La vida se parece unas veces a los laberintos simples y otras a los complejos. Foto: Especial

Hay una enorme diferencia entre reflexionar despierto, en un estado de supuesta lucidez y reflexionar durante un sueño. Cien veces me he despertado a mitad de la noche para escribir en un cuaderno lo que consideré una idea genial, y otras tantas veces al releerlo en la mañana he constatado que se trataba de una sarta de incoherencias que no valía la pena. Anoche sin embargo soñé con laberintos y descubrí lo que ahora sigo considerando una analogía iluminadora: la semejanza de los laberintos con la vida.

Pero vayamos por partes: lo primero es aclarar lo que entraña un laberinto, su sentido perverso, al margen de su complejidad. Todo laberinto es un camino que traiciona lo que en el fondo significa “camino”, pues los caminos sirven para conectar dos puntos, para llegar del uno al otro; así, a lo que une dos puntos lo llamamos “camino”. El laberinto, en cambio, es un camino para no llegar, para que erremos confundidos sin lograr salir de sus pasillos. Los caminos son para andarlos y dejarlos; el laberinto es para caminar y caminar y no poder salir de él: es un camino diabólico.

Y lo segundo es caer en la cuenta de que la vida va haciéndose con cada una de nuestras decisiones, haciendo o no haciendo o como quien dice, yéndonos por alguna de las disyuntivas que la vida nos ofrece. La primera decisión de cada día es: me levanto o no me levanto, pues aunque, por lo general, nos levantamos en automático, bien podríamos no hacerlo: nos levantamos, porque así lo decidimos. Y de igual manera a lo largo del día vamos topando con disyuntivas, con bifurcaciones. Así, los días, los meses, los años: la vida entera de cada quien es el resultado de los sí y los no que uno fue manifestando para llegar a donde ha llegado; porque todos somos el resultado de lo que hemos elegido (no olvidemos la enseñanza sartreana: hasta el esclavo eligió ser esclavo, porque pudo haber elegido morir y prefirió la vida sometida).

Como podrá comprenderse con facilidad, la vida es una suerte de laberinto, pues cada decisión nos enfila por una de las disyuntivas, la elegida, que se nos convierte en camino, y nos vamos por él disfrutando o padeciendo las consecuencias, hasta que nos topamos con otra bifurcación, con otra elección, y necesariamente tenemos que elegir, siempre tenemos que elegir, por lo menos entre tres opciones: sí, no y no quiero elegir (que también es una elección, pues trae consecuencias), cuando elegimos no elegir nos quedamos estacionados y la pregunta es ¿cuánto tiempo?, pues hasta que se pierda la oportunidad, lo perdamos todo o tengamos que decidirme entre el sí y el no. Todo ocurre igual que en un laberinto.

Si la vida es un laberinto, saquemos de esta metáfora algunas consecuencias. ¿Existe alguna receta, fórmula, algoritmo para salir del laberinto? Sí, cuando se trata de un laberinto simple. En éstos basta con elegir tocar la pared que nos queda la la derecha o a la izquierda, da igual, y, sin soltarla nunca, llegar al final. Hay laberintos, en cambio, en los cuales si seguimos dicho procedimiento una de dos: volvemos a la entrada o nos quedamos atrapados dando vueltas en círculo. Éstos son los laberintos complicados. En ellos no basta elegir una pared y no soltarla, hace falta un procedimiento más complicado: marcar con una señal de entrada cada vuelta y una de salida en cada vuelta. De este modo, si regresamos ahí lo sabremos y tomaremos otra opción, siempre y cuando no hayamos visto, dentro de ese tramo, que existe otra opción. Si la hay, uno se va por ella y si, acaso, regresa adonde dejó la primera marca de entrada eso le permitirá cancelar esa zona y buscar otra. Con este procedimiento se encuentra la salida de los laberintos complejos.

La vida se parece unas veces a los laberintos simples y otras a los complejos. La ventaja es que, si uno quiere salirse de ese laberinto que es la vida, basta con considerarla un laberinto simple y decir siempre sí o permanentemente no ante cualquier opción que se presente. Ejemplo: si se elige el no: ¿Me levanto? No. ¿Desayuno? No. ¿Respiro? No: fin del laberinto. Si se elige el sí: ¿Me levanto? Sí. ¿Desayuno? Sí. ¿Desayuno más? Sí. ¿Desayuno más? Sí. Aquí también uno revienta y fin del laberinto.

Twitter @oscardelaborbol