Foto: David Ordaz Bulos

En el día a día hay muchas cosas que parecen no tener sentido, pero que sin embargo hacemos, porque inyectan de sentido a la existencia. Por ejemplo, caminar un día entero por los alrededores del centro de la Ciudad de México (algo así como 7 horas y 24 kilómetros), para dibujar un mapa mental de lo que fue la Isla de Tenochtitlán y sentir de otra forma a la ciudad bestia, en la que cada metro cuadrado tiene vocación de campo de batalla, que exige defenderse del otro para no ser aplastado.

Aunque el perímetro de la antigua isla quedó sepultado por la explosión del concreto, aún es posible seguirlo, como lo hizo en los primeros meses de este año Feike de Jong, el periodista holandés que radica en México, y que en 2009 caminó durante 52 días por la periferia de la mega-urbe con el Proyecto Límites. Este 2019 organizó 23 recorridos por lo que era el perímetro de la isla, el cuál ha descubierto traspolando mapas e imágenes de la obra del artista mexicano Tomás Filsinger, que muestran cómo era el paisaje hace cinco siglos. Este texto es un recuento del recorrido número 14, ocurrido un domingo del mes de enero.

El punto de encuentro como en todos los demás recorridos es el metro Cuauhtémoc. Somos un grupo de desconocidos que cruzamos la Colonia Juárez por la calle de Bucareli hasta llegar al Templo de San Hipólito, sitio de peregrinaje católico en el centro de la ciudad donde cada día 28 de mes, las hordas de fé celebran a San Judas Tadeo el patrono de las causas difíciles. En una de las esquinas de la fachada está esculpida una escena de “La leyenda del labrador” donde –según el mito, que es más bien un abismo ante los hechos– Moctezuma, el emperador del Antiguo Orden, recibió a través de un sueño el aviso de la caída del imperio.

Foto: David Ordaz Bulos

La ruta ha iniciado por el poniente del lago, por la Calzada México Tacuba, donde aún está el árbol de “La noche triste” en la que el ejército de Hernán Cortés fue derrotado. Atravesamos la colonia Guerrero y llegamos hasta la calle de Juan Aldama que está llena de bodegas y graffitis. Es el punto donde desde hace décadas, los sábados es instalado el Tianguis Cultural del Chopo, que funcionó como epicentro de la contracultura mexicana hasta que fue diluida por el consumo cultural. A la fecha, aún es posible encontrar cinturones de estoperoles, intercambiar cassettes, discos compactos y hasta comprar un walkman.

Se dice que el agua de este lado del lago era salada a diferencia del agua en el lado sur, mucho más accesible para el consumo humano. La ruta rodea al Centro Comercial Buenavista, una de las catedrales del hiperconsumo heridas por el terremoto de 2017, que dejó cuarteado a un hotel recién inaugurado en la parte alta del edificio. De ahí seguimos a la vieja zona industrial de Atlampa a través de un laberinto de puentes peatonales que desembocan al norte de la avenida Insurgentes, desde donde agarramos camino hacia la Calzada de los Misterios que llegaba hasta el Cerro del Tepeyac.

Foto: David Ordaz Bulos

Los recorridos han sido convocados vía Facebook por el Colectivo Pequeña Vigilia, que hace alusión a la palabra Tozoztontli, la tercera veintena del calendario mexica Xiuhpohualli. En el último recorrido habrá pintas en las banquetas para señalar los límites del lago, además de actos de música y performance. En el avance conversamos sobre cómo gran parte de la isla fue un sistema de chinampas, con calles y canales que todos los días cambiaban.

Más allá de Tlatelolco, el caminar es ya un trance bajo el sol de invierno, y la quietud del domingo en calles anchas que parecen los escenarios de un sueño. Aquí vemos el Templo Espiritualista de los Trinitarios Marianos, seguidores del mesías mexicano: Roque Rojas, quién en 1886 se convirtió en disidente de la Iglesia Católica y creó un culto popular basado en la oración para las curaciones milagrosas.

Foto: David Ordaz Bulos

Estamos en la Colonia Santa María la Redonda que tiene la vibra más pesada del recorrido. Hay edificios enteros convertidos en escaparates de autopartes y grupos de hombres bebiendo en las esquinas. Luego, antes de cruzar hacia Tepito, nos detenemos en una esquina desde la que posiblemente  ––dice Feike––, se veía el reino de Nezahualcóyotl. Ahora es un crucero más del paisaje urbano desbordado por todo tipo de contaminación. O como dice mi amigo Patricio Adrián, en su crónica: Por los lindes de la antigua Tenochtitlán, es la vorágine cotidiana y barrial de la actual Ciudad de México.

Aceptar la cruda desigualdad que ha regido este país desde el principio no es un problema nuevo. Mientras pasamos a un lado de un hombre tirado y desnudo entre excremento y moscas, nos enteramos que cerca de ahí está la vecindad de “Bella Vista”, donde en los años cincuenta el antropólogo Oscar Lewis entrevistó a sus habitantes y escribió: Los Hijos de Sánchez. Una obra en la que afirmaba cómo “la cultura de la pobreza en México es una cultura providencial, donde sus miembros sólo están parcialmente integrados en las instituciones del Estado y son gente marginal aun cuando vivan en el corazón de la ciudad”. De ahí que las “buenas conciencias” de aquel tiempo de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, denunciaron sin éxito al autor y a la obra ante el Ministerio Público por considerarla “obscena y denigrante para nuestro país”.

Foto: David Ordaz Bulos

En el avance por la Avenida Congreso de la Unión, hacia el oriente se ve el Palacio Negro de Lecumberri, que funcionó como penitenciaría entre 1900 a 1976 y ahora es el Archivo General de la Nación. En su libro “Hablo de la Ciudad. Los principios del Siglo XX desde la Ciudad de México”, el historiador Mauricio Tenorio explica cómo esta prisión, al igual que el manicomio de La Castañeda, fueron parte de la arquitectura porfirista comandada por los higienistas mexicanos que anhelaban una “ciudad ideal” libre de pobres, locos y campesinos.

Foto: David Ordaz Bulos

El mismo Tenorio explica cómo esa ciudad ideal y cosmopolita se convirtió en la Atlántida Morena, un anhelo intelectual y emocional de toda una época entre 1870 y 1940, de la que quizás Antonin Artaud fue el máximo exponente al ver venir, el avasallamiento del mundo moderno. Se trataba de una búsqueda de lo auténtico y lo comunitario frente a la naciente sociedad de masas, “una obsesión racial hacia lo indígena y no así, hacia lo mestizo pobre”. Eran tiempos post-revolucionarios en los que ante los ojos del mundo emergía el imaginario de la identidad nacional mexicana entre dos posibilidades: nativos auténticos o hijos de Sánchez. ¿Son este recorrido y este texto una reverberación de la búsqueda de la Atlántida Morena?

Hemos llegado a las ruinas de un viejo embarcadero en las que se ve que habitan personas en situación de calle. Feike comenta que es posible que por este lado escaparan muchos habitantes de Tenochtitlán mientras corría la sangre de la ocupación española y tlaxcalteca. Ahí mismo nos detenemos a contemplar un tronco con un agujero en el centro, de esos que usan en las taquerías para cortar carne. Su obsolescencia tiene un toque poético pero también estadístico: ¿cuántas veces tuvo que pegar el cuchillo sobre él para hacer el agujero?

Foto: David Ordaz Bulos

Antes de conectar con la Calzada de Tlalpan en el lado sur del perímetro del lago, nos detenemos para comer unas grasosas garnachas. De ahí, después de mucho rato volvemos en diagonal hacia el poniente, al cruzar varios territorios que nos llevan hasta Chimalpopoca en la Colonia Obrera, justo frente a los terrenos ahora despoblados, de los edificios donde murieron las trabajadoras del sismo del 2017, en un deja vú maldito del sismo 1985 en el que también murieron trabajadoras.

Volvemos al metro Cuauhtémoc de la Avenida Chapultepec, cuando el sol ya se ha puesto en un cielo de tonos púrpuras y anaranjados que contrasta con las luces de los autos. Nuestros cuerpos respiran al ritmo de la masa urbana, hemos ganado otra percepción de la ciudad y hemos logrado salir del mood de la ciudadanía ciscada, tan característica de la vida en este lugar.

@David_Orb