En la anteúltima sesión antes de la cuarentena, Cristina, mi analista, me preguntó cómo me estaba yendo con la escritura. Le respondí que me estaba costando integrarla a mi vida, después de que el año pasado el edificio donde vivía tuviera un colapso eléctrico y nos quedáramos sin luz y sin agua durante meses. Después de dos semanas tratando de resistir, me engripé y me fui a vivir a lo de una amiga. No escribí más, solo presté atención a mi día a día: vivir con el diez por ciento de mi cosas y dormir en un colchón tirado en el piso.

Por Silvina Giaganti

Ciudad de México, 11 de abril (Vice).- Desde que estoy guardada con dos amigas en esta casa de Villa Crespo —un barrio arbolado, futbolero y bien conectado de Buenos Aires—, apenas respondí un cuestionario que me mandó una librería. Las preguntas eran sobre lecturas hechas en el último tiempo, sobre si estaba pudiendo escribir en este contexto y sobre si es posible pensar en el fin del capitalismo sin pensar en el fin del mundo. También me grabé leyendo dos poemas para que un bailarín o una bailarina elija uno, lo baile y lo suban a las redes de un ciclo que se llama Mover la lengua.

En enero me invitaron a leer y una chica y un chico fibrosos y delgados como un cable bailaron las palabras dentro de un rectángulo marcado con cinta violeta. Cuando se terminaron las lecturas las organizadoras despegaron las cintas, bajaron las luces e invitaron a todo el mundo a bailar pegajoso y sudado. Enero, todavía nos tocábamos, charlábamos a menos de veinte centímetros de distancia y nos abrazábamos al despedirnos.

Ojalá que quien baile el poema elija el segundo; me acuerdo del momento antes de escribirlo. Mayo de 2017, estaba de viaje y cerrando un duelo amoroso. Habíamos cortado en febrero después de tres años y medio de relación. Yo paraba en una habitación de una pareja gay en Bed-Stuy, Brooklyn, y todas las noches a las dos o tres de la madrugada bajaba a fumarme el único cigarrillo que fumaba por día. La noche siguiente a mi cumpleaños me senté en el escalón mirando la avenida de doble mano. El restaurante latino de la esquina ya había cerrado; uno de los empleados entraba y salía con bolsas de basura que colocaba en unos tachos gigantes de hierro negro. Hacía calor, la calle estaba mojada y los autos hacían un ruido agradable cuando pasaban, como un sonido relajante para conciliar el sueño. Yo estaba atenta a todo pero a la vez calma, sabiendo que el tiempo fabrica tranquilidad sin dejarse intervenir.

Enfrente del departamento, una fila de ambulancias rojas y blancas descansaban con las sirenas apagadas en el playón del estacionamiento de un hospital, una mole de cemento con las luces de los cuartos prendidas; esas luces me dieron esperanza. Mi contenido mental se parecía al humo que salía del tabaco; sin forma, disperso, huidizo y ascendente. Mientras fumaba y pensaba sin hacer foco, pasó un auto y el conductor tiró la colilla de un cigarrillo. Después la tiré yo y me paré despacio para evitar marearme, abrí la puerta, subí las escaleras grises esquivando las zapatillas que la gente dejaba afuera, entré a mi cuarto, prendí la computadora y escribí un poema sobre todo lo anterior. Me gusta pensar que todo lo que pasó en esos minutos que estuve sentada en el escalón se conecta con el final del ajuste emocional que ya llevaba cuatro meses. Tiré ese cigarrillo y con el cigarrillo, por fin, la relación.

Es de noche, siempre es de noche al final de los textos, dice Zambra en el primer relato de Mis documentos. Pensé en esta frase cuando tuve que decidir si escribir o no esta crónica, porque no sé hasta qué punto puedo permitirme, en este momento, salir de un texto y encontrarme con una noche cerrada dentro de mi casa. Escribir es llegar tarde a ese aspecto de la vida que se narra.

En la anteúltima sesión antes de la cuarentena, Cristina, mi analista, me preguntó cómo me estaba yendo con la escritura. Le respondí que me estaba costando integrarla a mi vida, después de que el año pasado el edificio donde vivía tuviera un colapso eléctrico y nos quedáramos sin luz y sin agua durante meses. Después de dos semanas tratando de resistir, me engripé y me fui a vivir a lo de una amiga. No escribí más, solo presté atención a mi día a día: vivir con el diez por ciento de mi cosas y dormir en un colchón tirado en el piso.

Me quedé hasta los primeros días de enero y me mudé a un ph en Colegiales que conseguí por una conocida. A los quince días de mudarme, la dueña me dijo que había cambiado de opinión y que como no habíamos aún firmado contrato tenía que irme. Le molestó que le preguntara si se podía retirar un sillón. Así que tres mudanzas en seis meses y dos mudanzas en un mes y medio. Como dicen los centennial: un montón.

El 27 de enero, dos días después de enterarme de que me había quedado sin casa, me hice una intervención programada. Un lunar irregular en la rodilla que iba a biopsia. En la sala de dermatología me esperaba Fran, mi amigo que estuvo durante todo el verano custodiando mis problemas habitacionales, llamándome todas las noches, atajando mi angustia y cocreando estrategias para el futuro. Me llevó una botella de agua y después fuimos a un bar medio francés con patio y muebles que no se parecían entre sí. Le Noir creo que se llamaba. Hablamos de dónde pensaba irme a vivir, le conté que el médico que me sacó el lunar me dio cero paz al preguntarme si yo era consciente de por qué me estaba haciendo una biopsia. Creo que me puse blanca como una sábana de hotel, porque a continuación reculó y me dijo, mostrándome el frasco en formol con mi pedacito de carne: “Igual, bueno o malo, ya te lo sacamos todo”. “¿Y si es malo?”, le pregunté. Habrá que sacar más, me dijo, haciendo con la mano el gesto de rebanar.

En el bar comí un sándwich y Fran un roll de canela. Hablamos de nuestra dispersión amorosa:

—Estuve tres semanas con una chica que vino de Portugal para hacer un trámite en el consulado. Dios, lo bien que me hizo todo eso, ella, sus formas, su cariño.
—¡Vamos! ¿Y la otra que me contaste que viste antes?
—Está resolviendo algo, creo que nos vamos a ver pronto, ni idea, pero todo bien. Y el otro día me vi con otra, fuimos al bar que me dijiste, genial los tragos.
—Ah bueno, estás destruyendo esa cama.
—Jajaja, no, para. Bueno un poco. Con una nos besamos bien y le dije que estaría bueno que nos volvamos a ver.
—Bien… Y tu ex, ¿novedades?
—Mi ex… Jaja, bueno me mandó mensajes mientras estuvo de vacaciones, fotitos de tapas de libros, videítos de cascadas, preguntó cuestiones operativas y obviamente después volvió y se hizo bien la boluda. De todos modos, Fran, estoy por quedarme sin casa y me supera mucho más que lo que diga o haga.
—Bueno, bien que priores…
—Sí, igual cogimos.
—¿Cómo que cogieron?
—Nada, me compró unos regalos cuando estuvo de viaje, me los trajo y en un momento pasó. Igual antes no se privó de decirme varias cosas desagradables y fuera de lugar…
—Claramente te están pasando cosas buenísimas con otras chicas, ese lugar ya está desgastado.
—Ese lugar no existe más, Fran, y acuerdo con lo de las cosas buenísimas.

Un duelo amoroso es un mar que se cruza con los recursos que hay. Arriba de un caballo, con un palo tanteando el fondo, arriba de una tabla, con un remo. En la playa, mi papá me decía: al final de este mar está África. ¿Donde hay animales? Sí, donde hay animales. Entonces, con una mano de visera para tapar el sol, me fijaba si llegaba a ver una jirafa, que por su altura era lo más posible de ver. Bueno, el final del duelo amoroso es África. No se ve, pero un día se llega.

Para llegar a África tuve que dejar de ser concesiva conmigo y con una relación que me cerraba la puerta en la cara. Llegué a pararme frente a una puerta del lado de afuera para ver cómo me hacía la metáfora que me había inventado. De todos modos, esta última separación no tuvo la dedicación que tuvo la anterior, con el viaje a Nueva York y los poemas escritos a la madrugada. Algunos amigos me dijeron: te veo entera. ¿Vos te acordás de tu vínculo anterior, lo que fue cerrarlo? Igual las relaciones no son como un 2×1 en productos, no hay un beneficio en que sean idénticas.

Este es un duelo ultimado en el caos de la reclusión y de todo lo que pasó antes. Las mudanzas, la intervención quirúrgica; la espera del resultado, que dio bien. Igual, faltaba más. Diez días antes de la cuarentena internaron a mi papá, de ochenta y un años, un paciente de los que se dice de riesgo. Había salido del consultorio de Virginia, la osteópata a la que fui de manera profiláctica en enero para que no se me fueran de las manos todas las cosas que me estaban pasando. “Vine para prevenir”, le dije mientras ella buscaba mi apellido y patología previa en su ordenador. “Me acomodaste la mandíbula que se me había salido de lugar en noviembre de 2016, ¿te acordás?”. “Sí, sí, claro que me acuerdo”. Bueno, volvía de lo de Virginia para hacerme un té y meterme en la cama y me llamó mi mamá, que mi papá estaba internado. Me habló desbordada y cero operativa, no supo decirme ni el piso ni el número de habitación. Fui a la clínica y lo encontré inquieto, había pasado dos noches en la guardia porque no había camas. Me vio y se puso mejor. Lo seguí visitando hasta que le dieron el alta. Cosas que me dijo cuando lo visité:

“Todavía estoy fuerte para seguir ayudando a mami en la casa”. “¿Cuántas veces por semana estás jugando al fútbol?, ¿dónde jugás?” “¿Llegás bien a fin de mes?” Me habló del equipo de Lanús del 56, al cual iba a ver todos los fines de semana, y a continuación recitó todo el equipo entero. Ratificó que Pelé era el mejor jugador que vio en su vida y que lo vio siete veces jugar en vivo.

Que Independiente fue el primer gran campeón de América y que no había con qué darle a eso por más que él fuera de Boca. Que le gusta Pusineri como técnico porque fue un jugador batallador, porque conoce el club, pero no sabe si alcanza para sacar al equipo adelante. Me contó con lujo de detalles cómo se rebanó un dedo arreglando el motor de un montacargas, pero se lo salvaron y ahora tiene movilidad perfecta. Que en Segba le gustaba hacer todos los trabajos riesgosos, subirse a usinas de treinta metros y trabajar en altura; y que vivió la época dorada de la empresa, cuando los trabajadores se unían para frenar injusticias. Que el mejor mes para irse de vacaciones es marzo, treinta y dos años yendo en marzo y jamás falló, me dijo. Un día antes de la cuarentena le dieron el alta, y eso me alivió un montón.

Estuve leyendo bastante todo este tiempo y puedo ver que algunas lecturas tuvieron que ver con fabricar el fin del duelo. Estoy pensando que tal vez no se puede hacer un duelo y algo más, entonces se integran como un recurso los libros que se leen, las series que se miran, los sueños que se tienen.

Releí Redes afectivas y revoluciones, de Brigitte Vasallo, un librito que razona los motivos por los cuales desmontar el sistema monógamo —que excluye y jerarquiza afectos— pero también advierte sobre algunos problemas que arrastra ejercitar un tipo de poligamia cuando es la mera sustitución numérica de la monogamia —una relación versus varias— sin la pregunta por lo que pasa con un vínculo cuando la pasión merma o caduca. Una de las preguntas fundamentales del lesbianismo: ¿qué hacemos con nuestras amantes después de que fueron nuestras amantes? Por momentos, cuando empiezo a salir con alguien, me genera más ansiedad qué va a pasar no con la relación en sí, sino con el momento en que se termine. Creo que me importa más la amistad que gestionar una relación de pareja.

En febrero estuve leyendo La ciudad solitaria: Aventuras en el arte de estar solo, de Olivia Laing, una escritora inglesa. Escribió un libro fabuloso que se llama El viaje a Echo Spring sobre escritores norteamericanos arruinados por la bebida. En La ciudad solitaria, Laing se pregunta qué significa estar solos, qué tipos de soledad existen. En este libro analiza no ya la vida de escritores sino de artistas plásticos —Warhol, Hopper, Wojnarowicz, entre otros— y, por ejemplo, se detiene bastante en la pandemia del sida y cuenta cómo el terror, la humillación y la falta total de compasión para con los contagiados tomó a los Estados Unidos de Reagan. A Wojnarowicz y a su novio, enfermos de sida, en el restaurante que fueron a comer les hicieron meter la plata para pagar en una bolsa y les indicaron revolearla hacia la caja.

Marqué varias partes, esta es una:

¿Es una coincidencia que los ordenadores hayan alcanzado su dominio en el momento exacto en que la vida en la tierra empieza a peligrar, amenazada por diversos cataclismos? Me pregunto si el impulso viene de ahí, si parte de la necesidad de escapar de los sentimientos, de sustituir la necesidad de contacto con la droga de la atención perpetua, viene de la angustia de que algún día podamos ser los últimos, la última especie de supervivientes en este planeta variopinto y lleno de flores que viaja a la deriva por el universo vacío. La pesadilla es vernos eternamente abandonados ¿no? Robinson Crusoe en su isla; el monstruo de Frankenstein cuando desaparece en el hielo; Solaris, Gravity, Alien; Will Smith en Soy leyenda, llorando mientras deambula por la ciudad de Nueva York, arrasada por un virus y desierta, suplicándole a un maniquí en una tienda de video abandonada: “Por favor, dime hola”.

*

Estamos entrando en la tercera semana de reclusión estricta. Me cuesta leer ficción, no sé si es que no alcanza para lo que estamos viviendo o es que solo puedo leerla con el mundo en movimiento. Estoy escribiendo con poco apego a la escritura, sin intentar que me salga bien. Sigo viviendo con un diez por ciento de las cosas que tengo, pero ahora duermo en un sommier de dos plazas. Me compré dos juegos de sabanas nuevos y un acolchado gris cemento. Vivimos en una casa grande con una terraza llena de plantas y con dos gatos, nos turnamos para salir a comprar y para cocinar; a veces comemos juntas y tomamos bastante cerveza. En la terraza me armé una rutina de entrenamiento, entre nueve y trece minutos de soga que en general son tres temas de Everything but the girl; los escucho mientras salto. Después, ejercicios de coordinación con escalera o cuadrilátero, salto a la valla y por último pesas. Las sirenas de las ambulancias se escuchan desde el comedor y desde el living, pero no desde el resto de la casa. Me asomo a la calle desde el balcón y está vacía. A la madrugada hay mucha gente, vivimos enfrente de una embotelladora de gaseosas que sigue activa. A veces me voy a dormir a la hora en que entran o salen de trabajar; los turnos son rotativos. Vivimos en una esquina módica de la ciudad; sin embargo, todos los días me asomo a mirarla. Como un hospital, esta esquina encierra alguna clase de esperanza.

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