Foto: Cuartoscuro

Somos una gran cantidad de mexicanos los que mostramos desencanto frente a los candidatos que contienden por la presidencia de la República. Para algunos, las filias naturales se han transmutado en dudas debido a alianzas que resultan, cuando menos, impresentables. De ahí que sea común escuchar voces que aseguran que votarán en blanco. Rebatir la postura es simple: la anulación y la abstención de poco sirven. Si acaso, para sumarse a la mayoría. Es decir, aun no queriendo, favorecerán al candidato que más votos obtenga. En parte es cierto y, en parte, es el mínimo mecanismo de rebeldía que les queda a quienes ningún candidato le parece una opción viable. Resquicio inútil para algunos, es apenas una forma de alzar la voz.

Imagino una democracia diferente. En ésta, la enorme cantidad de recursos públicos que se le asignan a los partidos políticos, dependería de los votos obtenidos, como ahora sucede. Con una diferencia: dichos recursos se repartirían sólo con la base de los votos reales, no de sus porcentajes de votación. Así, en este ejercicio ideal, cada voto anulado les significaría una pérdida en lo que más les duele: dinero. Incluso se podría ir más lejos, haciendo que las abstenciones no contaren para esta definición. En otras palabras, el 100% de los recursos equivaldría al 100% de los votos emitidos. A partir de ahí, comenzaría la resta de todos los anulados. Esto obligaría, en buena medida, a que los indecisos también salieran a votar, haciendo uso del poder de su sufragio. Ir a las urnas para emitir un voto en blanco o para anular a todos los candidatos, sería, entonces, un ejercicio consciente y un acto de rebeldía más poderoso.

En este esquema, imaginado e, incluso, deseado, los candidatos y los partidos tendrían que cuidarse de las alianzas. Es evidente: algunas les suman votos, eso está claro, pero también se los quitarían y, en consecuencia, los recursos podrían destinarse a otras cosas. Ya sé que en mi utópico planteamiento se necesitarían mecanismos funcionales y la abolición de ciertas prácticas corruptas.

No soy ingenuo, me queda claro que esto no sucederá pronto, quizá nunca. Quienes se encargan de las leyes son los principales beneficiarios de esta repartición de recursos públicos. Sin embargo, me parece que es un paso necesario el de la legitimación del voto útil. El verdadero voto útil, aquél que ponga presión sobre la clase política y que no nos obligue a votar por el menos malo; eso es algo que ya hemos hecho algunas veces.

Es cierto, también, que este mecanismo de castigo a la clase política no serviría para estas elecciones. Quizá tampoco para las siguientes. No obstante, es un paso hacia la configuración de una democracia más robusta, la que requiere de segundas vueltas y, también, de propuestas que vayan más allá de los ataques.

En fin, imaginar ese tipo de escenarios no cuesta nada.