Cuando me acerqué a la cafetera, como todas las mañanas, vi la nota: «El amor es más que sólo amarse. No hay “te amo” en el mundo que nos rescate de la costumbre. Ni besos que puedan comerse y alimentarte. Ni orgasmo tan intenso para que la felicidad se vuelva infinita. Mucha suerte y cuídate».

En el silencio de una despedida, no hay reproche que te consuele, en una huida sin huellas, no hay camino que seguir. Lo máximo que consigues es girar sobre ti mismo, como en un  juego mecánico.

Por Sismaí Guerrero Osorno

Ciudad de México, 11 de enero (SinEmbargo).- Las cosas entre nosotros estaban estancadas desde hacía algún tiempo. Ella pensaba mucho en tener un hijo y la verdad es que yo no quería compartir sus tetas con nadie. Ella todo el tiempo miraba el reloj y yo prefería no saber cuánto tiempo pasaría hasta el siguiente beso. Ella imploraba estabilidad y yo prefería seguir mirando los ojos del precipicio.

Llevábamos ocho meses juntos. Nos odiábamos lo suficiente para que el amor fuera intenso, pero nos queríamos lo suficiente para que el odio no fuera un lastre. O al menos eso pensaba yo.

Una mañana fui víctima del frío, ése que la hacía venir a mi lado para que le calentara los pies y la vida. No me alarmé cuando alargué la mano aquella mañana hasta su sitio y vi que no estaba. Tampoco no oírla por casa me preocupó en lo absoluto. Fue cuando me acerqué a la cafetera, como todas las mañanas, que fui consciente de lo que ocurría. Había un papel pequeño junto a ella, escrito con pluma azul y un pulso envidiable:

«A veces la vida es un cara o cruz. Yo lancé la moneda. Te juro que no hice trampa. Creo que conté doce giros en el aire hasta que cayó en mi mano. Me salió cara y tengo que alejarme. Imagino que ya sabes a quién le ha tocado la cruz. A menudo, el amor es más que sólo amarse. No hay “te amo” en el mundo que nos rescate de la costumbre. Ni besos que puedan comerse y alimentarte. Ni orgasmo tan intenso para que la felicidad se vuelva infinita. Mucha suerte y cuídate, Sismaí.»

Aquel día fue extraño. Me tomé el café como si aquello que hubiera acabado de leer no fuera más que un arrebato momentáneo. Me senté en el sofá y esperé su regreso. Como si fuera una broma, como si sólo se tuviera que tirar de la cuerda. Ella tiraba de su parte, si yo no hacía presión desde el otro lado se caería al suelo. Volvería con un rasguño en el orgullo que yo lamería hasta borrarlo e inmediatamente después me dejaría pasar mi lengua por donde la autoestima sube cuanto más abajo caen las bragas. Lo peor de una despedida es no hallar un portazo del cual agarrarse, uno reconoce en su intensidad la duración del regreso, o un “hasta nunca” de ésos que dejan eco, de ser posible con un insulto incorporado para que sea más demostrable que su ausencia no es más que un ataque de ego.

Al sonido del corcho saliendo de la botella, no hay forma de rebelarse. En el silencio de una despedida, no hay reproche que te consuele, en una huida sin huellas, no hay camino que seguir. Lo máximo que consigues es girar sobre ti mismo como en una puto juego mecánizo noria que olvidaron apagar. En el desamor siempre será mejor un muro intraspasable que un carrusel en medio de la nada, donde en cada vuelta que das para encontrar la razón de su marcha, vuelves a hallarte a ti mismo con la misma pregunta: «¿Por qué?». Y así, para siempre.

Había dejado aquí todas sus cosas. Su ropa, sus adornos, el color de las paredes, las macetas del balcón y a mí. No se olvidó de la cajita de música donde guardábamos unos cuantos pesos con todos nuestros planes. Es lo único que agarró antes de irse: el dinero. La cajita sigue en el mismo sitio de siempre, pero ya no suena desde entonces.

Tampoco vino al día siguiente. Ni al otro. Ni la otra semana. Ni al mes. Hace mil días que no regresa y a mí me parece que han transcurrido dos vidas: la que vivo y también la que se llevó con ella.

No ha vuelto ni tampoco ha dado una mísera señal de que sigue respirando. Ni una llamada, ni un mensaje, ni un recado con alguno de los muchos conocidos que tenemos en común. No hay nada de ella en internet. Si no fuera por las fotos y por las inoportunas preguntas de algún conocido al verme sin ella, pensaría que todo lo aluciné para ser feliz en algún momento de mi vida.

Mi única familia era ella. Me encontró por casualidad, ahogándome de nada. Luego me dejó a mí y se convirtió en nostalgia y en nada, aunque si aún vive será el todo de alguien, de eso no me cabe duda.

Me duele hablar de ella, me hiere recordarla, me mata hallar su nombre en otro rostro. No fue instinto sexual lo que me llevó a experimentar el dolor físico de aquel modo con Nadia. La realidad es que me dolía tanto el interior que tuve que castigarme por fuera para equilibrar la balanza. Ella sin saberlo dio el primer azote y yo necesité más que eso.

Quizás esté muerta. Quizás la atropelló un coche al salir de casa, descarriló el metro al no comprender su huida, se estrelló el avión por el peso de sus ilusiones. Quizás pensaba en volver, pero la muerte llegó antes. La realidad puede ser muy cruel. Aceptaría antes su muerte que el abandono y el abandono antes que la duda.

Es la incertidumbre la que vuelve loco al hombre. De eso, cada vez estoy más seguro. La incertidumbre unida a la esperanza, es la mayor tortura que existe para el ser humano, si ésta no cumple las expectativas creadas respecto a ellas.

Desde que ella se fue, yo soy todo incertidumbre, cada vez tengo menos esperanzas e imagino que también cada día que pasa, estoy un poco más loco.