Luna de Febrero. Foto: Tomás Calvillo Unna

“Algo está podrido en el Estado de Dinamarca.”
Hamlet, Shakespeare

¿Qué está en los intersticios de las consonantes y vocales del nombre de México?

Así el aroma, que se convierte en sensación, en una sensación ya no personal sino social, hasta transformarse en presentimiento, que se despliega con mayor fuerza estos últimos días.

No podemos verlo a detalle, pero sí decir que algo no anda bien, que se están acumulando las “malas vibras” (para expresarlo así sin entrar en mayores detalles). Porque ya no hay espacio para los argumentos; se imponen los adjetivos calificativos, y por cierto, los más ruines en todas direcciones.

El mundo mismo, pareciera dar vueltas más veloces a la vez que rechina y su ruido se esparce por doquier. Y aquí en México nos tapamos los oídos para ignorarlo y cerramos los ojos para no ver como se desgarran las texturas de nuestra nación desde lo más sutil de la conciencia hasta lo más primario de la tierra y los territorios.

La egolatría, las egomanías, el egocrimen, desatados.

Los mapas antiguos y recientes y sus coordenadas sobrepuestas en una suerte de intento por reinventar la misma brújula imantada de norte, no permiten saber el camino a seguir, porque ya retornamos al laberinto de una historia sin fin, estrujada y dosificada cada amanecer en ilusiones.

La grosería en su magnificencia convertida en crueldad domina el lenguaje y las acciones, hay una suerte de odio revestido de lógicas del poder social, económico y político.

La carencia de educación, entendida ésta como empatía hacia a los otros y las otras, es la condición de una clase política que no conoce el sentido profundo de la compasión (reducida en el mejor de los casos a una cuestión moral), del acompañamiento, del silencio, y de la sabiduría para escuchar y reconocer las diversas miradas, las múltiples voces, la riqueza del idioma que construye opciones sin aniquilar, ni desplazar siquiera.

La violencia y las víctimas son las fracturas de la nación que atraviesan territorios y clases sociales; y que expresan la emergencia que el país vive y no se asume.

Tarde o temprano esa fractura determinará el destino de la República.