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Tomás Calvillo Unna

11/05/2022 - 12:05 am

La misericordia y el cielo de cabeza

“Sus vocablos/ son la arena del desierto/ y el susurro de sus consonantes/ la sombra creciente del acantilado/ a orillas del mar”.

La herencia de la espada. Pintura: Tomás Calvillo Unna

Es probable,

tal vez sea el fundamento,

aquello que sostiene,

sin lo cual la existencia desaparecería.

Su perfección es la naturaleza

de su sabiduría.

 

Está más allá

de cualquier apropiación,

es el antes del inicio,

y la posteridad de la desaparición.

Esta ahí, siempre, expresándose

sin juicio alguno.

 

Cuando se encuentra,

su orientación impide

los naufragios más dolorosos,

los que atañen a cada uno

en la disputa del inconsciente

y sus saldos.

 

No hay duda alguna

su contundencia es tal

que el azoro y el destino

se reconocen en su espejo.

Asombra, conmueve,

con tal intensidad

que todas las preguntas anidan

y se resuelven en su aparición.

 

Lo demás, lo que resta,

son las prédicas de la confusión;

los comediantes

en su ignorancia disfrazados,

de ciudad en ciudad,

propagando la continua dispersión

 

El tiempo se ha desbocado,

una manera de advertir

que la atención debe redoblarse,

al pausar nuestra respiración.

 

Es el cronómetro biológico

que permite aproximarnos

a ese exótico embalaje

entre el azar y el hado

en la inmensidad empequeñecida

de nuestro día a día

y noche a noche:

el escenario de las luces y la oscuridad

de leyes cósmicas que nos cuestionan.

 

Lejana y propia, transversal,

emerge, y reafirma la dicha.

 

Sin tocar la puerta,

se cuela por las rendijas

que nos asisten.

 

Su poder

es la permanente restauración

del origen,

su innato mensaje,

la razón de la memoria,

su abstracto devenir;

la revelación

que enmudece el juego de especulaciones

que nos alienan.

 

Disuelve la irrupción de la soberbia,

su inútil brote,

su carga de dolor esparcida por doquier

en los miles de rostros del dominio.

 

Al compartir sus segundos

se recupera la dignidad

de cada historia.

 

Es el mayor descubrimiento, inagotable:

la tierra es el cielo

en todos los idiomas y caminos.

 

Nuestro descuido

ha sido costoso,

edificamos un laberinto

al ser incapaces

de reconocer nuestra condición;

la ciencia y su oferta tecnológica

no escapan a ello, en mucho

lo ahondan.

 

De donde proviene su palabra

cargada de olvido;

distante, ajena

y de pronto única,

llena de gracia.

 

Sus vocablos

son la arena del desierto

y el susurro de sus consonantes

la sombra creciente del acantilado

a orillas del mar.

 

Las raíces del sauce están en la luna;

los naranjos llevan las huellas del sol

sus llamas en las cáscaras

que se desprenden

y en los gajos

de la interminable tarea

de la luz.

 

Esta fina y honda manera de decir

sin apropiarse ni un milímetro de nada,

solo compartir la verdad

que no necesita enseñarse:

el respeto a sí mismo,

su restauración al confirmar

de qué se trata todo esto.

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