La escritura de los pétalos. Pintura Tomás Calvillo Unna

Y en ese ágape al atardecer uno aprendía:
a saltar la cuerda de la vida,
a estacionarse y no estorbar,
a echar el volado: águila o sol,
a competir y colaborar,
a usar el gis y el borrador por igual,
o sea, a no creérsela.

Era la estancia de la amistad
donde la soledad en plural
se reconocía y apreciaba:
la conversación, sus tonos y risas;
los secretos guardados
de la intimidad compartida;
la sorpresa común ante ese abanico;
el zigzag de la vida en su enrojecer
de mejillas;
y el aire fresco de la comprensión.
Esas minucias que destellan en la inmensidad;
al final un respeto cuidadoso,
una alegría de las horas,
la plática sin altavoces, cercana
ajena a las modas y sus pasarelas.

Maris, Graciela, Ana Mari,
brindando por esas tardes de domingo,
preparándose para asistir al Templo
cuya Liturgia eran los conciertos
la textura de la piedra volcánica:
cavidades de luz y sombra,
sus tonalidades
la erupción rendida,
su abrupto homenaje a los sentidos,
al tacto sorprendido de las aristas milenarias;
el ulular del viento allá afuera,
arrojando sus listones a los muros de granito
y dentro del recinto, la flauta:
irrenunciable algarabía,
el puente colgante entre el barroco y el blues,
los siglos prensados de Jean-Pierre Rampal
celebrando el paisaje humano,
junto al escultórico círculo de la razón
donde el oratorio cívico acogía,
a la filarmónica en su peregrinaje de notas:
las nubes iniciaban un desfile
que el viento empujaba,
hasta la sensible conversión
del huapango de Moncayo,
convocando a una fiesta
junto al malecón de la remembranza.

El mar tan querido y lejano para ellas,
las olas persistentes e imaginadas
en esas arpas, en las cuerdas todas;
el clarinete y su monólogo
y las trompetas al unísono,
y las aves convocadas
en los metálicos alientos

Las tres tan afines en su ánimo;
sin exaltaciones, pero emocionadas,
cada siete días, como un capítulo bíblico
tarareaban merodeando los ríos y bosques;
la asombrada presencia,
de la música en sus almas;
tan cerquita se sentían de tenerlo todo
con sus collares de perlas sonrientes….

¿Por qué retornan
en esta madrugada de jueves
después de décadas,
con esa dignidad impoluta
Maris Unna, Graciela Recamier, Ana Mari Taibo?
¿Acaso el espacio es el vientre del tiempo,
y ellas que filosofaban a su manera
se envolvieron en su bondad innata?

Es verdad:
toda pregunta busca capturar
de una u otra manera el paso de las horas;
cada pregunta es un anzuelo para pescar
algunas ráfagas, esos fulgores, los segundos
en la mesa redonda de la misma memoria,
donde ellas celebran esta dicha
que pareciera escapársenos …

Tal vez sea el acto mágico de la eternidad
su sorprendente galería
donde perduran las escenas vitales;
tal vez también sea
el destilado licor del ensueño
que escapa al desconcierto inevitable
de la desaparición definitiva.

Tal vez ellas tres sin saber sabiéndolo,
liberando al pensamiento de la cuenta asignada,
traspasaron el conocimiento con aquella música;
y ahí están, con sus caballitos tequileros
brindando para no olvidar esa floreada tarde
donde la amistad se asienta dentro de uno.