Hugo López-Gatell, Subsecretario de promoción de Salud. Foto: Andrea Murcia, Cuartoscuro.

Entre el 25 y 27 de julio sentí que mi salud se complicaba de manera extraña, con síntomas atípicos a los achaques de la vejez que, a mis 74 años, ya estoy acostumbrado a sufrir; me alarmé y consulté a un médico amigo de la familia que me aconsejó, “mejor hazte la prueba del COVID, no vaya a ser el diablo”, así que el 28 de julio acudí a un lugar especializado en la toma de muestras y su análisis correspondiente para identificar el virus, y me tuve que aislar de mis familiares hasta recibir mis resultados.

A principio de esta semana recibí una llamada de mi médico, quien me dijo con muy buen humor “resultaste negativo, no tienes COVID; bueno, no tenías COVID el día 28 de julio, ahorita no sé”, y en cuanto me dio la noticia revisé mis actividades y comprobé que no había grandes cambios en la rutina de aislamiento que he llevado durante los últimos cuatro meses, así que me tranquilicé.

Sin embargo, este fin de semana me vi obligado a realizar una serie de actividades indispensables para mi trabajo en la nueva normalidad y eso me llevó a tener reuniones en lugares públicos, al aire libre y en sitios cerrados con refrigeración y recirculación del aire ambiental. Los lugares al aire libre son calificados de poco riesgo y no me preocupan, pero en las reuniones celebradas en espacios amplios, aunque cerrados y con refrigeración y recirculación del aire ambiental, me incomodé, pues son calificados por investigadores como espacios de mayor riesgo para un eventual contagio.

Ahora me encuentro otra vez al borde de mi asiento, le llamo a mi médico y me dice, “por favor ve los mensajes de Gatell, por tu edad simplemente no puedes acudir a ningún lugar cerrado con refrigeración reciclable, vigilaré tus síntomas en toda la semana, pero estarás aislado en tu casa o vas a tener que hacer otra prueba y, de todos modos, aislarte en tu casa”. Protesté, “¿otros 2 mil 800 pesos? No jodas”, él simplemente soltó la carcajada.

Precisamente cuando uno tiene la experiencia de sentirse, tal vez, quizá, a lo mejor, contagiado, al ir a realizarse la prueba correspondiente y recibir la buena noticia de negativo realmente entiende que no le están diciendo que no tiene COVID, sino que el día que le tomaron las muestras no tenía COVID, es decir, no lo tuvo en aquel momento, pero actualmente puede tenerlo. Así que a quedarse en casa y no recibir a los hijos.

Todos hemos visto que en un lugar donde estamos varios individuos, cada uno con su cubrebocas, pronto empezamos a jugar con él, nos lo quitamos, no lo colocamos correctamente, lo subimos a la frente, nos rascamos los ojos y hay quien se lo quita para estornudar o toser comprobando, de manera práctica, que traerlo no garantiza evitar el contagio, porque es muy incómodo para usarlo durante más de cuatro o cinco horas continuas.

Sé que algunos ciudadanos seguirán diciendo que los consejos de Gatell no sirven, porque no nos da un concepto mágico que nos permita evitar al 100 % el riesgo de contagio, y hasta maliciosamente lo acusan del número de fallecimientos, sin embargo, sabemos que las medidas aconsejadas para esta nueva normalidad pueden ser insuficientes, pero si las seguimos, sí disminuye el riesgo.

Mientras no exista una vacuna para prevenirlo y un antiviral para combatirlo, lo único que podemos hacer es respetar la sana distancia, salir de casa el menor tiempo posible y usando correctamente el cubrebocas, y no entrar a lugares de alto riesgo, al menos eso me aconseja mi cordura; pero si la desobedezco y hago lo contrario, López-Gatell no me contagia, me contagio yo por mi descuido o porque las circunstancias de mi trabajo y de mi vida me obligan a jugármela día a día. Entonces, ¿qué hacer?, jugármela, no hay de otra, y de eso no es culpable López-Gatell, pero ¿qué tal la Alianza Federalista? Pura grilla siniestra, e inmoral.