La pandemia continuará un buen rato entre nosotros. Quizá mucho más de lo que podamos seguir conteniendo la salida multitudinaria.  Foto: Galo Cañas, Cuartoscuro.

Recuerdo que en la primera quincena de marzo fui a una cena organizada por un amigo escritor. Estábamos de festejo pues era su cumpleaños. Seríamos una veintena de personas, aún no se declaraba la pandemia pero ya era imposible no hablar de ella. Incluso hacíamos el ejercicio. Cada tanto nuestro anfitrión nos pedía cambiar de tema. Cada tanto lo intentábamos y volvíamos de nuevo. A partir de esa fecha, creo que no he dejado de hablar de ello con las personas con las que me comunico.

Confieso que yo formo parte del grupo que ahora cuestiono. A fuerza de poder tomar una postura clara cuando se decretó el confinamiento, me resultó sencillo juzgar a quienes no lo hacían. Eso ha pasado una y otra vez a lo largo de estos cuatro meses. ¿Por qué no todos se confinan? ¿Por qué, pudiendo, no se quedan en casa? ¿Por qué mis vecinos no usan cubrebocas? ¿Por qué los doctores de al lado siguen teniendo a una persona de entrada por salida que les ayuda? ¿Por qué alguien puede comprar tantas cosas entregadas por paquetería? ¿Por qué no se conserva la sana distancia? ¿Por qué hay quien prefiere no creer en esto? ¿Por qué hay quien propone fiestas de contagio? ¿Por qué esa familia se fue de vacaciones en avión? ¿Por qué hay quien va a restaurantes a puerta cerrada? ¿Por qué la gente se precipitó a las tiendas departamentales una vez que abrieron?

Las preguntas pueden continuar por decenas. Me da la impresión de que, más que un cuestionamiento desde nuestra atalaya respecto al comportamiento del otro, son una crítica abierta porque somos incapaces de entender y abarcar todos los matices de la complejidad humana.

Si en marzo muchos pensamos que éste sería un asunto de algunas semanas, hoy nos queda claro que los meses seguirán acumulándose. Y, frente a eso, la idea de un confinamiento indefinido termina resquebrajándose. De entrada, porque es económicamente insostenible. También, porque comienzan a sentirse los estragos de la salud mental amenazada. Incluso, porque lo que asumíamos aceptable respecto a ciertos sacrificios, termina convertido en deterioro.

No digo, ahora, que terminemos con el esfuerzo de estos meses. Mucho menos, que lo hagan quienes están en condiciones de seguir resguardados. Más aún, la idea es que, nuestro regreso al comportamiento social se vea tamizado por las medidas de prevención probadas: distancia, cubrebocas, higiene y demás.

Lo que sostengo, ahora, es que es tiempo de entender al otro. Más que nunca. Ya no es sólo la experiencia la que nos vuelve empáticos, mucho menos la observación desde la atalaya. Entendamos al otro porque son distintas sus motivaciones y necesidades. Pienso en el padre de familia que hoy sacó a sus niños a la cancha de básquet a dos cuadras de su casa; a los hijos que fueron a visitar a sus padres enfermos; a quien, en efecto, se formó para comprarse algo de ropa; a quien va al tianguis porque no puede comprar en línea. Sí, es cierto, también hay muchas personas irresponsables, a quienes poco importa la salud colectiva, o descreídos que piensan en teorías de la conspiración. En realidad, también es nuestro deber entenderlos. Al menos un poco.

La pandemia continuará un buen rato entre nosotros. Quizá mucho más de lo que podamos seguir conteniendo la salida multitudinaria. Y eso lastra nuestra salud física y nuestra estabilidad emocional más allá de la amenaza concreta. De ahí que todas las válvulas de escape sean, si no justificables, al menos comprensibles. Ese deporte infausto que consiste en atacar al otro sólo porque piensa y actúa diferente a nosotros se ha vuelto hoy, más que nunca, un ejercicio estéril que busca apuntalar falsas superioridades. Nunca como ahora debemos cuidarnos, tener precauciones, procurar la salud. Tanto la nuestra como la de los otros. Entenderlos, intentarlo al menos, es un paso fundamental para conseguirlo.