Poco y nada se conoce la literatura africana y en particular la nigeriana en nuestro país. Y aunque el escritor Chris Abani (1966) reside en realidad en California, es de su Nigeria natal de donde extrae las historias para conformar una obra singular y profunda, que lleva y trae como en un río sin fin y sin motivo la fuerza de una cultura extrañamente cercana.

“Me enseñó una canción. La cantamos una y otra vez, juntos, toda la noche, hasta que yo ya no sabía dónde terminaba su voz y empezaba la mía, y dónde terminaba la mía y empezaba el río y empezaba mi sangre”. La frase extraída de su reciente novela La canción de la noche, traducida al español y publicada en México por Sur+, anticipa una poética sentida aunque no sentimental por medio de la cual el autor relata hechos inverosímiles y feroces.

Violencia y muerte, violaciones, cuerpos mutilados, cadáveres que flotan como buscando la paz que les fue negada, la inocencia de unos niños entrenados para desactivar minas personales (elegidos en la adolescencia porque pesan poco, pero, como bien dice el autor, “hasta una gallina de Guinea puede hacer explotar una mina personal”), niños mudos con las cuerdas vocales arrancadas sin anestesia (los gritos desgarradores de quienes causan una explosión pueden espantar a los demás y generar una explosión en cadena), el despertar sexual como contrapeso del sexo por la fuerza ejercido por matones vestidos con ropa militar… no hay respiración posible en una narrativa donde el Bien y el Mal no se distinguen a ciencia cierta.

Chris Abani nació en Nigeria en 1966. Publicó su primera novela, Masters of the Board (Delta) en 1985. Debido a esta obra y a su participación en el teatro guerrillero, sufrió persecución política durante varios años y fue incluso torturado en las prisiones de Kiri Kiri y Kalakuta. En 1991 fue liberado, emigró a Londres y a Los Ángeles en 1999. Su obra narrativa incluye The Virgin of Flames (Penguin, 2007), Becoming Abigail (Akashic, 2006) y Graceland (FSG, 2004). Ha sido ganador del prestigioso premio PEN en dos ocasiones, el Prince Claus y la beca Guggenheim. Actualmente es profesor en la Universidad de California, Riverside.

La que sigue es una entrevista exclusiva que el escritor, de visita en México para presentar La canción de la noche, otorgó a SinEmbargomx.

 

–¿Lloró mucho después de escribir La canción de la noche?

–Lloré mucho antes y durante la escritura. Pasa con muchos libros míos, pero especialmente con La canción de la noche y con Becoming Abigail, la historia de una niña a la que hacen esclava sexual.

 

–¿Cuánto pesa una gallina de Guinea?

–Entre 10 y 18 kilos, aproximadamente.

 

–El peso de la muerte…

–Efectivamente. La historia de La canción de la noche está hecha de memorias de mis padres, de mis abuelos, de toda mi familia, de mis propias memorias. Ahora mismo no puedo distinguir quién me contó qué cosa, así que se trata en realidad de recuerdos míos en su totalidad.

 

–El río Cruz (Cross river, en Nigeria) sobre cuyo lecho parece estar escrito este libro es indomable, así como indomable nos parece también la raza africana…

–Totalmente de acuerdo. Es muy importante en este libro destacar que el espíritu humano es invencible y que sigue luchando por su supervivencia. El río, además, tiene mucho valor simbólico en La canción de la noche; por un lado es la travesía que tienes que hacer, en lo posible navegando, entre la vida y la muerte, y por el otro marca la relación simbiótica que suele existir entre los seres humanos y sus ríos desde tiempos inmemoriales. El río, por otra parte, se vuelve el fluir de la conciencia en la narración. Fluye el río, pero también fluyen el tiempo y la memoria. Los ríos son también lugares importantes para la transformación personal, no hay más que ver la Biblia para encontrar allí la importancia del Jordán, donde fue bautizado Jesucristo.

 

La cultura igbo

“No fuimos escogidos por nuestra destreza manual o por nuestra inteligencia superior, aunque casi todos nosotros somos muy inteligentes. Nos escogieron simplemente por ser pequeños, incluso ligeros, y porque se veía que no íbamos a crecer mucho en el ambiente de la malnutrición del campo de batalla. Nos escogieron porque nuestro peso nos protegería de activar las minas mortales si llegábamos a pisarlas. En lo primero tenían razón, incluso ahora que tengo quince podría hacerme pasar por alguien de doce. Pero estaban muy equivocados en lo segundo. Hasta las gallinas de Guinea activan las minas. Pero seguro lo sabían: por eso impusieron el silencio. Toco la cicatriz de mi garganta que marca la cortada que acabó con mis días de habla”.

 

La canción de la noche narra la historia de un niño igbo, una etnia muy extendida en el sudeste de Nigeria, donde constituye el 17 % de la población, que pierde a su pelotón de desactivadores de minas y comienza a deambular por la vera del río, presa de sus recuerdos y emociones contradictorias. Por un lado, el recuerdo de un salvaje y feroz jefe de grupo al que apodaban John Wayne y a quien el niño asesinó luego de que lo obligara a violar a una anciana. Por el otro, la voz dulce de su novia muerta, Ijeoma, que viene una y otra vez a su memoria, como una guía que lo ayuda a sobrevivir en su destino errático.

“El protagonista no tiene conciencia de sí mismo, en parte porque la historia del libro es contar una alegoría de transformación”, explica Chris Abani.

“Para esa tarea, debe enfrentar todo lo que hay adentro de él: las cosas buenas que son traducidas en la novela como actos de amor y también las malas, las desagradables. Es un niño de 15 años que ha sido obligado a cometer actos horrorosos y la pregunta de si es responsable o no de esos actos atraviesa toda la novela. Allí es cuando aparece la cosmogonía del oeste de África, tan distinta a la que podríamos denominar occidental y cristiana”, agrega.

 

–¿Cuál sería esa diferencia?

–Bueno, en la noción occidental y cristiana, el hombre no participa mucho de su destino. Más bien son Dios o el Diablo los que rigen sus actos. En la visión del oeste de África, en cambio, sí puede haber fuerzas más grandes que tú, pero finalmente cada persona es responsable de sus acciones.

 

–¿Por qué en su narrativa cuesta encontrar una distinción clara del Bien y del Mal?

–Es que en la cultura igbo no hay Bien ni Mal. No existe el Diablo. Más bien en nuestras culturas existe el concepto de equilibrio. Por un lado están las fuerzas que jalan hacia lo negativo y fuerzas que te llevan hacia lo positivo. En esta visión, no existe el Mal por fuera de los seres humanos. El mal está adentro de cada persona. De la misma manera, el amor sólo puede provenir desde adentro nuestro. Las personas somos el sitio donde el universo juega al bien y al mal para encontrar su balance, su equilibrio. La noción moral en nuestra cultura está dada por ese balance. También en estas creencias, el mundo material es reflejo del mundo inanimado, inmaterial. La palabra es el puente que comunica a estos dos mundos entre sí. Si nombras algo malo, inmediatamente se refleja en la realidad, que a su vez se va construyendo a través del discurso. Por otro lado, si un individuo es malo, es el reflejo de una comunidad que lo hizo así. No hay concepto de individuo en el oeste africano, sino comunitario.

 

–Pero hay personas que crecen en medio de personas buenas y sin embargo se convierten en malas…

–Eso no es posible. La verdad es que a veces demasiado amor puede crear a una mala persona, a una persona consentida y caprichosa que cree que por haber crecido en medio de tantas atenciones puede estar por sobre el resto. En realidad lo que quiero decir es que cada persona es producto de su entorno, de su comunidad. Y en eso creo.

 

El horror como literatura

 

“Recuerdo un grupo que vi alguna vez. Niños sin brazos o piernas, o sólo torsos, hombres con sólo la mitad de la cara, mujeres con mordeduras de metrallas en vez de senos –todos ellos aferrándose a la vida y a la esperanza con un fuego que ardía fervientemente en sus ojos. Si alguna luz sale de esta guerra, va a salir de ojos como esos”.

En La canción de la noche la palabra es testimonio de un horror traducido en situaciones abominables: un niño que viola a una anciana obligado por su jefe militar que le clava una pistola en la sien, un niño que se aferra a un cadáver por la espalda para no ser descubierto en el lecho del río donde intenta sobrevivir, una comunidad de mujeres que come a un bebé asado al fuego…

 

–¿No tiene miedo de ser catalogado como el escritor del horror?

–Bueno, nadie me ha puesto esa etiqueta todavía, pero sí se me conoce como un autor que escribe acerca de cosas difíciles. La verdad es que creo en el balance constante, en la búsqueda pertinaz del equilibrio. Y, en ese sentido, si ya hay tanta gente que escribe novelas románticas con final feliz, alguien debe escribir sobre las cosas dificultosas, sobre las tragedias, también sobre el horror. Soy un escritor profundamente optimista, pero para nada sentimental. Soy casi un autor cristiano, la Biblia está llena de horror, ¿o no? (risas).

 

–Bueno, pero hay cosas que son difíciles de escribir y de leer aun para los autores no sentimentales…

–Es verdad. Lo que escribo es también difícil para mí, no sólo para el lector. En mis libros quito el orden moral para que el lector se vea involucrado y comience a hacerse preguntas personales e íntimas. El efecto que busco con mi narrativa es que las cosas sucedan en tiempo presente frente a los ojos de quien la lee. No juzgo a mis personajes, ese es un asunto del lector, lo cual resulta bastante incómodo para él porque muchas veces se verá simpatizando con un personaje que en teoría resulta malo…

 

–Por otro lado, cuando uno lee su libro constantemente aparece la pregunta, ¿qué haría yo en esa situación semejante?

–Esa es la misma pregunta que me hago yo con frecuencia cuando escribo mis historias. Cuando uno es un ciento por ciento honesto, la respuesta no tarda en llegar: tal vez haría lo mismo que hace mi personaje en la historia.