¿De qué encierro estamos hablando?

12/06/2020 - 12:00 pm

Quedarnos en casa ha supuesto muchas contradicciones, angustias y sobre todo el frenón de la vida económica que está haciendo padecer a millones de familias, aunado al dolor de la muerte. Mucho se ha dicho, analizado, discutido. Voy a reflexionar por otro camino.

Quedarnos en casa no es el peor encierro que estamos viviendo. En medio de todo lo que al respecto se ha dicho y ha sucedido, bueno y malo, este confinamiento tiene sus virtudes. Desde aprender a cocinar, hasta descubrir el profundo silencio interior personal pasando por dormir más o fortalecer una relación filial.

Los verdaderos encierros son otros. Algunos sistemáticamente inducidos, otros flagrantemente auto-inducidos, otros sencillamente hábitos afectivos o mentales.

Uno de estos hábitos-encierro es el dogmatismo, siempre más afectivo que racional. El dogmatismo culto o inculto, informado o desinformado es una muleta para la inseguridad personal, el miedo a la incertidumbre o la pereza mental. Es por otro lado un vehículo del enojo, de la impotencia o de la violencia reprimida. El dogmatismo se disfraza también en la aparente pureza de los modelos sociales, económicos, políticos de cualquier signo, desconociendo la naturaleza contradictoria no solo de los sistemas de ideas, sino, sobre todo, de la realidad cotidiana.

El encierro de la información. Nada más difícil, en este tiempo de supuesto acceso total, que encontrar buena información y reflexiones cabales. Los medios de comunicación son parte de la inducción de este encierro. No propician la reflexión más que en contadas excepciones y con tiempos acotados. Siempre las mismas voces, los mismos teatrales conductores. Los mismos pontífices de opinión a veces ensoberbecidos. La mañanera tiene la novedad y el coraje de exponer a los más altos servidores públicos al escrutinio público como nunca en México, marca rumbos y nuevas narrativas, pero se pasa innecesariamente de repetitiva y provocadora.

El encierro autoinducido de quienes se empeñan en escuchar solo lo que quieren oír. Debo decir que puede ser una tentación de todos. Me pregunto que puede pensar sobre la pandemia, la economía del país, el mundo, el cambio climático, las energías renovables quién ve o consulta religiosamente un solo medio de comunicación.

No digamos el encierro en las fake news. Noticias falsas explícitamente fabricadas. Eso ya es cuestión de psicópatas a sueldo. Los que se las creen, o los que a veces nos las queremos creer, no somos de ese gremio mercenario, pero estamos afectivamente orientados a encerrarnos en lo que queremos oír para aliviar nuestra incertidumbre o la amenaza de nuestros intereses. Por eso, acaso, las difundimos sin la menor revisión de rigor.

A propósito de rigor es claro que hay gente sin escrúpulos que miente alevosamente. Sin embargo, los más peligrosos son quienes no han caído en la cuenta que entre grilla y deshonestidad intelectual hay una línea muy delgada, y se pasean de un lado a otro con singular alegría. Este jugueteo, con fachada de astucia, genera destrucción, polarización y quiebra todo diálogo.

Vivimos en este momento en un país, y en un mundo de múltiples encierros, intelectuales y afectivos, que nos han inducido desde afuera, que nos recetamos solitos, o las dos cosas. Nada que ver con la pandemia del Covid.

Será muy complicada la vida des-confinada. Controles sanitarios, alejamiento de los otros, lenta recuperación económica. Sin embargo, el problema es que los otros encierros nos los llevaremos puestos.

Las preguntas que no puede resolver ningún científico de la salud, son: ¿cómo des-confinarnos de esos otros encierros? ¿Cómo aplanamos la curva del dogmatismo?, ¿Cómo brincamos los cercos informativos nacionales e internacionales?, ¿Cómo trascendemos esos intereses nuestros cuando contundentemente afectan a otros?, ¿cómo trascenderse a uno mismo, en nuestro narcisismo, miedo y angustia de la incertidumbre?, ¿cómo generar un reflexión rigurosa y compartida?

Tal vez para enfrentar estas preguntas ha servido en parte el Quédate en Casa. Sin duda un viaje hacia uno mismo. Nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestras obsesiones. Otro ritmo, otros tiempos exteriores e interiores. Todo esto, más allá de sus perversiones, nos puede llevar al autoconocimiento, la conciencia. Cierto silencio interior frente al miedo a la muerte ayuda a relativizar ideas, proyectos. A diluir dogmatismos, rivalidades.

Estamos como país y como mundo frente a transiciones inevitables, complejas, seguramente dolorosas de modos diversos y para grupos diversos.

La transición hacia un país y mundo más equitativos. Un mundo sin desigualdad. Un México sin desigualdad.

Una transición en nuestra relación/concepción de la tierra. Caer cabalmente en la cuenta de que somos parte de ella. La contención del cambio climático es solamente un aspecto de esta transición.

La transición del mundo del trabajo. No es solo la gravísima situación de desempleo por la pandemia, es la transición a un mundo hipertecnologizado que elimina estructuralmente más empleos de los que genera sin que los beneficios se distribuyan.

Estas tres transiciones, entre otras de igual importancia, nos urgen a salir de los encierros. Hay pistas para todas ellas, hay prosperidades compartidas posibles. No cabe esa discusión en este espacio. La cuestión es que tenemos que pensarlas juntos. Puede que tome tiempo, pero no hay retorno. Tenemos que salir de nuestros encierros. Esto exige partir de nuestro silencio interior, de nuestra conciencia personal más genuina y rigurosa. Seguir por el rigor y auténtica pluralidad de la información y el análisis. Exige ir más allá de la grilla, a la altura del diálogo político. Correr el riesgo de no tener la razón, de ceder un interés, de ser seducido por las buenas ideas de los otros.

¿De qué encierro estamos hablando?