Esto es México. Esto también somos los mexicanos. Foto: Pixabay.

No se sabe con certeza cuántos restos han sido recuperados del Río de los Remedios durante los dragados del 2014; ni cuántos de aquéllos tienen características similares, ni a cuántos de ellos se les realizaron pruebas genéticas. No se sabe si se siguen realizando dragados, sin embargo, el canal y sus ramales siguen escupiendo restos embolsados y descuartizados.

En 2017 las piernas de una mujer asomaban desde un ramal del canal. Y junto a las vías del tren también siguen abandonando pies, manos. Apenas el 12 de marzo de 2018 vecinos de la calle Playa Hermosa (una calle repleta de basura junto a las vías del tren, no muy lejos de donde fueron hallados los restos de Luz del Carmen —de apenas 13 años) encontraron un pie izquierdo y dos manos de mujer, limpiamente cercenadas, adentro de bolsas de basura negras.

El anterior es un fragmento del libro “La fosa de agua” de Lydiette Carrión publicado bajo el sello Debate, en él se detallan los casos de al menos diez niñas y adolescentes desaparecidas en Ecatepec, Chiconautla, Ojo de Agua; en torno al Río de los Remedios y el Gran Canal, hay un infierno de proporciones dantescas.

Con cada página me fui hundiendo en el sillón, sintiendo frío, náuseas, humedad en el alma. Unas ganas de llorar que todavía no se van.

Aquí, a menos de una hora de la Ciudad de México, un día sí y otro también desaparecen niñas y adolescentes por las que sus madres vagan desesperadas y claman durante años a una justicia burlona que afirma que se fueron con el novio.

Los casos que narra Lydiette en La fosa de agua me han dejado sin adjetivos. La madre de Diana, una de las niñas desaparecidas, cruza infiernos desgarradores para rescatar el torso de su hija; sí, el torso, en una bolsa negra.

Es lo que le ha quedado de la sangre de su sangre, de la carne de su carne, de ese amor que no conoce límites.

Una banda de secuestradores, necrófilos y descuartizadores, ronda por esa zona del Estado de México y comete las atrocidades más aberrantes. Los cuerpos de las niñas aparecen en pedazos, las vaginas quemadas porque les pasan un trapo con ácido luego de violarlas para llevarse los restos de ADN que pudieran inculparlos.

Es una brutalidad de dimensiones dracúleas, apenas comparable con el bosque de los empalados que cuenta la historia concibió el emperador rumano Vlad Tepes hace más de quinientos años.

En el Río de los Remedios y en el Gran Canal lo mismo se puede encontrar un tórax vacío de órganos en una bolsa de plástico, que un par de piernas, brazos, manos… mujeres convertidas en una pedacería inimaginable.

¿Cómo es que somos vecinos del espanto y no hacemos nada? ¿Es que vivimos todos en la demencia? No hay gobierno ni ciudadanía que merezcan llamarse tales cuando todos somos cómplices por apatía de semejante monstruosidad.

Es extraño aceptar que los seres humanos somos todo lo que somos. Miro un abismo negro delante de mí cuando intento imaginar lo que sentirán las madres que siguen buscando a esas criaturas desaparecidas. El dolor que a más de una debió dejar en la inconsciencia mientras daba sepultura a un pedazo cercenado de la que fue su niña.

Esto es México. Esto también somos los mexicanos.

La Madre Coraje de Bertolt Brecht pelea con su vida para que la guerra no se lleve a sus tres hijos y al final los pierde a todos, las madres siempre ponen a la carne de cañón de la violencia de cada época. Y las fauces devoradoras tienen preferencia por la carne de los pobres, de la pobreza maman los horrores de todas las sociedades, también los de México. Y quienes arañamos las otras clases sociales, permanecemos indiferentes porque la tragedia no nos toca. Todavía.

Aquí un fragmento de Brecht que me estremece:
¡Duerme mi niña!
Llora la ajena,
y goza mi cría.
Ellos, en andrajos;
los míos en sedas.

Hoy es diez de mayo, mientras incontables madres reciben flores, regalos y comen en restaurantes amenizados por tríos musicales, hay otras que vagan al borde de la locura buscando recuperar siquiera un pedazo de los cuerpos de sus hijas.

Al menos tengamos la decencia de no ignorarlo.

@AlmaDeliaMC