Tengo como una insensatez el referir las posibilidades actuales de un golpe de Estado. Foto: Martín Zetina, Cuartoscuro

“La historia se repite dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa”, nos dice Marx en su 18 Brumario, tomando en préstamo las palabras de Hegel. Esto vino a mi memoria por dos temas que han cobrado notoriedad en el debate público con motivo de la violencia que azuela al país, y que tiene dos momentos singulares: Culiacán y Bavispe. El primero nos recordó la Decena Trágica y el golpe de Estado y posterior asesinato de Madero y Pino Suárez por los militares traidores Huerta, Díaz, Mondragón y el embajador de Washington, el cómplice Henry Lane Wilson; el segundo, el delicado tema del intervencionismo de Estados Unidos en nuestro país.

Como ahora el discurso oficial es hacer historia, conviene escudriñar someramente ambos temas, irresponsablemente tratados por quienes debieran estar obligados a pronunciamientos rigurosos y sobre todo apegados a la verdad. No vaya a ser que, deseando hacer historia y pretendiendo construir un nuevo régimen, se agoten los grandes actores de la Cuatroté en el facilísimo papel de aprendices de brujo, aquellos que saben destruir muy bien lo que hay, aunque funcione mal, sin proponer alternativas consistentes, acordes a nuestra realidad y al entorno mundial del que el Estado mexicano forma parte.

Tengo como una insensatez el referir las posibilidades actuales de un golpe de Estado, tanto en quien habla de manera imprudente del mismo, como el que el Presidente lo haya incorporado como un artículo desechable a su discurso. Cierto que vivimos en medio de una pugnacidad política exacerbada, complicada con la inconformidad de una derecha eslabonada a grupos empresariales poderosos, pero que acostumbran lanzar la piedra escondiendo la mano; la presencia de un crimen organizado desafiante; las titubeantes formas operantes de las fuerzas armadas y el inocultable malestar a su interior, aunado a la falta de coherencia en el funcionariado encargado de la seguridad nacional. Se podrían agregar otras piezas, pero pienso que por ahora basta con estas.

Sin embargo hay una pregunta obvia: ¿Quién puede, o a quién le interesaría un golpe de estado, si por tal se entiende deponer al Gobierno? En primer lugar esa posibilidad es más que remota a poco más de un año de la elección de 2018, que da un amplio margen de legitimidad constitucional que haría ver como un despropósito histórico-político pretender esto, que no tendría otro desenlace que una farsa. Discrepemos o no, López Obrador continúa siendo un presidente con una enorme aceptación, que ciertamente se va erosionando y que aun en las visiones más golpistas que hemos visto en el mundo hace impensable una acción de esta especie. A esto se suma que nadie, ni los más enconados adversarios, obtendrían beneficio de una apelación a las armas para derrocar un gobierno. Lo prueba el afán de Alfonso Romo de poner el acento en el mundo de los negocios altamente lucrativos, como imperturbable frente a Culiacán y la tragedia en Bavispe.

En todo ello veo una especie de seducción y fantasía por vivir una historia para la cual no hay lugar alguno, pero erra el camino López Obrador al pretender jugar el rol de un Francisco I. Madero, para luego desdecirse, justamente porque coloca en el imaginario colectivo una idea que no viene a cuento. Más le convendría, ya que el diferendo se da con la prensa, rediseñar su comunicación política. Urge.

El otro tema, que tiene que ver con la posibilidad de que al crimen organizado mexicano se le equipare con el terrorismo para facilitar la intervención policiaca o militar de los Estados Unidos, obliga a dejar la peregrina idea de López Obrador de que la política interior define la exterior de un país con la importancia del nuestro. Ese monismo no se sostiene de ninguna manera. Es una antigualla que en un mundo global, en el que México tiene innumerables compromisos internacionales, puede hacer de estos precisamente los pilares para que se le respete en la escena bilateral o multilateral. En una cosa –que más que todo es un deseo– debemos estar claros: el actual gobierno de México está obligado a hacer bien la tarea, y hasta ahora, como se ha visto en diversas latitudes, no sucede así. Hace mucho quedó atrás la idea de que la soberanía llega hasta donde alcanzan los cañones, en este caso los que estarían en el fuerte de San Juan de Ulúa.

Por lo pronto evitemos las tragedias y sobre todo las farsas a que pueden dar lugar estas temáticas sombrías que se ciernen sobre el país. Que el lenguaje ligero no dé pábulo a la farsa.