Hay muchos misterios desconocidos acerca de las leyendas de los dragones y las damiselas en peligro. Descúbrelos en Damisela, de Elana K. Arnold. 

Ciudad de México, 12 de abril (SinEmbargo).– La tradición ha existido desde que se tiene memoria: cuando el padre del príncipe heredero fallece, éste deberá aventurarse en las tierras más inhóspitas, vencer a un dragón feroz y rescatar a una doncella para hacer de ella su prometida. Así es como ha sido siempre, como tiene que ser.

Sin embargo, cuando nuestra damisela despierta en los brazos del príncipe Emory, ella nada sabe sobre esto. No tiene recuerdo alguno de lo que sucedió antes de ser capturada por el dragón, o de los horrores a los que debió enfrentarse en su guarida. Ella sólo conoce a este atractivo príncipe, la historia que él cuenta de su rescate y el destino que le espera a su lado.

Pero tan pronto como pasa la primera noche en el reino de Harding, comienza a darse cuenta de que no todo es lo que parece, que hay muchos misterios desconocidos acerca de las leyendas de los dragones y las damiselas en peligro, y que la mayor amenaza para su vida empieza a partir de ahora.

Fragmento del libro Damisela, :copyright: 2019, Elana K. Arnold. Cortesía otorgada bajo el permiso de Océano.

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La culpa del dragón

El castillo parecía crecer desde los acantilados que cubrían la costa. Sus torres de puntas dentadas perforaban las nubes cargadas de lluvia; sus ventanas eran bocas abiertas y cuencas de ojos vacías. Entre los acantilados gris pizarra y el cielo color humo, el mar turbulento y la niebla fantasma, era un lugar en verdad taciturno. Era tan completamente descolorido que un viajero que se perdía en el camino podía ser cegado por ese gris abrumador que lo impregnaba todo.

Si permaneces demasiado tiempo en ese mundo, decía la leyenda, te arriesgas a que tus ojos también se vuelvan turbios. A que tu piel se torne cenicienta. A que tu cabello quede opaco como el hierro.

Sí, era un mundo gris.

Sentado sobre el ancho lomo de su corcel negro como la noche, el príncipe Emory de Harding paseó la mirada por la vasta y triste escena que lo rodeaba. Ahí estaba la playa. Tranquilas olas lamían la costa como un pequeño gato frente a su plato de crema; la mansedumbre y la suave repetición ocultaban la ferocidad que Emory sabía que el gran mar en su interior ocultaba. Allí, bajo los cascos de su caballo, se alargaba una pequeña playa llena de guijarros, salpicada por piedras en todos los tonos de gris, desde el casi negro hasta el casi blanco. Emory y su corcel, al que él llamaba Reynard, habían emergido a esta playa desde un denso bosque a través del cual no era visible un solo sendero. Emory se había visto obligado a guiar a su caballo durante gran parte del camino, mientras se abría paso con el filo de su espada.

A medida que Emory se acercaba al borde del bosque, los árboles que encontraba eran cada vez más duros, hasta que, finalmente, descubrió que ya no estaban hechos de madera, sino de piedra. Incluso la leal y letal espada de Emory se había encontrado impotente frente a aquellos árboles, y este hecho encendió una llama de ira en el interior de su pecho. Cuando él golpeaba, un árbol debía caer. Eso es lo que hacían los árboles. Eso es lo que siempre habían hecho.

Pero estos árboles no caerían, y cuando Emory los golpeaba con su espada, sonaba un estruendo terrible y el impacto vibraba a través de su brazo y sacudía todos sus huesos.

Ni siquiera una hendidura. Inaceptable.

Sin embargo, había sido forzado a aceptarlo, había sido obligado a desmontar a Reynard, de manera que el caballo fuera lo suficientemente capaz de abrirse camino entre los árboles que se negaban a apartarse.

No importa, se había dicho Emory mientras aseguraba otra vez la silla sobre Reynard. Cuando apretó la cincha y ocupó la silla una vez más, el corcel bufó. Emory condujo a su montura por la playa, observando, y Reynard siguió el sendero a través de las piedras. Emory castigaría al bosque en la carne del dragón.

Porque sabía que era culpa del dragón que los árboles se hubieran convertido en piedra gris, que esa parte del mundo se hubiera oscurecido con la ausencia de lluvia, y que el mar fuera gris pizarra en lugar de verdiazul. Y también era culpa del dragón que el ojo del sol se hubiera apagado sin parpadear, cubierto por una catarata gris.

Cuando el dragón fuera asesinado —si lograba matarlo—, esta parte del mundo se iluminaría de nuevo, y Emory sería el portador de la luz. Su rey.

Odiaba al dragón. Era así de simple, y su odio era tan intenso como el fuego purificador. Respiró profundamente sobre su corcel, mientras sus ojos escudriñaban los acantilados frente a él, y buscaba una manera de escalarlos. Sabía que no habría un camino sencillo.

¿Quién había construido este castillo en estos acantilados? Eso era un misterio sin respuesta. ¿Lo habían construido o simplemente había nacido allí? Algunos ancianos arrugados afirmaban que el baluarte había emergido de los escarpados acantilados a lo largo de milenios, que crecía un centímetro por año, que lo hacía tan lentamente que su progreso resultaba imperceptible.

Otros replicaban que el castillo no había emergido en absoluto, sino que siempre había estado ahí, como el mar, como los acantilados mismos, e intentar rastrear su origen era una misión delirante.

Nadie sabía cómo había llegado a adoptar aquella forma el castillo, y a Emory no le importaba. No le importaba por qué el sol colgaba en el cielo; ahí estaba, y eso le era suficiente. Mientras el astro calentara su espalda cada día y desapareciera por el horizonte noche a noche, Emory no deseaba perder tiempo preguntándose los porqués e imaginándose los cómos detrás de su existencia, y así era como se sentía con respecto al castillo y los acantilados, el mar y el cielo.

El mundo había sido hecho. Eso era todo.

Con el tema resuelto e ignorada la duda, Emory se encontraba con una única pregunta: ¿cómo conquistarlo?

—Tendré que escalarlo, Reynard —dijo Emory. El caballo bufó y un cálido vaho emergió de sus enormes fosas.

—Tú tendrás que esperar aquí.

Reynard no reclamó.

Emory saltó de la silla una vez más y aterrizó en el inestable suelo pedregoso de la playa, que crujió bajo sus pies, emitiendo un ruido como rechinar de huesos.

Reynard no necesitaba quedarse atado: era un buen caballo y no iría lejos. Porque si Emory lo ataba y luego moría, ya fuera cayendo desde el acantilado o en las fauces del dragón que esperaba encontrar arriba, el corcel también moriría.

Todo y todos mueren, por supuesto, pero perecer atado a un afloramiento de rocas en la base de un acantilado parecía una forma demasiado indigna. Reynard no era un animal indigno, y Emory no sería un cruel amo, o eso pensaba.

Una vez más, Emory desenganchó la larga correa de cuero de la cincha, la jaló del anillo de latón al lado de Reynard y la desenrolló mientras el caballo relajaba sus entrañas. Al quitar la silla del orgulloso y alto lomo del corcel, se reveló un parche cuadrado de pelo oscuro por el sudor y Emory lo frotó con la manta. Entonces tomó la pieza de la corona de la brida de detrás de las orejas de Reynard y la empujó hacia delante, ésta traqueteó contra los dientes del caballo. Liberado, Reynard estiró el cuello y se alejó vagando por la playa de guijarros en busca de los pocos mechones grises de hierba marina.

Emory se consideraba similar a un caballo, poderoso y honorable. Algo que podía hacer era colocar anteojeras en su propia visión para centrarse en la tarea singular que tenía por delante, y así fue como actuó en ese momento, preparándose para la escalada.

La silla de montar y sus alforjas estaban colgadas de una roca, y Emory buscó en ellas lo que necesitaba: cuerda y pico, un zurrón de cuero con tiza en fino polvo, guantes de cuero, una tripa con agua dulce. Su espada, que nunca se apartaba de su cuerpo. Y en el bolsillo, su talismán, aquella pata de conejo que él mismo había cortado durante su primera cacería, a la edad de siete años.

Luego caminó hasta la base de los acantilados, ese muro casi vertical de pizarra, y colocó las manos sobre la superficie fría y dura. Miró hacia arriba, estiró el cuello cada vez más hacia atrás, y por un instante pareció que la vieja leyenda se había hecho realidad, mientras su campo de visión se ensombrecía. El gris abarcaba tanto que Emory quedó cegado. Sintió que sus intestinos se aflojaban por el miedo, y por un segundo volvió a ser un crío impotente que ignoraba dónde estaba arriba y dónde abajo. Desamparado, se ahogaba en la sombra que giraba a su alrededor.

Pero entonces miró su mano contra el interminable muro gris, y fue consciente de sí. Él no era impotente. No era un crío de pecho. Era Emory de Harding, e iba a matar un dragón.

Las manos de Emory

La pizarra era complicada. Estaba fría y era tan dura y resbaladiza como el hielo. Había espacios donde sostenerse, pero Emory descubrió que no podía confiar en su vista para encontrarlos. El gris a su alrededor convertía todo en un mundo sin sombras, y la pared se veía plana, sin dimensión, pero si deslizaba sus dedos a lo largo de su superficie podía sentir crestas, rugosidades, grietas. Allí debía sostenerse, forjar una escalera, una cadena invisible de asideros y puntos de apoyo.

Y así, Emory comenzó a escalar. Había atado su espada a la espalda para liberar caderas y piernas, y había ceñido el zurrón con tiza a su cintura. Había metido sus pantalones en las botas negras, y la camisa en los pantalones. Había usado una tira de cuero para reunir su cabello en un nudo áspero, a fin de mantenerlo lejos de sus ojos. Se había arremangado, a pesar del frío, a sabiendas de que entraría en calor durante la escalada.

Mano sobre mano, asidero tras asidero, Emory ascendió. Siempre había sido un escalador experto, lo mismo que un imbatible luchador, jinete, nadador; cualquier cosa para la que necesitara de su cuerpo, éste respondía de la mejor manera. Parte del truco consistía en dejar de pensar en la tarea. En esto, como en muchas otras cosas, su cuerpo sabía mejor que su cabeza lo que debía hacer a continuación, y el trabajo de su mente era mantenerse quieta y permitir que los músculos siguieran adelante.

Como si observara a un extraño, Emory vio cómo sus dedos se arrastraban a lo largo de la pared, tocaban y rechazaban un posible asidero, encontraban un segundo, lo aprobaban y se enganchaban en él como garras. Sus pies se balanceaban varios centímetros, sus bíceps se curvaban, y él estaba más arriba, a cinco metros del suelo por lo menos, con cientos más todavía por recorrer.

Para mantener la mente entretenida mientras el cuerpo trabajaba, el príncipe Emory de Harding se permitió imaginar lo que podrían estar diciendo sobre él en casa.

Su madre, como siempre, fue la primera en llegar a su cabeza. La vio sentada donde a ella más le gustaba: durante todo el año, independientemente de la temperatura exterior, se acomodaba frente a la chimenea, en sus aposentos, más cerca de las llamas de lo que nadie más podía soportar, rodeada de cojines y gatos, nunca perros.

—Ahora, Emory —solía decir dando unos golpecitos en los cojines, invitándolo a que se sentara a su lado—, háblame de lo que has conquistado hoy.

Y, cuando era niño, Emory amablemente se acurrucaba a su lado, aun cuando el calor del fuego lo hacía sudar, e informaba exactamente lo que había dominado:

El cachorro que había entrenado para que lo siguiera por el palacio, con sólo mantener un trozo de grasa de la carne del desayuno en su bolsillo.

El profesor con el que había hablado para que lo liberara de sus lecciones quince minutos más temprano.

El caballo que había amaestrado para ponerle la silla.

El cocinero al que había convencido para que horneara un pastel extra, sólo para él.

Después, cuando ya era demasiado grande para acurrucarse, Emory se paraba frente a su madre e informaba con igual orgullo:

El ciervo que había derribado en el Bosque de Musgo.

Los soldados a los que había reunido para el combate.

El jinete al que había vencido en una justa.

El erudito al que había superado en ajedrez.

Había otras conquistas, las de piel suave, pero de ésas no hablaba Emory con su madre, aunque sospechaba que las conocía tanto como las aprobaba:

La de las mejillas rosadas, Elaine, hija del pastor.

Oscura como un cuervo, Lila, quien se ocupaba de la tienda de su madre, la boticaria.

La aprendiz de cocina espolvoreada de harina, Fabiana, sobre los pesados sacos de lona en la fría y oscura despensa, mientras la vieja Guisa fingía que no sabía lo que estaba ocurriendo.

Y su madre siempre escuchaba, asentía y aprobaba las cosas que Emory decía, y las que no decía también. El fuego ardía, los gatos ronroneaban y su madre escuchaba.

Los músculos de Emory se tensaban y se distendían mientras escalaba. Cuando sus dedos comenzaron a deslizarse en la pizarra a causa del sudor, los metió en el zurrón con tiza; ese fino y polvoriento residuo le recordó la harina que flotaba por todos lados, la de los sacos sobre los que yacían y la de Fabiana misma mientras retozaban en la despensa, en la parte trasera del castillo.

Pero ésta no era una posición segura para permitirse que los pensamientos vagaran. No entonces, no en ese acantilado, a treinta metros sobre el suelo. A partir de allí, una caída representaría la muerte.

Así que Emory tomó el recuerdo de Fabiana y lo puso fuera del camino, en el lugar donde pertenecía. Observó cómo su mano izquierda alcanzaba un punto y las yemas de sus dedos se estiraban en busca de un asidero que debía estar allí, y sintió cómo los músculos fuertes de sus muslos y pantorrillas temblaban en tanto se levantaba sobre las puntas de sus botas, en tanto sostenía apretada su mano derecha en el buen asidero que tenía. Los dedos de su mano izquierda todavía estaban buscando cuando la pizarra bajo su mano derecha comenzó a desmoronarse.

Al principio, el desmoronamiento podía confundirse simplemente con la sensación del polvo de tiza contra la pared, tan sutil era el principio del fin. Y la mente nunca quiere creer que está en peligro. Un cerebro mentirá al cuerpo, incluso cuando el cuerpo es su única esperanza.

Emory había visto esto muchas veces: la ciega mirada de incredulidad de un ciervo que lo dejaba congelado en su lugar mientras él apuntaba y disparaba su flecha; la inexpresiva sorpresa ante la inminente derrota en el rostro de un guerrero que, hasta ese preciso instante, había sido invencible.

Así que no confiaba en el razonamiento inicial de su cabeza. Es sólo polvo de tiza, le dijo su mente. Todo irá bien.

No iría bien, nada bien, y Emory movió su peso aún más hacia la izquierda y sus dedos se esforzaron y rezaron por alcanzar, mientras la pizarra bajo la mano derecha se desmoronaba: su punto de apoyo se estaba desintegrando como un hueso quemado.

Durante una fracción de segundo, Emory no pudo sostenerse, ni con la mano izquierda ni con la derecha. No había piedras ante sus manos, ningún pensamiento en su cabeza, ninguna esperanza en su corazón —que ni siquiera se atrevía a latir—, ningún aliento en sus pulmones, ninguna visión en sus ojos. Suspendido, apacible, vacío.

Y entonces comenzó a caer.