No funcionó el cuento del fraude electoral que el propio mandatario [AMLO] esgrimió durante la campaña, ni ocurrieron las marranadas atribuidas a todas las elecciones anteriores en las que él no ganó. Foto: Dassaev Téllez, Cuartoscuro.

Resulta divertido ponerse a observar las reacciones de los distintos actores políticos de nuestro país ante los resultados de las elecciones del domingo pasado. A juzgar por sus declaraciones, pareciera que todos ganaron. Desde el Presidente de la República que dijo estar “feliz, feliz” con lo obtenido por Morena hasta los que se ponen medallas ajenas y presumen un resurgimiento milagroso; los que festinan sus triunfos como si fuera el fin de una era y los que acusan compra de votos y triquiñuelas mil. O los que buscan pretextos y explicaciones tan absurdas como atribuir a una “campaña de desprestigio” la debacle de su partido en Ciudad de México.

Y la verdad, aquí entre nos, es que todos tienen motivos para sentirse satisfechos con el inesperado resultado de la elección-referendo. No es poca cosa en efecto ganar 11 gubernaturas de las 15 que estaban en juego. Tampoco lo es el lograr que el Presidente se vea maniatado para hacer y deshacer a su gusto en el Congreso… incluidas tentaciones como la reelección o la “extensión” del mandato. Ni que de un plumazo le hayan arrebatado su ciudad histórica a la llamada “izquierda” con el espectacular triunfo opositor en nueve de las 16 alcaldías capitalinas, las más importantes.

Al mirar el panorama después de la batalla, mi primera conclusión, un tanto romántica, es que efectivamente es el nuestro un pueblo sabio. Con una participación del 52 por ciento considerablemente más copiosa que la media en elecciones intermedias, decidió poner a cada quien en su lugar. Y repartió para todos.

Ciertamente, le quitó la mayoría absoluta a Morena y sus socios en la Cámara de Diputados, pero a la vez optó por los candidatos de esos partidos en la mayoría de las entidades donde estaban en juego los gobiernos y los congresos locales. Le dio tremendo coscorrón a los morenistas capitalinos al entregarle a sus enemigos alcaldías tan importantes como Cuauhtémoc,  Miguel Hidalgo y Tlalpan, aunque les mantuvo a salvo sus principales bastiones, como Iztapalapa y Gustavo A. Madero.

Al margen de la verborrea festiva de unos y otros, sin embargo, lo que me queda como cierto y tangible es la que de calle ganó fue nuestra todavía endeble y vituperada democracia, que sin duda quedó no solamente a salvo de los peligros que le asechaban, sino que a mi entender salió fortalecida. Y en ese mismo sentido, el gran actor de la contienda fue el Instituto Nacional Electoral (INE), no solamente por la eficacia y transparencia con la que realizó su encomienda, sino que conjuró las descalificaciones y amenazas proferidas en los meses previos a la jornada electoral por los principales actores de la autollamada 4T, empezando por supuesto por el mismísimo Andrés Manuel. El “aniquilamiento” del INE será ahora imposible. Bueno, casi.

No funcionó el cuento del fraude electoral que el propio mandatario esgrimió durante la campaña, ni ocurrieron las marranadas atribuidas a todas las elecciones anteriores en las que él no ganó. El INE instaló el 99.98 por ciento de las 162 mil  casillas previstas en todo el país, en las que un millón y medio de ciudadanos recibieron y contaron los votos. Funcionaron los conteos rápidos y el Programa de Resultados Preliminares (PREP), que permitieron tener a muy buena hora, los primeros una aproximación muy certera de los resultados y el segundo la confirmación en tiempo real de la suma de los votos en cada distrito electoral federal, en cada estado, en cada alcaldía.

Al disiparse poco a poco la parafernalia poselectoral, lo que a mi parecer ocurrió en la elección más grande de la historia fue algo muy claro y sencillo: polarizada como está la sociedad mexicana por obra y gracia de nuestro Mesías, la confrontación se reflejó en los resultados; unos sufragaron en apoyo del Presidente y otros emitieron un voto de repudio en su contra. Así de simple.

En la Cámara, eso significó que Morena perdiera 40 diputados y la mayoría calificada. En los estados con elección estatal, sobre sus cuentas alegres de ganar 14 de las 15 gubernaturas, Morena ganó acaso 11, que por supuesto no son pocas, aunque más de una podrían caérsele. Y en Ciudad de México la reacción contraria al mandatario hizo que perdiera su mayor bastión en el país. Como que no da para estar tan “feliz, feliz” que digamos.

Los números son harto elocuentes. Morena obtuvo 16.1 millones de votos en todo el país (3.5 millones menos que en 2018). Los tres partidos integrantes de la alianza opositora, PAN, PRI y PRD, sumaron 18.8 millones de votos.

El partido del Presidente tendrá 197 diputados federales; la oposición, 198. Este virtual empate se rompe con las curules que tendrán los partidos aliados a Morena, el Verde Ecologista y el PT. Con ello, la fuerza legislativa del mandatario se eleva a 279. Por su parte, Movimiento Ciudadano, independiente, queda como una tercera fuerza legislativa, con 23 diputados. Y tendrá un papel crucial.

En suma: Morena crece territorialmente y se achica políticamente. La oposición formal representada por la alianza Va por México capitaliza el rechazo al Presidente y aparentemente tiene un avance electoral que pudiera ser bien engañoso. La autocrítica no más no aparece por ningún lado. El INE se salva y con él la democracia. Y todos –yo incluido– felices. Válgame.

DE LA LIBRE-TA

CAMPAÑA. Atribuye la Jefa de Gobierno Claudia Sheinbaum Pardo la debacle de su partido en la capital a una “campaña de desprestigio” contra su administración. Tiene razón. Lo que no dijo es que ella misma la mandó a hacer, con sus errores, sus omisiones y su abyección ante el Señor.