­nunciarlo y enunciarlo, implica un carácter unila­teral, arbitrario, pues nos es impuesto por la cosa.

Asignar un sentido supone en contraste una par­ticipación, la posibilidad de intervenir y romper la condición azarosa de nuestras existencias. De he­cho, ése fue uno de los grandes dilemas del existen­cialismo. Existir sin conciencia de la existencia es tanto como no existir.

Instantes, por supuesto, Sábato, la vida son ins­tantes que nos han iluminado, pero a la par es con­ciencia, que nos puede llevar a reproducir —o por lo menos intentarlo— esos momentos de iluminación y, si se me permite, de plenitud. Plenitud que puede ser tan sencilla como el ir y venir de una hamaca. O tan compleja como elaborar un registro de las li­mitaciones o el gozo de escoger la muerte. Regresar al instante como producto de la voluntad tiene la gracia de que es la conciencia la que nos conduce a la búsqueda, es ella la que establece la ruta de nave­gación en la cual podríamos, deberíamos, toparnos con esos instantes. Pero quizá lo más intrigante y divertido es saber por qué algo en la vida nos pro­voca plenitud. El ser consciente de las razones dota al instante de una riqueza que la mera casualidad desdeña y oculta. La disquisición de los porqués, de aquello que está detrás de los instantes, es por este motivo deseable, imprescindible en el ánimo de existir. Es ella, la disquisición, ese acto de buscar los porqués de algo, la que se convierte en una cantera para la razón. Además, recordemos que parte del gozo nace de esa disquisición, surge del saber, de la curiosidad e intriga de penetrar en los misterios.

Pero acariciar la plenitud tiene sus inconvenien­tes. Al regresar la mirada al mundo lo encontramos imperfecto, nos inquieta lo que le sobra y lo que le falta. Es una consecuencia inevitable: un inventa­rio, un registro acucioso debe incluir los obstáculos para el gozo y la plenitud. Al ser partícipes y cons­cientes de nuestras razones para construir plenitud, las que dan un sentido a cada capítulo, o por lo menos lo buscan, involuntariamente desnudamos carencias y excesos que ya nos incomodan. Por ese camino nos podemos volver, medio fanfarrones, en tanto que la memoria, sin pedir permiso, nos arroja imágenes, sensaciones, recuerdos, olores, sabores que la vida nos ha ofrecido y que han trastocado nuestra forma de ser. Vaya dilema, la construcción de sentido nos vuelve selectivos y ello puede conver­tirse en una limitante muy grave del gozo. Lo uno viene con lo otro. ¿Qué hacer?

Por lo pronto vale la pena tomar nota de esas si­tuaciones muy particulares a las que les hemos asig­nado un sentido en la vida, hacerlo con atención, como se levanta un registro profesional. La palabra profesional es una nota disonante en este texto, di­sonante pero pertinente. El registro debe ser muy puntual, resultado de la observación generosa pero rigurosa. Sólo así nuestro registro podrá ser útil a un tercero. Si la subjetividad avasalla no habrá mapa tentativo para alguien más. Las bahías, los valles, las cordilleras deben ser descritas con minuciosi­dad. Pero también debemos registrar aquellas situa­ciones que parecieran alejarnos de esos referentes que nuestra memoria —ella sí una dictadora— nos arroja impertinente para la incómoda comparación. Ahora bien, puede la descripción de esos instantes pasados por el tamiz de la razón conformar una vi­sión de vida. Sí, pudiera ser una respuesta tentativa, pero una visión de vida no es un boleto a un destino garantizado, menos aún una fórmula para alcanzar la plenitud total, tampoco una receta que produce manjares.

Las grandes corrientes de pensamiento filosó­fico del siglo xx, como el vitalismo o el existencia­lismo, parecieran haber pasado a mejor vida. Están hoy en un precioso museo de las ideas. Cada día es más difícil, menos probable, toparse con alguien que abiertamente declare: soy militante del existen­cialismo y por ello no creo en las relaciones perma­nentes de pareja. Los militantes son una especie en extinción. Una sana intención libertaria rompió los grilletes de la vanidosa intención de sistema. Parte del problema de las corrientes filosóficas fue preci­samente esa intención de encontrar e imponer un sistema. Esa idea —repito: bastante vanidosa— se sobrepuso a la frescura de la cacería. Quizá por eso parecería que, en el siglo xxi, las definiciones vitales provienen de las prácticas cotidianas, de los queha­ceres del día a día, de ese recuento de plenitudes y de los obstáculos para acercarnos a ellas, descripcio­nes sin pretensión de ser fórmula.

Ser vegetariano supone una visión del mundo y una práctica, ser vegano se acomoda en el mismo rumbo de la brújula vital, pero la diferencia de gra­dos conduce, al final del día, a distancias abismales entre unos y otros. ¿Te gusta el yoga?, le pregunté con cierta inocencia y su respuesta me dejó des­concertado: no puedo practicarlo, es contrario a mi religión. Lo que yo miraba como una práctica física y emocional, para mi amigo era una definición de convicciones íntimas, religiosas. En esos rumbos se topa uno con nuevas tendencias como el mindful-ness, una práctica que se ha popularizado y que, en realidad, es una forma de meditación que busca, por distintas vías, lograr la atención del momento, concentración plena. Algunos la miran como una reacción a los múltiples distractores de la vida di­gital. Otras personas buscan una fórmula de me­ditación en solitario o en grupo. Hay también los practicantes de los retiros y ahí se abre un amplio menú de opciones. Las búsquedas están por todas partes. Se trata entonces de búsquedas variadas y muy diversas que, sin embargo, coinciden en algo: la insatisfacción. La esperanza de vida alcanza niveles que jamás imaginamos. Los satisfactores materiales invaden nuestras vidas. Nuestra capacidad de mo­vilidad, de conocimiento, de diversión, de acceso a la creación humana, prácticamente no tiene límites. Con todo ello la insatisfacción corroe a muchos seres humanos. La conclusión vital de Viktor Frankl, ese gran filósofo que ha caído en el olvido, hoy parece irrefutable y de gran utilidad: “La búsqueda del sen­tido es el sentido mismo de la vida”.

Quizá entonces lo único relevante es pregun­tarnos qué buscamos, cada quien en su propia tra­vesía. Y una buena forma de iniciar esa conversación es, de nuevo, tomar nota, registrar nuestras prácticas, nuestros quehaceres, esos instantes que deben estar en el registro de la razón. Sólo así podemos retar a la tramposa fugacidad. Quizás el conjunto de esos registros perfile nuestra búsqueda, se trata entonces de viñetas de uno mismo que podrían servir para un bosquejo de intención vital. Ni fórmula, ni sistema: una ruta de viaje, una ruta, eso sí, reflexionada.

Pero si bien la búsqueda es personal, el inventario o registro individual de plenitudes puede ser apasio­nante, sobre todo para quien lo realiza. Nuestras vi­das, en mucho, están condicionadas por la era que nos tocó vivir. Max Horkheimer, el gran filósofo y sociólogo alemán, lo fraseó de forma muy precisa: toda experiencia social al final es una experiencia in­dividual. Describir y explicar lo social sólo es viable a través de las experiencias individuales, de tal for­ma que el registro personal puede ser útil — tan sólo eso— como descripción de una era, de cómo reac­cionamos ante la misma, de cuáles son las respuestas individuales que damos. A problemas o retos comu­nes pueden existir respuestas comunes, que podemos ir compartiendo y afinando en el camino.

Sería vanidoso, síntoma de soberbia, pensar que este camino, el del inventario, el del registro no ha sido imaginado o transitado por otros. Existe por supuesto el género de las memorias, que se aleja de la intención de estas líneas en tanto que, con fre­cuencia, las memorias son una recopilación retros­pectiva, una justificación de cómo se vivió lo que se vivió, un acto de rendición de cuentas y, en algún sentido, cuando son honestas, una autoconfesión. Pero, además, las memorias no se escriben para cambiar o enmendar la ruta seguida en una vida, sino para explicar cómo fue el viaje. Otra intención muy diferente, la cual me visita en estas páginas, es la de tomar un respiro para asumir lo que venga, el tiempo que me quede, con las mejores herramientas de vida de que dispongo.

“Yo no sé escribir”, fue su primera línea. En la realidad se llamó José Martínez Ruiz, pero hoy nadie lo recordaría por ese nombre. Dejó su huella como Azorín y perteneció a la generación del 98, que él bautizó junto con sus compañeros de aven­tura vital —los principales: Pío Baroja y Miguel de Unamuno—. Nacido en Alicante, Azorín rompió con las frases ampulosas y lanzó un estilo de re­flexión en el cual la sencillez se impone. Tuvo otro arrojo y sería mezquino no reconocérselo: hizo de su apreciación íntima, sobre las personas y las co­sas, sobre los matices en ocasiones imperceptibles, la materia principal de su trabajo. Lo cotidiano se convirtió en altar de sus obras. Lo pequeño e intras­cendente, en apariencia, cobraron en su pluma una dimensión de troquel definitivo en la vida. Ortega y Gasset llamó a esas observaciones “Primores de lo vulgar”. Hace años cayeron en mis manos Las confesiones de un pequeño filósofo y así comencé mi Registro. Rindo tributo a la actitud de Azorín. Tengo, sin embargo, un problema. La palabra humildad arras­tra una serie de connotaciones religiosas que me incomodan, pero sería un atributo que se me viene a la mente para Azorín, si no fuera porque, además, el condenado de Chesterton me zumba en la cabeza cuando quiero usarla: “La humildad es algo muy cu­rioso, en el momento mismo en que creemos tenerla ya la hemos perdido”. No he encontrado en Azorín una mención de sí mismo o de su obra como algo humilde, entonces vale que yo la aplique a él. Odio la carga de la palabra, pero cómo mejoraría este mundo si hubiera más humildad.

Es inevitable aludir a Michel de Montaigne, no por vanidosa comparación, sino precisamente por admiración y justicia: “Sólo me pinto a mí mismo”, nos dice en la brevísima nota de entrada a sus Ensayos. Me lo imagino sentado frente a su escritorio en su famosa torre, que era el refugio y taller de sus pensamientos. El libro está dedicado al uso par­ticular de parientes y amigos, para que ellos puedan hallar en las páginas “algunos rasgos de mi condi­ción y humor, y por este medio les quepa nutrir y tornar más entero y más vivo el conocimiento que tuvieron de mí”. Y les advierte que lo hace pues muy pronto lo perderán. Eso escribió el primero de marzo de 1580. Moriría doce años después, para fortuna de todos, pues siguió nutriendo sus Ensayos, el 13 de septiembre de 1592.

En esa famosa nota, con la cabeza “Del autor al lector”, hay una grandiosa y brevísima primera línea: “He aquí un libro de buena fe, lector”. Ésa es la primera gran enseñanza de Montaigne, sin buena fe es imposible mirar la vida.

Tepoztlán, Morelos
Primavera de 2020

I. Girando: día a día

1. Abrazar la noche

Desde niño he tenido lo que se da en llamar “problemas de sueño”. En mi caso eso quiere de­cir que uno no se duerme fácilmente. Debo haber tenido unos nueve o diez años cuando mis padres me regalaron un pequeño radio. ¡Era de transisto­res! En ese momento significaba lo máximo de la tecnología. Yo lo había pedido no recuerdo bien si a Santa Claus o de cumpleaños. El objetivo concreto era ponerlo debajo de mi almohada y poder sopor­tar así el largo hiato entre la hora en que debía ir a la cama —establecido, por supuesto, por mi madre para mi propio bien— y ese momento, muy dis­tante, en que por fin entraba al sueño.

El asunto llegaba a su dramático clímax cuando se acercaba el cierre de las estaciones radiofónicas, de una en particular. Eso ocurría a las doce de la noche. Una voz varonil y aplomada despedía la se­ñal argumentando que ellos —como cualquier ser normal— también debían ir a dormir. Luego, yo no era normal. Después entraba la voz de Petula Clark, una cantante estadounidense de moda con su gran éxito llamado “Downtown”. Cuando Petula Clark, que era de toda mi intimidad, llegaba a los últimos acordes, la angustia me visitaba: me quedaba solo. En la cama de junto, desde horas antes, dormía mi hermano sin ningún problema. Yo no podía pren­der la luz, ni leer, ni levantarme, simplemente espe­rar y enojarme conmigo mismo. Llegué a odiarme por esa maldición de tener “problemas de sueño”.

En la adolescencia el asunto se agravó pero ya nadie se enteraba de mis desvelos, y yo, por su­puesto, no los comentaba. Era curioso, pensaban que era un dormilón a quien le costaba mucho tra­bajo despertarse, sin saber que llevaba pocas horas de sueño. Comencé a tomar pasiflora y algunas pas­tillitas naturistas que no me ayudaban demasiado. Cuando llegué a la universidad decidí acabar con esa tortura, con esa guerra contra mí mismo en que la única victoria final era ¡dormirse! Así que me ins­cribí en los cursos vespertinos. Era yo feliz: me des­pertaba a la hora en que terminaba mi sueño, por las mañanas leía largas horas tomando té, comía ligero, iba a clases hasta las diez de la noche. Des­pués regresaba a casa y esperaba tranquilo a que mi padre llegara. Platicábamos largamente con algún whisky de por medio. Yo me retiraba sin prisas, leía de nuevo, sin prisa por dormirme, hasta que el sueño llegaba. Todo iba bien, por fin la noche y yo nos encontrábamos de forma amistosa. Sin embargo, un ruido infernal, lenta pero sistemáticamente, fue invadiendo la calle y mi habitación. Comenzó de nuevo la pesadilla.

Me volví muy sensible al ruido. Comencé a usar tapones para los oídos. Forré un clóset de corcho, construí mi propia cueva para dormir. Leía horas y horas hasta que amanecía y yo no lograba “con­ciliar el sueño”, como se dice. Andaba malhumo­rado, el pelo se me caía, sentía las manos y los pies hinchados por el cansancio. Fui a ver a un neuró­logo: el ruido auténticamente me estaba acabando. Tuve que mudarme. Desde entonces comenzó el viacrucis de las pastillas relajantes, somníferos, in­ductores de sueño, cualquier cantidad de píldoras, algunas de las cuales me dejaban en knock out. No podía vivir así. Tenía que dormir y dormir bien, descansar y levantarme con energía. Comencé a construir mi ritual.

Lo primero es salir de los moldes, salir sin an­gustia. Las sociedades establecen cartabones: el tra­bajo productivo comienza a las ocho de la mañana y termina a las cinco de la tarde. ¿Por qué? Hay seres que somos totalmente disfuncionales a las siete de la mañana, peor aún si logramos entrar al sueño tres horas antes. La productividad no sólo se da en el día. En ciertos oficios, incluido el mío, el de escribir, las condiciones nocturnas pueden ser más favorables. No suena el teléfono, no hay visitas, la gente no me­rodea, no debe uno comer, ni cenar, al menos no con horarios; la mente funciona sin obstáculos.

A la noche la hemos cargado de mitos. Habla­mos de noches de tormenta, noches escalofriantes. En las películas de terror las peores escenas son en la oscuridad nocturna. Asesinatos, robos, asaltos bancarios, la materia violenta de las pantallas toma como escenario casi siempre una noche. Las cons­piraciones políticas ocurren de noche, eso decimos. Los aviones frecuentemente se estrellan de noche. Una parte es realidad: el Titanic se hundió de noche; otra es mitología pura. En mi ciudad la gran mayoría de los delitos se cometen a plena luz del día. La noche es una víctima de nuestras fantasías.

En la noche, es cierto, perdemos visibilidad, pero en lo general ganamos tranquilidad, silencio, concentración. Con los años he aprendido a querer a la noche, a darme cuenta de los efectos que, por lo menos en mí, ejerce. Su gran poder radica pre­cisamente en el recogimiento visual y sonoro. Los animales duermen, los amigos se encierran en sus casas, las parejas hacen el amor en plena intimi­dad, los espacios entre las personas se estabilizan. A la noche no podemos huirle porque siempre nos atrapará. A la noche hay que entregarse a sabien­das de que para ciertas mentes sus misterios son to talmente excitantes.

Mi ritual consiste en recordar que el mejor momento del día —valga la contradicción—, por lo menos para mí, está por empezar. Que todavía puedo escribir mucho, que el teléfono no sonará, que no habrá interrupciones, que podré avanzar en el libro en turno. Algunos doctores hablan de sani­dad de sueño. No ver televisión, por supuesto, no tomar cafeína, no fumar, no trabajar en la cama, etcétera. Sin duda son indicaciones importantes, pero, más allá de la química, la noche puede ser un buen momento para acomodar ideas e intenciones. Algo hay en ellas que me provoca una tranquilidad profunda. La tranquilidad induce al sueño. En mi caso algo de vino tinto auxilia. Finalmente se trata de trabar una amistad con la noche, casi diría una complicidad. Ahí desaparece la angustia.

Hoy sigo padeciendo insomnio. Un producto homeopático me ayuda a regular mis horarios por­que, si por mí fuera, no habría por qué parar. Estas líneas las escribo de noche: son las 11:47 horas del 7 de julio del 2007. ¡Cabalística pura! Pero hay una enorme diferencia: ya no huyo de la noche, por el contrario, la abrazo todos los días. Ya no soy buen faro de Petula Clark, puede irse a dormir tranquila.