A Marian Anderson sólo he podido escucharla en grabaciones. A Norman tuve el privilegio, como muchos de ustedes, de verla en el escenario de Bellas Artes. Foto: Cuartoscuro

Para Nazim, con mi cariño

Primero de enero: espero que empiece a anochecer, enciendo el aparato de sonido, cierro los ojos y dejo que me inunde la voz de Marian Anderson cantando el “Erbarme dich”. Éste es uno de los rituales con que le doy la bienvenida al nuevo año. Tal vez ninguna otra cantante me conmueva tanto como ella. La Pasión según San Mateo por vía intravenosa. Erbarme dich, mein Gott, Um meiner Zähren willen (“Ten piedad de mí, Dios mío, advierte mi llanto”). De pronto Bach y ella me llevan a una dimensión otra, a una dimensión en que la belleza, o lo sagrado, o algo que nunca he sabido cómo nombrar realmente, se hace cuerpo y melancólica esperanza. ¿Les pasa?

Marian Anderson, la primera cantante lírica afroamericana, la niña que limpiaba escaleras para poder comprar un violín, la que mereció el elogio de Arturo Toscanini que dijo “Voces así solo se escuchan una vez cada siglo”, y conmovió a “seis millones de personas -incluido nuestro García Lorca- en más de mil 500 auditorios a lo largo de su vida, no tuvo el camino fácil.

Nació el 27 de febrero de 1897 en Filadelfia y cuando comenzó a cantar a los seis años en el coro de la iglesia bautista a la que iba con sus padres la llamaban “la contralto bebé”. La calidad y profundidad de su voz, la llevaron a importantes escenarios tanto en Estados Unidos como en Europa. Pero no era fácil ser una cantante de color.

El episodio más conocido, en este sentido, es el del Constitution Hall de Washington en 1939, donde la presión del grupo llamado Hijas de la Revolución Americana obligó a que se aplicara una cláusula de los estatutos del teatro que señalaba que sólo podían actuar artistas blancos. Faltaban aún quince años para que Rosa Parks fuera enjuiciada y encarcelada por no dejarle su asiento en el autobús a un pasajero blanco. Y más de dos décadas para que Martin Luther King iniciara uno de los discursos más bellos e impresionantes de la historia con aquel “I have a dream”.

La primera dama, Eleanor Roosvelt, renunció al grupo que impidió la actuación de Anderson y organizó, para hacer pública su posición, un concierto en el Lincoln Memorial al que asistieron más de 75 mil personas, y millones lo siguieron por radio. Donizzetti, el “Ave María” de Schubert, y algunos “negro spirituals” (“Gospel Train”, “Trampin” y “My soul is Anchored in the Lord”) fueron parte del programa elegido por la cantante para celebrar uno de los eventos más importantes de la lucha por los derechos civiles. Se decía que, como Gandhi, Marian Anderson era una abanderada de la resistencia pacífica.

Pero recién el 7 de enero de 1955 se convirtió en la primera cantante negra en tener un papel en el escenario operístico más importante de su país: el Metropolitan Opera House de Nueva York. Fue entonces Ulrica en “Un baile de máscaras” de Giuseppe Verdi. La pequeña Jessye Norman tenía en ese momento diez años, y había quien ya intuía que sería otra de las grandes.

A Marian Anderson sólo he podido escucharla en grabaciones. A Norman tuve el privilegio, como muchos de ustedes, de verla en el escenario de Bellas Artes, en la ciudad de México, y de disfrutar segundo a segundo su majestuosidad escénica y vocal. Era una fuerza de la naturaleza que, como suele ser la naturaleza misma, podía expresar una energía arrolladora o una dulzura sublime; su voz nos ponía a temblar, ya sea que cantara a Wagner, a Purcell, a Strauss, o le dedicara un concierto a Duke Ellington, a Nina Simone, o a los poemas de Maya Angelou, de quien solía citar estas líneas de Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado: “Las palabras significan más de lo que se escribe en el papel. Se necesita la voz humana para infundirles un significado más profundo”.

Tal vez sea porque en menos de dos meses cumpliré sesenta años, o porque estoy saturada de ruidos, o porque los rituales me permiten volver a mi propio centro, lo cierto es que haber escuchado a estas mujeres el 1 de enero fue lo más parecido a un acto de purificación.

Me llegaron entonces –no podría haber sido en mejor momento-, gracias a la querida Pilar del Río, unas líneas del diario de José Saramago escritas un fin de año: “El tiempo es una tira elástica que se estira y se encoge. Estar cerca o lejos, allá o acá, sólo depende de la voluntad. En la Península ya se apagaron los fuegos artificiales. La noche de Lanzarote es calidad, tranquila. ¿Nadie más en el mundo quiere esta paz?”.

 

“Saramago”. Imagen proporcionada por el autor