Una novela juvenil sobre el primer amor, el primer beso y todas esas cosas que vivimos en la primera edad. J.R.Escalante seduce con esta historia elegante y enternecedora.

Ciudad de México, 12 de mayo (SinEmbargo).-Tres cosas definen cualquier historia personal: La primera palabra que decimos, El primer beso y El camino que escogemos.

Mombella pertenece a un grupo de personas que se avientan al vacío sin saber lo que sigue. Es una joven introvertida que prefiere observar la actitud de los demás antes que la de ella. Ganó su libertad al huir de casa, adquirió madurez. Huyó con el corazón hecho pedazos, faltándole las fuerzas para seguir soportando el comportamiento de su madre y los malos entendidos con su novio. Esta historia es sobre la búsqueda del amor. Sobre cómo encontrarlo. Una joven de dieciséis años está a punto de comenzar a vivir, de salir al mundo exterior y dejarnos aprender junto a ella lo más valioso que existe.

Fragmento de Mombella, de J.R.Escalante, con autorización de Endira

CONOCIENDO A MOMBELLA Y UNA CLASE DE HISTORIA

“Ma bella. Mia bella. Bella. Mombella.”

Palabras que su padre enunció al momento en que la vio recostada sobre los brazos, cansados y dolientes, de su madre, después de tan largo parto. Por un momento todos, incluyendo la partera, pensaron que nunca saldría. Estaba muy cómoda adentro, no quería nacer. “¡Las sales!, ¡las sales!”, gritaba una anciana desde la sala; nadie sabía por qué lo hacía, ya que las sales son un remedio utilizado para despertar a alguien que ha sufrido un desmayo o desorientación momentánea, no para una mujer que acaba de aliviarse. Nadie le hizo caso a la vieja. Todos celebraron el nacimiento.

Una hermosa personita de tres kilos doscientos. No nació pelona, salió con un mechón de pelo color castaño claro adornando su cabeza, justo enfrente de la mollera. Se supo su color de ojos, café, –unos días después– cuando los abrió al despertar. Su piel era tan suave y lisa que si colocaban una moneda de a peso esta se deslizaba al suelo. Sé que es una analogía un poco fuera de lo común, pero verán:

Cuando recién cumplió un año se dio un incidente donde su primera nana y el cuidador de la casa fueron descubiertos jugando a la suerte con su epidermis. Ambos eran alcohólicos y amantes. Al principio de todo amorío, hay un par de meses donde no es posible estar un momento sin el otro; ya sea en persona o en el pensamiento. La necesidad de afecto físico es muy fuerte durante esta etapa. Ellos gustaban de esconderse en el cuarto de Mombella por las tardes, entre tres y cuatro cuando todos estaban dormitando la siesta en sus habitaciones. Tenían la costumbre de deslizar monedas sobre su pequeña espalda –pidiendo cara o cruz– para ver quien tomaba el siguiente golpe de aguardiente. Después de los seis o siete vasos, los dos –disfrutando el estupor del alcohol– se desvestían y tenían relaciones al pie de la cuna de la bebé insospechada. Se les despidió al poco tiempo cuando la abuela los descubrió medio dormidos y medio vestidos. No se les volvió a ver.

El día en que nació no fue importante. No llovió fuego. No granizaron pedazos de hielo tan grandes como un carro compacto; y sobre todo, no cayeron langostas del cielo. No se presentaron temblores ni vientos huracanados. No. Fue una mañana nublada de agosto cuando Mombella llegó a los brazos de su numerosa familia: veintitrés tíos maternos y paternos, cincuenta y nueve primos de ambos lados, cuatro hermanos mayores; y por último, pero no menos importante, dos padres devotos. No fue nada importante el día para la gente de la isla. Para el único que significó un cambio fue para su padre. Después de cuatro hombres por fin tenía a su niña. El señor se llamaba Lando, que siempre tenía una forma muy singular –y divertida– de contar anécdotas. Siempre, al momento de llegar a la moraleja o chiste de la historia, frotaba con la mano su largo bigote y pegaba dos veces en el suelo con su pie izquierdo. Nunca supe porque lo hacía. Solo lo vi esa vez y no tuve oportunidad de preguntarle.

Tucinda. Carmina. Marbella. Camerina. Fructuosa. Pamela. Eloisa. Comersa. Dana. Giovanna.

Segundo tras segundo. Horas y horas. Cigarro tras cigarro. Nombres y nombres. Nadie se decidía. Nombres se escuchaban del lado derecho de la enorme sala de estar; más opciones se escuchaban del lado izquierdo. Discusiones como estas no eran nuevas en la familia Ari Sitana, y más con cada nueva adición. De entre tanta gente un pequeño niño se puso de pié y gritó: “Mombella, que se llame Mombella”. Un silencio llenó la sala de un segundo a otro. Los suspiros de admiración se entendían como un consenso general. Una enorme flatulencia por parte de la abuela Natalia, que tenía la costumbre de hacerlo para entretener a sus múltiples nietos; acabó con el silencio. Todos rieron y brindaron. En un principio no por haber encontrado el nombre, sino que celebraban la última gracia de la abuela. Después se acordaron y hubo que hacer un nuevo brindis. Por Mombella. Mombella Ari Sitana.

Muchos años han pasado de esto, los recuerdos no son tan claros. Si me detengo a escuchar sus preguntas sobre quién dijo qué, tan solo les podría dar una teoría al respecto. No me tocó vivir esta parte de la historia. Con mi edad y memoria que tiene más de teflón que lo que podría tener de fijador, creo que puedo llegar a estar inventando algunos detalles. Lo que sí recuerdo es lo que ella me contó. La analogía detrás del nombre, por ejemplo.

Mombatto Parzatto, mejor conocido como Paraíso a la orilla del mar; fue fundado en el año 1527 por el conquistador malaquí Guitrando Famossa. Los Malaquenses, como bien sabrán, serán recordados en los registros de lo insólito y sorprendente como gente sumamente estúpida y torpe. No me creen, tomen la leyenda o chiste de la vida de Guitrando Famossa, un hombre de altura variada; unos dicen que metro y medio, y otros hablan de cerca de dos metros; por ser justos e imparciales, dejémoslo en no-nos-importa.

Un buen día Guitrando decidió salir huyendo de Málaca para evitar ser enjuiciado y colgado por acostarse con la amante número treinta y uno del rey. La naturaleza es justa y perfecta; en cambio el hombre es misterioso y pendejo. ¿Quién más puede tener el raciocinio de matar a alguien por acostarse con la mujer con la que cumple adulterio? Guitrando no era un buen capitán. Guitrando no era un buen navegante. Guitrando no era la persona más orientada. Pensándolo bien: Guitrando no era capitán, nunca había estado a más de diez metros de la playa; y queda de más decir que su sentido de orientación no existía.

Un día de tantos, se encontraba sentado en la cantina más cercana bebiendo tragos de anís. Este, comúnmente, se bebe como digestivo; pero él lo hacía a las once de la mañana de entre semana. No era bueno jugando a las cartas, pero tampoco lo era el capitán Bombilla; que imprudentemente apostó su barco y tripulación en un par de jotos contra un trío de reinas. Diez horas después, curando la borrachera a bordo de su nuevo velero, se dirigió a su tripulación:

“Zeñorez, noz econtramoz a bordo de una nave. Máz veloz que cualquier otra. Máz grande que mi caza; y máz chico que el Palazio Nazional. Zin duda llegaremoz lejoz. Muy lejoz. ¿Qué tan lejoz? Llegaremoz hazta loz finez del mundo inexplorado por laz mujerez. Únanze a mí y a ezta nueva aventura. Zeamos hombrez. Hombrez que ze apoyan en hombrez. Hombrez dispueztoz a explorar juntoz nuevoz lugarez.”

Todos los hombres en la tripulación comenzaron, casi al mismo tiempo, a tener un fuerte dolor de cabeza al tratar de encontrarle sentido a lo que pronunciaba el nuevo capitán. Entre su pesada pronunciación y su falta de coordinación al estructurar oraciones, nada se entendía. De entre todos los hombres sobresalían los reclamos de dos vigías: Baca y Ardy.

Baca: “¿De qué habla este tío?”

Ardy: “Algo sobre que es puto y quiere que lo ayude-mos a tocarse. Está loco el tío”.

Baca: “Eso le pasa por tomar del Anís del Mono”.

Ardy: “¡Pero cómo eres bruto, si nadie está mencionando marcas de licores, tío”!

Nadie se imaginaba lo que seguiría. Ni ellos. Descubrieron un lugar nuevo. Nuevo para ellos. Una tierra más cálida y diferente. Donde la gente no huele a días sin bañarse y donde la tierra es fértil. Costas y mujeres hermosas. Brisa suave y cálida. Claramente tenían que llegar a arruinarlo todo.

El barco llegó a la orilla del nuevo continente por la mañana. Bindára se le bautizó al nuevo paraíso; en honor al cocinero que descubrió la tierra cuando vaciaba la basura del barco al agua; ya que Baca y Ardy dormitaban y curaban una cruda de anís. Los hombres, al ver el nuevo descubrimiento, estaban muy indiferentes.

Desembarcaron, saquearon, revolcaron y revolcaron; quemaron y robaron aldeas. Grandes hombres. Héroes. Dignos personajes históricos. Una partida de holgazanes y rateros recordados por siempre en los anales de la historia. No importa mucho lo que hicieron o si no fuesen tan maravillosos como se les pinta; gracias a ellos –hoy en día– nos regalan un par de días de asueto en honor a su causa, lo que se convierte en la mejor manera de disfrutar y no pensar mucho en ello.

Guitrando Famossa gozaba de acostarse en la playa y beber agua de coco mientras escuchaba las aldeas quemando. Admiraba la singular forma en la que el sol golpea la arena blanca en las mañanas. Las olas llenas de espuma blanca. El aire con olor fresco. Mujeres en abundancia y oro al desquite; no cabe duda que el nombre de paraíso a la orilla del mar, no era difícil de imaginar.

La clase de historia no tiene mucho que ver con lo que sigue. Tan solo busco ilustrar un poco el origen de nuestros antepasados. El inicio de una singular forma de pensar. Personas que provienen de una mezcla entre gente pensante y gente demente.

¿Cómo se crece en medio de una familia tan amplia? Mombella llegó de pilón a un núcleo ya con cuatro hermanos: Chucho, Noam, Kris y Montana. Se convirtió en el centro de atención para todos. Nadie podía esperar para darle de comer y para dormirla. A la hora del cambio de pañal todos corrían. Era muy consentida. Sin embargo, su madre nunca le dio de pecho. Después de tantos hijos ya no produjo la suficiente cantidad de leche para alimentarla. Puede ser que el distanciamiento de las dos empezara desde ahí.

Con base en esto podrán pensar que Mombella creció como una niña extrovertida y malcriada. Nada podría estar más lejos de la verdad. Cuando la conocí estaba escondida debajo de una mesa contando su cambio para la máquina expendedora de refrescos; por sentirse incómoda de contar el cambio enfrente de otras personas. Era reservada y muy pensativa. Se parecía en gran medida a su papá. Poco a poco al ir creciendo y definiendo su personalidad, se fue restando importancia a su presencia. En comidas, en fiestas y sobre todo en salidas a la calle, la gente callada tiende más a observar el comportamiento de los demás que participar con ellos.

Una novela escrita por J.R.Escalante. Foto: Especial

Existen tres etapas cruciales en la vida de todo ser humano. Son tres sucesos. Tres fenómenos. Tres hitos que cambian y definen nuestra historia por el resto de nuestras vidas. La primera palabra que decimos. El primer beso. El camino que escogemos.

Su primera palabra fue a los dos años cuando su padre, que viajaba mucho, regresó del extranjero, y lo vio después de varios meses de ausencia: “Traño”. La palabra sin duda envió un sentimiento de frialdad por la columna de su papá. “¿Extraño?” Lo extrañó, o le era ya un extraño por nunca estar con ella. Ese fue su último viaje.

A la edad de dieciséis años dio su primer beso. Su escuela secundaria llevaba el nombre del héroe nacional más grande: Julio Bocanegra. Príncipe. Orador. Pensador. Liberador. Si piensan que Bocanegra es el apellido, en realidad era Melvines, pero se le puso así por el color negro de su lengua. Resultado de una botella diaria de coñac y jugo de naranja. Ahí fue cuando conoció a Royam. Dos años más grande. Alto. Delgado. Muy guapo.

Mombella corría con suerte en la escuela. Al ser tan atractiva casi nadie –especialmente las mujeres– podía creer que fuera tan discreta y callada. Los hombres imaginaban que una niña tan silenciosa en lo oscurito debía de ser toda una fiera. Las envidias y problemas de inmediato la confrontaron cuando entró a la secundaria. De nueva cuenta, por su renuencia a preocuparse o darle importancia a las calumnias y chismes, su presencia comenzó a perder fuerza. Salvo por su físico, que siempre hacía voltear a los demás.

Cuando sonó el timbre del descanso, Mombella se esperó, como siempre, a que todos salieran del salón. Recogió su mochila y caminó hacia la puerta, al salir chocó con Royam que corría hacia el patio cargando una pelota de voleibol. Regla, lápices, cuadernos y memoria tirados en el piso. Expuestos a los ojos de cualquiera. Royam le ayudó a recogerlos y se fijó que Mombella no lo volteó a ver en los ojos ni una sola vez. Se pusieron de pie. Ella se dio la vuelta para irse y él la detuvo del brazo mientras le decía: “Olvidaste tu diario”. Mombella apenada lo tomó y lo guardó rápido en su mochila. “Gracias”, apenas le logró escuchar decir. Mombella tenía una deliciosa sonrisa. Era rara la ocasión en que le daba rienda suelta a esos perfectos dientes blancos. Cuando las orillas de sus labios se encontraban con sus mejillas, la sangre empezaba a bombear y ponían rojo su rostro. Se alejó rápido después de eso. A Royam le gustaba desde hace tiempo, esta fue la primera ocasión que reunió el coraje para acercarse con ella.

Dando un salto en el tiempo vemos el florecimiento de un amor inocente. Todos los días después de clases se veían detrás de las bancas de la cancha de fútbol. Platicaban por lo que parecía ser horas. Antes una conversación que involucrara más de una petición y un agradecimiento era impensable. ¿Quién era él? ¿Por qué no podía evitar sonreír cada vez que lo veía? ¿Por qué su corazón empezó a latir tan rápido cuando puso su mano sobre la suya y se inclinó para poner sus labios sobre los suyos? ¿Por qué sentía ganas de reír y llorar a la vez? Demasiadas preguntas. Demasiadas dudas. Muy pocas respuestas. Cerró sus ojos y dejó de pensar. El primer amor siempre es complicado de explicar.

MEMORIA FÍSICA

¿ Cómo sabemos el camino que debemos seguir en la vida? Por más que lo he intentado, nunca logré que me dijera por donde seguirle. ¡Qué injusto! A veces pienso que mis papás fueron agentes de bienes raíces. Me vendieron un tiempo compartido que duró apenas dieciséis ó diecisiete años. Come. Duerme. Aséate. Ve a la escuela diario y en ocasiones determinadas descansa y llámales vacaciones. Pero llega un punto y momento donde se cancela este tiempo compartido y me veo obligado a decidir sobre mi vida. Ahora no hay opciones predeterminadas, yo debo buscar, y yo debo elegir. No me gusta tomar decisiones.

Mombella detestaba la palabra “diario”. Le sonaba más como el nombre que le das a un instructivo o cuaderno de notas de la escuela. La subjetividad de su vida la atesoraba escribiendo sobre todo lo que veía. Una memoria física es tu mente expuesta en papel y tinta. Tu lugar para platicar de lo que quieras sin que nadie te juzgue o esté esperando el momento en que dejes de hablar para aconsejarte y escuchar su propia voz.

Aparte de escribir en su memoria física, Mombella, tenía otro pasatiempo favorito. Algo que nadie más en su familia entendía. Locuras. Paranoia. Chismosa. Eran los calificativos que usaban cada vez que hablaban a sus espaldas sobre su costumbre. Simplemente no lo entendían.

Todas las tardes al regresar del colegio iba a su cuarto y abría las cortinas y luego las ventanas, cuya vista daba a la bahía. Se quedaba parada por horas viendo hacia afuera. Adivinando y pensando en la vida de los demás.

A veces escribiendo algunas de estas vidas ficticias en su diario, o dibujando los rostros de los extraños con facciones interesantes.

Estos son algunos de los pensamientos que puso:

Un papá aburrido…

Padre soltero con quince hijos. Todos los amoríos que tuvo en su vida produjeron un hijo bastardo. Lleva tres empleos para mantenerlos a todos. Por las mañanas es vendedor de puerta en puerta, eso explicaría el portafolio. En las tardes de cocinero en un restaurante. Por las noches al salir del segundo empleo lleva las sobras a sus hijos. Y su tercer empleo, velador de una de las fábricas situadas en las afueras de la ciudad. Sus hijos casi ni lo conocen. Lo más seguro es que cuando muera su lápida no incluya su nombre, y tan solo diga: “Aquel que nos mantuvo tantos años.

Mujer gorda. ¿400 Kilos?…

Una mujer tan gorda que probablemente sea multimillonaria y lleve esa cubeta no para tomar agua del pozo común, sino por apariencias. Su ascendencia es de esos países donde mientras más grande la mujer, más grande será su dote. No me importa, no me pondría así para ser rica. Aunque sí me gustaría poder comer todo el día y que no me importara la forma en la que me veo. Admiro a la señora.

Niños afuera golpeándose…

Tienen toda la tarde allá afuera jugando con la pelota. La mandan de un lado a otro como lelos. Que aburrido. Uno de ellos se tropieza con el pie de su amigo, se para y lo golpea en el pecho. Tremenda trifulca que se armó. Brazos, piernas y cabezas se ven por todos lados en medio de una nube de tierra. ¿Qué dirían sus papás si estuvieran aquí? De seguro harían apuestas sobre el posible triunfo de su hijo. Si los niños no salen con sangre en la boca y en su playera, es reflejo de que no se esforzaron en la madriza

Royam…

Qué guapo es. No creo que alguien pueda tener su cuerpo así de marcado. ¿Comerá lechuga con esteroides? ¿Qué tan duro estará su abdomen?

Creo que eso fue una de las cosas que hizo que se enamorara de Royam: verlo. Verlo era un placer para ella, no tanto el hecho de poder hablar horas y horas sin fin. Prefería verlo caminar a través de la cancha o de la escuela e imaginar la vida con él; ya que en su imaginación tenía muy bien desarrollada su personalidad, historia de familia y hasta forma de hablar. Puedo suponer, por lo que escribía de él, que el tiempo que estuvieron juntos fue especial. Que bueno que lo disfrutaron antes de que todo cambiara. Antes del comienzo de la travesía. Ella tenía tan solo tenía dieciséis años cuando la profunda alegría de su corazón la llevó al exilio de su familia y conocidos.

TRAS LA VENTANA

Mombella siempre tuvo a su memoria física para respaldarla. Yo como escritor novato, y ya viejo, tengo que escribir las cosas como me vaya acordando. Les conté ya del amor floreciente de mi competencia, Royam y de Mombella; más no les he dicho nada de cómo fue que esto pasó en realidad. Explorar las vidas de otras personas en la narrativa es lo que mi abuela siempre llamó “juzgar a la gente extraña”.

Continuando con la historia.

No me importa quienes sean ni de dónde vienen. En el mundo hay una realidad presente y absoluta: toda familia gira alrededor de un refrigerador. De la casa, es el mueble más usado. Los sueños y preferencias de todos se reflejan en su interior. Si está vacío, habla de descuido y banalidad. Si está lleno, retrata alegría y gozo en el comer bien. Llenarlo a la mitad equivaldría al vaso medio vacío o medio lleno. Ni uno ni otro. Su fachada habla sobre los gustos e intereses de los familiares. Imanes, dibujos, listas, imágenes religiosas, etcétera. Todo lo que puedan imaginar y todo lo que puedan creer.

La puerta del refrigerador de los Ari Sitana no era la excepción. Había fotografías –individuales– de cada uno de los miembros en orden descendente (empezando por la mamá y el papá hasta llegar a Mombella), al lado de ellos se colocaba una pequeña lista con su comida y bebida favorita. Todos sonríen en sus fotos, todos muestran lo felices que son; en cambio Mombella mantiene una indiferencia absoluta –como es normal en todas sus fotos–. Lo especial era su lista.

Mientras todos ponen platillos y bebidas específicas, ella tan solo escribió esto:

Atención al preparar: lata de polvo sabor naranja contenido neto 600ml, servida a una jarra de agua de 1 lt. Tres grandes cucharadas de azúcar morena. Revolver con la cuchara. Refrigeración toda la noche. Listo para tomar en la mañana. Gracias, Panchita. xoxoxo.

Siempre tomaba eso. En la mañana, tarde y noche. No importaba la hora; lo único importante era que estuviera fría, casi congelada. Le gustaba más cuando tenía pequeños fragmentos de hielo adentro. Todavía puedo escuchar el tronido de su quijada al masticarlos. Medio enervante pero tierno a la vez.

Mombella caminaba todos los días a la escuela. Se quejaba –por floja–, a lo que su padre siempre le contestaba que tan solo tenía que caminar medio kilómetro para llegar. “Nos tardamos más en sacar el coche del garaje y manejar a la escuela, que lo que te tardas en ir caminando. Fondonga”. Día tras día, año tras año, desde sus seis años, protestaba lo mismo. Llegó a ser tan repetitivo y monótona su molestia que sus hermanos la llegaron a llamar Fondonga Incorporada.

La escuela era Instituto de Dios en la Tierra Unificada (INDIOTU). Dirigido por los padres Arteristas; orden religiosa formada a principios del siglo XIX. El lema de dicha institución era: “Dicha y valor al dar religión. Honestidad y prontitud al cobrar la mensualidad de los niños”. A Mombella no le gustaba la escuela, y menos los padres que eran muy estrictos y regañones con todo. En una ocasión la descubrieron platicando en clase, de las únicas veces que lo hizo, y la mandaron al rincón con la mirada hacia el muro durante el resto de la sesión. ¿Cuál era la lección en esto? ¿Quién sabe en verdad lo que significan los castigos?

No tenía muchos amigos. En verdad no tenía ninguno. No era por ser antisocial, tan solo no lo disfrutaba tanto. Tenía su memoria y la posibilidad de imaginar. Imaginar un mundo diferente. Es común que cuando alguien prefiere ser reservado y observador, se le llame tímido. Es casi imposible que alguien sea aceptado tal y como es sin ser criticado o cuestionado. Es raro ser individual pero aceptable el ser uno de los demás.

Royam, al contrario, era uno de los jóvenes más admirados de su generación. Tenía un cuerpo atlético gracias a que era el capitán del equipo de voleibol; también era el más alto de todos. Muchas de las mujeres querían con él. ¿Querían qué?, quien sabe; pero querían con él. Él no disfrutaba el ser admirado por su talento y por su apariencia. No era ningún secreto que su familia no era de las más respetadas de la comarca. Sus padres eran dueños de un pequeño barco pescador. No ganaban mal, pero no les daba la oportunidad de vivir con grandes lujos. Tenía diecisiete años y había trabajado desde que tuvo la edad suficiente para ayudar los fines de semana en el barco (como unos ocho años). Sabía lo que costaba ganar dinero para vivir.

Las niñas que lo acosaban, aparentando ignorancia a su estrato social, lo desesperaban. En alguna ocasión una de las mencionadas niñas: Marla Güompy, lo invitó el fin de semana a esquiar con sus papás. Royam –al no tener nada mejor que hacer– aceptó. Todo se desarrollaba con normalidad hasta que Marla, después de darle un beso, le dijo: “En realidad quiero que sepas que no me importa que seas el hijo de un pescador. Me gustas por lo hermoso que eres y no por quien eres”. Royam se disculpó y se retiró. En el camino a casa derramó lágrimas debido al coraje que le provocó el comentario. Cuando llegó vio a sus papás sentados en la sala frente a la televisión.

Les dio las buenas noches a sus papás besándolos en las mejillas y abrazándolos. Demostrándoles el orgullo que sentía por ellos. Les contó lo que pasó antes de retirarse a su alcoba. Sus papás se miraron extrañados. La mamá dijo: “Es guapo el muchacho, pero medio menso; debe de aprender a no hacerle caso a lo que dice la gente. Ya aprenderá”.

Fue un nuevo lunes cuando Royam ignoró por completo a Marla cuando la vio en la puerta de la escuela. Se siguió caminando. La caminata lo había cansado y tenía sed. Fue al bebedero y ahí vio a Mombella. Sus labios bebían agua con delicadeza y sensualidad. Quedó cautivado. Se acercó.

“Ho… hola”, le dijo en la voz más grave que pudo hacer, aunque no pudo evitar que le saliera un tremendo gallo. Mombella dejó de tomar agua y lo volteó a ver. Le hizo una sonrisa. Sabía quién era. Ya lo había visto y ya estaba en su memoria. En eso tocó el timbre indicando el final del descanso. Se alejó caminando sin decirle nada; Royam se quedó en silencio. Los incandescentes rayos del sol iluminaban el cabello de Mombella mientras se alejaba. Más brillante contraluz no habría podido imaginar nadie en su sueño.

De vuelta en su casa, Mombella estaba recargada sobre el pretil de su ventana favorita, tomando agua de naranja. Delicioso. Las olas pegaban de una manera singular esa tarde en la playa. Los adultos recogían a sus hijos de la escuela. Una bisabuela cumplía ciento siete años. Una pareja de novios experimentaba por primera vez el arte del sexo oral. Mombella vio un pedazo de hielo pegado en el fondo del envase. Supremo. Se inclinó la botella y le pegaba para que cayera el hielo en su boca. Este se resistía. Sacó su lengua esperando refrescarse. Parecía una niña comiendo raspado. No se dio cuenta de que la estaban espiando. La vergüenza.

Royam estaba parado sobre un bloque de concreto que divide la playa y la acera. La veía con admiración. Mombella no sabía qué hacer. En ese momento el pedazo de hielo se desprendió y le manchó la cara de color naranja. Dejó caer toda la botella al piso y se hizo para atrás. Él se empezó a reír, Mombella lo único que hizo fue cerrar las cortinas de su ventana. Apenada. Se recargó en la pared para que ya no la viera. De su mochila vio un trapo blanco y lo sacó para secarse y limpiarse el rostro. No se acordó de que era la tela que usaba en su clase de pintura en óleo. El naranja se batió por toda la cara, agregándole un tono café. Al momento que se percató de su error Royam tocó desde afuera el vidrio de su ventana.

No pudo hacer nada. Una mano atravesó las cortinas sosteniendo un girasol. Las rodillas de Mombella empezaron a temblar, no sabía qué hacer ni qué decir. Todos sus sarcasmos e ironías hacia la vida, ¿dónde estaban? Royam se metió por su ventana. Se rio por el rostro pintado de Mombella, ella se puso roja como tomate y también rio.

“Tienes un poco de acetona. Es lo único que quita el óleo”, le dijo.

Mombella se tallaba con fuerza y no lograba quitarse con éxito el color café. Royam le quitó el algodón de la mano y la sentó en la orilla de su cama, él jaló la silla para sentarse frente a ella. Le limpió todo con delicadeza. Por primera vez tenía el privilegio de admirar su rostro con detenimiento.

Cierro los ojos y recuerdo lo que él vio: una nariz muy fina y pequeña; “un suspiro de nariz” como le decía su abuela. Sus ojos –cafés– eran claros como la miel. Unas cejas pronunciadas que le daban importancia a su rostro. Los pómulos resaltados le daban sensualidad. Los labios eran carnosos y rosas. El cabello –castaño oscuro– era largo y lo tenía sujetado por una liga, pero por todo lo que había pasado se había despeinado. Mombella se quitó la liga y soltó su cabello. Royam percibió un olor de jabón y rosas.

Terminó de limpiarla y ninguno de los dos decía nada. Las risas dieron paso a un silencio incómodo. Royam volteó y vio el bote de basura, le aventó el algodón y falló; se iba a poner de pie para recogerlo cuando Mombella lo sorprendió y le dio un beso sobre los labios. El primer beso para ella. Sus labios no tenían experiencia y se pusieron duros y en postura de firmes. El llamado beso de “piquito”. Royam se dio cuenta y colocó sus manos sobre sus hombros para tranquilizarla. Le dijo: “No te pongas toda tensa, relaja tus labios. Así, mira”. Se inclinó y la volvió a besar. Todo se olvidó. Toda sensación, todo recuerdo. Lo único en lo que podía pensar era en sus labios y en el sabor de la saliva. En el olor de tener una persona tan de cerca. Se separó.

“¿Estás bien?”, le dijo Royam.

“Sss… sí, es que no… nun… mmm… sabes a cacahuate”.

En efecto, Royam, en el camino compró una bolsa de cacahuates japoneses y se la comió, no tenía planeado besarla. Fue algo espontáneo. Le dijo: “Perdóname, no quería que tu primer beso te recordara a cacahuates”. Los dos se quedaron viendo, de repente se empezaron a reír por lo raro del momento. Un primer beso con un sabor tan singular. Sin duda no sería difícil recordar este beso.

Se hicieron inseparables. Mombella le enseñó sus escondites favoritos y pasatiempos. Incluso lo dejó leer fragmentos de su memoria. Royam, en cambio, la enseñó a pescar y a navegar en bote. Mombella tenía su propio bote, pero nunca lo usaba; y menos en este momento, pues quería usar el de él. Se llevó muy bien con sus papás. A momentos llegaba a pensar que los quería más que a los suyos. Pasaban todo el tiempo posible juntos. Royam era un sueño con ella. La consentía y le daba todo lo que quería. No le hacía caso cuando se enojaban y la llevó a conocer todos los barrios y calles desconocidas de Mombatto. La llevó a conocer, en el coche de su papá, el puente de Foglia Marettea. Era la primera vez que salía de Mombatto; y probaría, sin duda, no ser la última vez que lo haría.

Los momentos iniciales en un primer amor son específicamente egoístas. No conoces otra cosa. Tu mente gira alrededor de la otra persona. Imaginas toda una vida a su lado. Descubres maravillas como el olor y el sabor de alguien más. Esto le fascinaba a Mombella, el poder recordar su olor de forma tan clara. No podía dormir por las noches sin escribir algo de él en su cuaderno. Al valorar la importancia de ese primer enamoramiento, podemos asegurar que casi siempre pasa algo. Algo malo. Para Mombella esto pasó un día muy soleado.

Los días soleados suelen ser tristes cuando te gritan tus papás. Los días nublados suelen ser hermosos cuando puedes apreciar el sonido de la lluvia caer.

Mombella llegaba de la escuela e iba a abrir la puerta cuando su mamá la abrió antes que ella. Le gritó: “¡Entra de inmediato a esta casa!”. Sintió su estómago revolverse al descubrir su memoria física en las manos de su madre.

Entró y cerró la puerta detrás de ella.

Mombella estaba en la orilla de su ventana favorita llorando. Pancha entró a su cuarto y le dio una botella de agua de naranja para endulzarle aunque fuera un poco lo sucedido.

“Aquí tienes mi niña”, le dijo Pancha.

“Panchita, ¿crees que haya más vida al otro lado de mi ventana?”. “No le haga caso a su mamá, mi niña, ya sabe cómo se pone a veces. No quería decir todo lo que le dijo, tan solo estaba molesta y ya sabe cómo es su carácter.”. “Pancha, cuando alguien está borracho y te dice puta no lo perdonas por el simple hecho de que bebió de más. Lo dijo por algo. Mi mamá no toma y me dijo de todo menos puta. ¿Qué puedo pensar? A veces pienso que aquí termina todo y tras la ventana viene todo lo demás. ”. Dejó de ver a su nana y miró hacia fuera para ocultar sus lágrimas. Pancha se acercó a ella y la tomó entre sus brazos. Mombella quebró en llanto más fuerte. Vives toda tu vida al lado de tus seres queridos. Ellos conocen más tus defectos que tus virtudes. Saben cómo lastimarte, y en este momento su mamá la había lastimado mucho. A veces pensaba que la única que no la juzgaba era Pancha. Ella la cuidó desde que era bebé. Ella la crió. Ella era más que su mamá. Su mamá ya no era Kimlita. Su mamá era Pancha.

“Al rato te traigo de cenar, mi niña. Ya sé que no te quieres sentar a la mesa con todos”. Pancha salió del cuarto y Mombella tomó de su botella un largo trago para curar el sabor salado de las lágrimas. Al terminar el litro entero descubrió afuera a Royam besándose con Marla Güompy. Afuera de su ventana. El peor momento. Podía escuchar su corazón rompiéndose como dos piedras frotándose. Podía sentir la explosión de su corazón pulsando la sangre en sus oídos. Cuando eres joven tu vida se destruye cuando pierdes algo que amas. No hay puntos intermedios. La destrucción es total. La peor y más cruel de las sincronías estaba trazando una línea invisible en su vida.

La botella golpea el suelo al caer. Agua de sabor y colorante naranja corre por todo el piso. Un corazón se corrompe. Rodillas se debilitan. Manos tiemblan. Respiración se agita. Perder a tu primer amor, nadie dijo que fuera fácil.

No podía pensar en nada. Todo estaba perdido. ¿Por qué ahorita? Todo parecía suceder dentro de un segundo. Su familia no la necesitaba. Su mamá la detestaba. Su único amor en este mundo la estaba engañando afuera de su ventana. Afuera del lugar donde se habían enamorado. Afuera de su único refugio. Afuera de su lugar más sagrado en este mundo. ¿Habría alguna explicación? Ninguna.

Con toda desesperación cerró su ventana, cogió la mochila de la escuela y la vació sobre su cama. Agarró rápido pantalones, blusas y vestidos; todo lo que le cupo en su mochila. Salió de su recámara hacia la cocina. Sobre la mesa del antecomedor vio su memoria física y se dio cuenta de que casi la olvida. La tomó y salió de la casa. Cruzó la parte trasera para evitar ver a Royam y a la otra estúpida. Conforme se alejaba de la casa escuchó el timbre y voz de Royam llamando por ella.

Su familia y amigos atrás. Sus intereses olvidados. Futuro puesto en una espera indefinida. Sentimientos lastimados. Deseos son el camino frente a ella. No mirar para atrás, nunca hacerlo. El final de una vida o el comienzo de una nueva. La eternidad de un segundo en la decisión de un momento.

Muchas veces nos encontramos en la orilla del balcón y debemos decidir si nos dejamos caer al vacío o nos quedamos en la tranquilidad en la que estamos. Mombella pertenece al grupo de personas que decide dejarse ir al vacío sin saber lo que sigue. Experimentar el dolor huyendo.

A veces a los dieciséis años estamos listos para tomar las decisiones más difíciles de nuestra vida. Aquel que diga lo contrario es un adulto.

¿Alguna vez han tenido que decidir algo que saben cambiará las cosas? Lo crucial parece ser eterno. Lo negativo está a flor de piel, mientras que lo positivo no parece mostrar cabeza. Te mueres por saber lo que vendrá, por adelantarte al final del libro y conocer el desenlace. No se puede hacer. Necesitas vivirlo todo. Saber que pasa. Vivir el momento. Vivir la experiencia. Dejarte llevar hacia el abismo. Hacia todo lo que no te es conocido. Tener la madurez de escoger. Mombella escogió. Volteó una vez más. Secó sus lágrimas. Caminó hacia el frente.

Antes de que Mombella partiera, pasó a casa de Royam. Debajo de la puerta le dejó una carta. Esto era lo que decía:

Me duele.

Me duele saber que ya no estás.

Me duele ser quien no buscabas.

Todos dicen saber lo que el dolor es, pero todo el que no lo siente no sabe lo solitario que es. Llegaste a mi vida tan de repente. Puedo decir que te amé. Gracias por lo que me diste, pero sobre todo gracias por dejarme ver que no soy miembro del club de los que piensan que nunca nadie los querrá…

Royam es tu nombre. Royam es como te pusieron. Si te hubiesen conocido tus papás antes de que nacieras, Pendejo te hubieran puesto. Sangre Fría de apellido. El día que te cases con Marla, ella será la señora de Pendejo Sangre Fría. Fue un placer conocerte. No me malinterpretes, sí me duele y me siento mal; pero sigamos adelante con nuestras vidas.

Que sepas que te quise mucho y significaste tanto. Aún te quiero. Tienes razón en pensar que soy vengativa al escribir estas líneas. Quisiera ofrecerte una disculpa por decirte la verdad y no decirte te quiero.

Mombella Ari Sitana

P.D. CABRÓN

UNA BREVE PAUSA

LA EXPLICACIÓN DE LO QUE PASÓ

Royam caminaba hacia casa de Mombella en aquella tarde de junio. Llevaba una caja de chocolates bajo el brazo. Todo era tan perfecto para él. La iba a sorprender, pues se habían quedado de ver hast el día siguiente ya que él tenía entrenamiento de voleibol hasta tarde. Nunca imaginó que una mentira piadosa traería tantos problemas. Traería pérdida y dolor.

Marla Güompy era su compañera de laboratorio. No hablaban más que lo necesario en clase, sobre todo después de aquel desagradable comentario que hizo. Ella odiaba que una chica tan callada y puta se robara a su hombre. El drama de ser joven e insegura. De ser capaz de apostar con sus amigas que se lo podía quitar. Que lo recuperaría antes del fin de curso.

Lo siguió a casa de Mombella, cuando lo vio detenerse frente a su ventana. No existía momento más perfecto; Marla sabía que Mombella y él se veían siempre en el mismo lugar. No era la primera vez que lo seguía. Caminó a donde estaba y lo saludó. Royam por la sorpresa dejó caer la caja de chocolates. Cuando golpearon en el piso se salieron algunos. Se agachó a recogerlos y Marla se agachó con él.

Del calor que hacía, algunos ya habían empezado a derretirse en el suelo tan caliente. Ambos recogieron los chocolates. Royam le dio las gracias, y no vio cuando Marla se puso el chocolate dentro su boca y luego lo besó.

Estos momentos de coincidencia son difíciles de explicar. ¿Por qué Mombella tenía que ver eso nada más, y no todo lo que sucedió antes? ¿Por qué Royam no la quitó con fuerza de inmediato? ¿Por qué el sabor del chocolate es tan hipnotizante y nos hace hacer cosas tan tontas?

Separó a Marla con enojo, le aventó la caja de chocolates y estos mancharon su vestido. Salió corriendo para tratar de arreglar las cosas.

“¡Marla, te pido un favor, ve y chinga tu madre!”, le gritó mientras se alejaba.

Para cuando llegó a casa de Mombella, la ventana estaba cerrada. Ella ya no estaba. Se fue al jardín para entrar por la puerta trasera, como le había hecho en numerosas ocasiones para evitar encontrarse con la familia. La puerta daba a la cocina donde estaba la nana Pancha; que lo conocía bien.

“Pancha, necesito hablar con ella. No sé lo que le haya dicho pero no es cierto. Deme la oportunidad de explicarle”, le dijo casi sin respiración.

Pancha lo veía con detenimiento y sin decir nada. Lo único que hizo fue derramar una lágrima y Royam supo de inmediato que algo terrible había pasado.

Si la hubiera alcanzado, ¿Mombella le habría dado la oportunidad de explicarse? No creo que el destino de una persona yace en sus decisiones y en su propia búsqueda. Cuando recuerdo mi primer amor, o las otras mujeres con las que he estado, sé que cometí errores, sé que no hice todo lo que debía hacer. Royam la perdió ese día, pero ella también lo estaba perdiendo. Era pérdida de los dos.

Tomaron una mala decisión; pero tendrían más adelante tiempo de arreglarlo y de saber lo que pasó esa tarde. Por ahora tendrían que estar separados.

EL ESCAPE DE DOS GRANDES

Mi abuelo decía todos los días al despertar: “Dos dudas en que escoger tengo, y no sé a cuál prefiera: pues vos sentís que no quiera, y yo sintiera querer”. De Sor Juana. La decía para recordarse así mismo del amor perdido y del amor encontrado. Lo usaba en todo momento cuando relataba la historia de cómo mi abuela fue su premio de consolación, así de crudo lo decía; su verdadero amor era otra mujer.

Contaba que mantuvo una relación de cuatro años y medio con una mujer que al final lo dejó en altar. En los meses siguientes encontró refugio en los brazos de mi abuela –el tequila– y se casaron inmediatamente. Todo aquel que tuviera un par de oídos dispuestos era su víctima. Cada vez que él y mi abuela discutían la contaba en la cantina local. Cada uno de sus aniversarios de bodas lo contaba a la hora del brindis. Para mi abuela los primeros años fueron difíciles, pero después lo aceptó y no le hizo caso; en realidad todos disfrutábamos mucho oírlo contar la historia, tenía un particular talento para incluir anécdotas chistosas y albures en los momentos precisos.

Si en vez de hablar sobre su trágico amor perdido, hubiera contado la verdad sobre su vida, el relato sería corto y aburrido. Trabajó por más de treinta años como vigilante de una fábrica de cartón. Si en vez de alimentar el cuento, hubiera contado la verdad, sabrían que la mujer de la que estuvo enamorado fue una prostituta. La cuál solía visitar cada fin de semana por dos años. La mujer en cuestión no conocía ni su nombre; tenía otros clientes regulares también. Mi abuelo le llevaba flores y chocolates para conquistarla. La comenzó a seguir durante la semana y ella se asustó por sus insistencias de matrimonio; pidió a su patrona que la transfiriera a la capital. Nunca más la volvió a ver. Le guardó luto durante dos años y medio más. No muchos conocen la verdad. Esto me lo contó en su lecho de muerte, cuando –a escondidas– le di unas copas de tequila.

Durante muchos años se convenció de que era infeliz y que solamente una vez conoció el amor verdadero. La verdad del asunto es que amaba a mi abuela. Nunca se lo dijo por testarudo y por borracho. Mombella se convencía a sí misma de que había tomado la decisión correcta. No quería detenerse a pensar en lo que estaba haciendo por miedo a regresarse. Por miedo a dudar de sí misma. La huida de Mombella no fue fácil; y mucho menos un secreto. Todos en Mombatto Parzatto se dieron cuenta de que intentaba irse. Todos la vieron intentarlo. Nadie de su familia trató de detenerla, pues pensaban que era uno más de sus caprichos de niña consentida. Su madre se hizo de la vista gorda, como en otras cosas.

¿Cómo se puede lograr escapar de una casa cuando se tiene dieciséis años? El extraño híbrido de la pubertad, corazón roto y renuencia como mujer de pedir ayuda y aceptar que lo están haciendo mal; hizo que se tardara nueve días en alcanzar su objetivo. Se dice que la tercera es la vencida, en este caso fue la cuarta. Cerca, pero no tanto. Seré más específico.

J.R.Escalante. Foto: Cortesía

J. R. Escalante publicó su primer cuento en marzo de 1988. Ahora en 2018 publica su primera novela. Es el guionista de los largometrajes De las muertas, Un día salvaje y La marca del demonio. Es escritor, productor y director de diversos cortometrajes, documentales históricos y programas de noticias. Ha trabajado en radio, cine y televisión. Estudió la carrera de ciencias de la comunicación en el ITESM CCM, donde se recibió con mención honorífica.