La música ha sido la casa en que vivo: adiós a David Bowie

12/01/2016 - 12:00 am

Ecléctico y tal como dijera su amigo Iggy Pop en Twitter, “el mejor de todos”, el lunes amanecimos con la noticia de la muerte del gran Duque Blanco. A los 69 años, víctima de un cáncer que no había hecho público, a tres días de la salida de su nuevo disco, Blackstar, emprendió su viaje hacia la inmortalidad.

Murió a los 69 años, víctima del cáncer. El mundo llora la pérdida de un artista extraordinario. Foto: Especial
Murió a los 69 años, víctima del cáncer. El mundo llora la pérdida de un artista extraordinario. Foto: Especial

Ciudad de México, 12 de enero (SinEmbargo).- Si la Tierra girara alrededor del Sol, como dicen; si después de la noche llegara el día; si el amor venciera al odio y fueran ciertos esos versos que –según cantó un duende- los niños escriben en el cielo, David Bowie no habría muerto.

Porque, la verdad, qué poco interesante es ese mundo donde el gran Duque Blanco no puede ser inmortal.

Es precisamente en esa grieta levantada por la futilidad de la especie, en el hueco del Big Bang donde nos descubrimos minúsculos e insignificantes, seres como el artista que acaba de partir el domingo, a los 69 años, víctima de un cáncer que nunca hizo público, tejen la trama de una eternidad que, aunque ilusoria, nos permite seguir adelante con esto que solemos llamar vida cotidiana.

“La música me ha dado más de 40 años de experiencias extraordinarias. No puedo decir que los dolores de la vida o los episodios más trágicos se han disminuido a causa de ella, pero la música me ha permitido muchos momentos de compañerismo cuando he estado solo y ha sido un medio sublime de comunicación cuando quería llegar a la gente. Ha sido tanto mi umbral de la percepción como la casa en que vivo”, supo decir.

LAS ELECCIONES DIFERENTES

“David Bowie murió en paz hoy rodeado por su familia tras una valiente batalla de 18 meses contra el cáncer. Mientras muchos de ustedes compartirán la pérdida, les pedimos que respeten la privacidad de la familia durante el tiempo del duelo”, fue el escueto comunicado en las redes sociales con que los allegados al gran Duque Blanco dieron cuenta de su fallecimiento.

Con más de cuatro décadas de carrera musical, un largo y fantástico trayecto en el que también supo ser actor, todo él era una especie de cultura pop en sí mismo, atraído especialmente por un modo singular de elegir caminos por los que nadie hubiera optado y en el que –decía- radicaba todo su talento.

“No soy nada especial, simplemente hago elecciones distintas”, trató de explicar con modestia el hombre nacido como David Jones el 8 de enero de 1947 en el barrio londinense de Brixton y que publicó 25 discos en cada uno de los cuales siempre dio un paso más hacia el futuro, porque él, después de todo, allí vivía, en el porvenir, donde todo vuelve a ser nuevo y desafiante, como la primera vez.

Empezar de cero fue su último gesto creativo, al componer, grabar y publicar lo que ahora es su último disco, Blackstar, considerado por la crítica uno de sus mejores trabajos discográficos y el que seguramente –ahora que sabemos la condición de salud en que se encontraba- habrá realizado en medio de grandes esfuerzos físicos y emocionales.

El primer sencillo de aquel disco críptico fue “Lazarus”, un tema que formó parte del musical que Bowie había escrito con Enda Walsh y que dirigió Ivo Van Hove en Broadway.

Luego, el 8 de enero el día del cumpleaños del artista, conocimos “Blackstar”, la canción que da título a su último álbum, en el que como bien apuntó la revista especializada Mojo, incluye “todos los poderosos niveles de intensidad”.

De cero empezó también en 1969, cuando creo las bases del Glam Rock mediante su álbum Space Oddity, que contaba la historia del ficticio astronauta Major Tom y al que siguieron trabajos paradigmáticos como Hunky Dory, The Rise And The Fall Of Ziggy Stardust y Aladdin Sane.

Station to Station, Low y Heroes fueron los frutos maduros y señeros en los ’70, cuando la androginia se llamaba Bowie, cuando las drogas hacían estragos en su vida vertiginosa y todas las clasificaciones sobre su arte se quedaban pequeñas.

No jugaba al misterio, era misterioso. No la hacía de artista torturado, por lo que no le pesó nunca la masividad otorgada por éxitos como “Let’s Dance”, en los ‘80. Y, sobre todo, jamás la crítica y sus seguidores –que son millones- perdieron el tiempo en definir si era un músico de rock o del pop. Él, como el heredero de John Lennon que se sentía, era todo eso y más.

LOS ÚLTIMOS TIEMPOS DEL DUQUE BLANCO

Durante una actuación en 2003 en la ciudad de Scheeßel, en el norte de Alemania, David Bowie sufrió un ataque al corazón que lo apartó de los escenarios. En 2013, oficialmente recuperado y ya viviendo en Nueva York, protagonizó su regreso a las tiendas de discos con The Next Day, del que se desprende la hermosa canción ¿Dónde estamos ahora?, que hoy como nunca refleja la gran pregunta originada por su pérdida.

Y hace una semana llegó Blackstar, el gran legado musical, un disco donde otra vez expande las fronteras de los géneros musicales, para mezclar jazz, rock, coros ambientales, saxos crudos y con ello informar sin hacerlo ese oscuro presente que vivía, tan cercano a la muerte que hoy nos cuesta aceptar.

Blackstar es un producto Bowie en el más estricto sentido de la palabra, ese modo de unir discursos huyendo en forma casi obsesiva de lo que en la música comercial se define como fusión y del que echan mano hasta los falsos músicos para explicar sus discos desechables.

Nada más lejano al rey David que la fusión.

“Algo en lo que descubrí que soy muy bueno y que disfruté mucho hacer, es el juego del ‘¿qué tal si?’. ‘¿Qué tal si combinamos el drama musical de Brecht-Weill con el R&B? ¿Qué sucedería si trasplantamos la chanson francesa en los sonidos de Filadelfia? ¿Schoenberg podría convivir cómodamente con Little Richard? Bueno, no, pero algunas de las ideas sí funcionaron muy bien”, explicó cuando recibió el Doctorado Honoris Causa por la prestigiosa Berklee College of Music.

Puso sexualidad en el rock y genialidad en el pop. Foto: Sony Music
Puso sexualidad en el rock y genialidad en el pop. Foto: Sony Music

La última estrella negra que manifestó el apagón de su existencia, fue producida en colaboración con Tony Visconti y Donny McCaslin, en un clima “amable y generoso” donde Bowie, según la crítica, alcanzó una nueva cima creativa con dicho trabajo.

“Créanme: todavía hoy, cuando escucho un solo fantástico en un CD y comienza el fade out, salgo corriendo a agarrar el control de volumen y lo voy subiendo proporcionalmente, así puedo escuchar esa última nota. Mal que mal, esa sigue siendo mi vida”, dijo en aquel discurso de Berklee.

“Creo que John Lennon definió la forma en que uno podía tomar el pop, torcerlo e imbuirlo con elementos de otras formas de arte, muchas veces produciendo algo extremadamente bello, muy poderoso e impregnado de extrañeza. A su vez, él podía hablar largo y tendido sobre cualquier tema y siempre tenía una opinión. Uno inmediatamente sentía empatía con eso. Cada vez que nos juntábamos, parecíamos Beavis y Butthead en Crossfire”, recordó.

En la víspera, Iggy Pop escribió en Twitter: “Mi amistad con David era la luz de mi vida. Nunca conocí a nadie tan brillante”. Sirvan estas palabras para colofón de esta nota que nunca hubiéramos querido escribir.

David Bowie era un rey y nosotros, sus súbditos, nos quedamos huérfanos y desorientados, doloridos hasta la médula, porque así debe ser.

Mónica Maristain
Es editora, periodista y escritora. Nació en Argentina y desde el 2000 reside en México. Ha escrito para distintos medios nacionales e internacionales, entre ellos la revista Playboy, de la que fue editora en jefe para Latinoamérica. Actualmente es editora de Cultura y Espectáculos en SinEmbargo.mx. Tiene 12 libros publicados.
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