El Presidente electo, Andrés Manuel López Obrador; y el Presidente de EU, Donald Trump. Fotos: AP

Donald Trump desde que era candidato a la Presidencia de Estados Unidos, y ahora como mandatario, se ha encargado de denostar a México y sus connacionales como parte de un discurso para ganar adeptos al interior de su país y, seguramente, por convicciones propias. Los mexicanos sólo habíamos conocido de este tipo de ofensas a través la historia. En parte por ello, la memoria social del mexicano nunca ha superado por completo el rechazo a EU. De esta forma, Trump revivió los resquemores de la sociedad mexicana respecto a lo estadunidense, mismos que no se han visto reflejados en las respuesta o conductas de los gobiernos mexicanos a Washington.

Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador, ya sea por estrategia o bien por una posición de vulnerabilidad respecto a EU, no han sido lo suficientemente contundentes, vehementes y frontales frente a la Casa Blanca, y tal vez hayan hecho lo correcto; pero lo que aquí remarco, es precisamente esa especie de vacío que ha sentido el mexicano respecto a sus líderes en la tarea de defender al país de las ofensas trumpistas.

Hace más o menos un siglo acontecía una situación similar entre ambos países. En 1913, el Gobierno formalmente establecido, aunque no legítimamente, de Victoriano Huerta había sido reconocido por todas las potencias. El país vivía una situación más frágil que la actual, con enfrentamientos armados en varios lados del territorio, finanzas deterioradas, etc.; lo que hacía más necesaria una relación cordial con EU, es decir, ser reconocido por aquel país. Con ello, México podría obtener financiamiento extranjero y demás elementos materiales, fundamentales para su subsistencia.

En este contexto, el Presidente Woodrow Wilson comunicó a su contraparte mexicana que no reconocería a un Gobierno emanado de la fuerza y exigió se llamará de inmediato a elecciones y que Huerta no figurará como aspirante, entrometiéndose en los asuntos internos del país. El Gobierno mexicano rechazó la presión, con todo y su posición desventajosa, pidió se le reconociera y se nombraran embajadores por parte de ambos países. El enviado de Wilson, John Lind, mantuvo la posición de EU y ofreció que, si el Gobierno mexicano aceptaba sus condiciones, recomendaría a los banqueros de su país otorgar un préstamo financiero para aliviar la situación interna. Entonces, el secretario de Relaciones Exteriores de ese momento, el también literato Federico Gamboa, respondió con tal vez la nota más dura que la diplomacia mexicana ha enviado a Washington. A continuación, unos pasajes de la carta referida, que este 26 de agosto cumple 106 años de haber sido entregada a Lind.

Si las proposiciones originales de usted eran ya inadmisibles, en la forma más restringida en que ahora se reproducen y agravan, son más inadmisibles todavía; y llama la atención que se insista en ellas, si se atiende a que las primeras ya habían sido rechazadas. Precisamente porque comprendemos el inmenso valor que tiene el principio de soberanía que con tanta oportunidad invoca el Gobierno de los Estados Unidos para reconocernos o no, nos hizo creer que nunca se atrevería a proponernos en que nosotros vulneráramos la nuestra, admitiendo que un Gobierno extranjero modifique la línea de conducta que hayamos de seguir en nuestra vida pública e independiente. Si en principio, si quiera fuéramos a admitir consejos y advertencias (llamémoslos así) de los Estados Unidos de América, no sólo vulneraríamos, como digo arriba, nuestra soberanía, sino que comprometeríamos para un porvenir indefinido nuestros destinos de entidad soberana, y todas las futuras elecciones del Presidente quedarían sometidas al veto de cualquier Presidente de los Estados Unidos de América. Y enormidad tamaña, señor agente confidencial, yo le aseguro a usted que, a menos de no registrarse un cataclismo monstruoso y casi imposible en la conciencia mexicana, ningún gobierno se atreverá nunca a perpetrarlo.

Téngase entendido que el presidente interino constitucional no podrá ser electo Presidente ni vicepresidente de la República en las próximas elecciones, ya convocadas para el 26 de octubre, porque se lo vedan nuestras propias leyes, que son los únicos árbitros de nuestros destinos; pero nunca por imposición, aun amistosa y desinteresada, del Presidente de los Estados Unidos de América, o de cualquier otro jefe de estado, poderoso o débil (esto no hace el caso) que sería igualmente respetable para nosotros. […]

Permítame usted, señor agente confidencial, que a la significativa oferta que el Gobierno de los Estados Unidos de América se sirve insinuarnos de que recomendará cerca de los banqueros americanos y sus asociados la contratación de un empréstito inmediato que nos permita hacer frente, entre otras atenciones, a los innúmeros gastos urgentísimos que demanda la progresiva pacificación del país, no le dé respuesta por ahora; pues en los términos en que se halla concebida, parece más bien una halagüeña propuesta previa, al efecto de que movidos por un interés mezquino renunciemos a sostener el derecho que incontrovertiblemente nos asiste. Cuando la dignidad nacional va de por medio, entiendo yo que no hay empréstitos suficientes para que, con pleno conocimiento de ello, los encargados por la ley de mantenerla incólume la menoscaben. […].

Esta nota casi temeraria, pero defensora de la dignidad y soberanía nacional, causó toda clase de reconocimiento y simpatía en México y el extranjero, pero también fue el primer paso del Gobierno huertista en el enfrentamiento con EU, el cual culminó con la ocupación del puerto de Veracruz en abril de 1914 y la presión victoriosa de Washington para que Huerta dejara el poder.

Seguramente una respuesta a Trump en ese tono y profundidad causaría resultados igualmente desfavorables para el país, pero impregnaría de orgullo y ánimo nacional a la sociedad mexicana. También, inevitablemente el Gobierno sería respaldado por la inmensa mayoría del país. Este texto no es precisamente una recomendación diplomática, pero sí un recordatorio de dos cuestiones: primero, que hubo un Gobierno históricamente cuestionado que rechazó con entereza la intervención de EU y pagó su actitud con la extinción; segundo, que la política exterior también es política interna. Ojalá la 4T consiga la tan mencionada diversificación comercial y, por ende, autonomía política respecto a EU, para así, evitar que las actitudes a seguir frente a la Casa Blanca no sean una encrucijada entre la dependencia exterior y la dignidad nacional.

 

  1.  “Nuestras relaciones con los Estados Unidos de América”, Poder Ejecutivo, Secretaría de Relaciones Exteriores, Diario Oficial Estados Unidos Mexicanos, miércoles 27 de agosto de 1913.