En El Paso fueron asesinadas más de 20 personas. Foto: AP

¡Vaya semana para discutir La jaula de orO! Pensábamos que la proyección de la película de Diego Quemada-Díez sumaría algunos elementos más a la reflexión sobre el tema de la migración que ha sido uno de los ejes de las clases del verano. Pensábamos que la historia de los tres adolescentes guatemaltecos que buscan llegar a Estados Unidos y que, a pesar de todos los horrores –la violencia de nuestra frontera sur, los traficantes, las violaciones, las dificultades para atravesar México, la deshumanización, la explotación y discriminación que encuentran en Estados Unidos y muchos etcéteras-, no es sólo una denuncia, sino un conmovedor film sobre la amistad, sería un modo de ampliar el debate.

Pero en la vida de todos nosotros se cruzó El Paso. Se cruzó Patrick Crusius y su antimexicanismo asesino -“Mi objetivo era matar tantos mexicanos como fuera posible”-. Se cruzó el tiroteo de Ohio, se cruzaron las brutales redadas en Mississippi, se cruzaron las declaraciones racistas y xenófobas de Trump, se cruzaron el enojo, la indignación y el miedo en todos nosotros. Se cruzó el dolor y la sensación de túnel sin fin.

“La jaula de oro” fue rebasada por una realidad cada vez más oscura.

Aquí, en la Escuela de Español (1) hay chicas y chicos migrantes, o hijas e hijos de migrantes: guatemaltecos, peruanos, mexicanos, salvadoreños, dominicanos. Latinos que estudian junto a jóvenes estadounidenses de todos los colores y orígenes: blancos (que, por cierto, también descienden de migrantes), afroamericanos, indígenas. A todos ellos los une una pasión: el español. Muchos son profesores y les transmiten el amor a nuestra lengua a chicos y a adolescentes a lo largo y ancho de la Unión Americana. Otros trabajan en asociaciones humanitarias, en organismos internacionales, en ONG’s de apoyo a minorías. Hay abogados y médicos que vienen porque quieren poder comunicarse mejor con los hispanos a quienes dedican su trabajo marcado por la solidaridad y el compromiso.

Cada vez que alguien dice “los gringos” con enojo, con resentimiento, con bronca –a veces soy yo misma la que lo digo-, pienso en “Jota”, alto y rubio con su hijito latinoamericano adoptado al que extraña hasta las lágrimas, pienso en Kathie y Jarrod con maravillosos ojos azules y la sonrisa con la que hablan de sus alumnos de un suburbio pobre de Los Ángeles, pienso en Charles que defiende indocumentados en El Paso, en Jenny que estudió enfermería para atender a las mujeres migrantes, uno de los sectores más desprotegidos … en fin, son decenas y decenas. En estas semanas han escrito, han hablado y han leído sobre temas difíciles y dolorosos. Han sido solidarios y sensibles, profundos y críticos. Han estado presentes La Bestia y Las Patronas, los niños separados de sus padres y las Maras, los feminicidios y el tráfico de drogas, historias de violencia y de xenofobia. Creo que han aprendido mucho, pero sobre todo me han enseñado muchísimo. Ellos están igual de sacudidos y furiosos que nosotros con lo que está sucediendo. O quizás más. Y avergonzados. A veces generalizamos y estigmatizamos sin pensar demasiado; también yo lo he hecho –mea culpa-, y eso que lucho desde siempre contra estas visiones esquemáticas del mundo, contra las etiquetas (¡me han puesto tantas a lo largo de la vida!) y los prejuicios.

¡Vaya semana para discutir “La jaula de oro”! La realidad nos rebasó. Y fuimos Sara y Juan y Chauk con su tzotzil dulce, los protagonistas de la película, pero fuimos también Claudia y su miedo en el Walmart de El Paso, y Lorena sosteniendo una vela esa misma noche, y Pedro llorando a su mujer y a su bebé, y la niña que se quedó sola después de las redadas. Y el joven de Saltillo Donaldo Saucedo cuyo poema “Migrante” está en los muros de la ciudad (2):

“Por mucho tiempo no fui de mí, / despertaba con hebras de mar enredadas en el rostro / y dormía con fantasmas de una ciudad  /que nunca llegó.  / Sabrás que ojos multiplicados por miles, / alejaban su paso al mirarme cercano. / ¡Me veía tan lejos de mí! /  Era pluma confundida entre el viento, / atrapada por dedos que me ponían a dormir en una grieta del asfalto. / Cuando preguntaban por mí, respondía: -Me volví migrante en mi propia ciudad / murmullo del tren a media noche / perro callejero que busca recordar cuál fue su hogar.”

Porque de eso se trata la empatía, de intentar ponernos en la piel del otro, de la otra, de sentir con ellos, de acompañarlos.

Pero ustedes y yo sabemos que eso no basta. Es más: puede ser un modo “tranquilizador” de no hacer nada. Cada día frente a estas chicas y estos chicos de todos los orígenes y todos los colores que aman nuestro idioma, me pregunto cómo se transforman la indignación, el dolor, la conmoción, el hartazgo, en verdaderos motores de transformación política.

En el mundo del horror: de la venta libre de armas, del miedo al diferente, de las fronteras que se cierran tan ferozmente como las conciencias, de los gobiernos de derecha incitando al odio, de los gobiernos de izquierda incapaces de solucionar sus conflictos, de la muerte como noticia a la hora de la cena, de los migrantes ahogados o baleados, de las mujeres asesinadas, aquí, en este mundo del que querámoslo o no somos responsables, quizás no haya nada más difícil que encontrar respuestas a esa pregunta. Pero tampoco hay nada más urgente.

(1) Escuela de Español de Middlebury College, Vermont.
(2) Este texto fue escrito en el taller “Tatuajes en el muro” creado por la poeta Claudia Luna Fuentes https://vanguardia.com.mx/articulo/migrante-y-otros-poemas