A Gabriel Orozco no tengo el gusto de conocerlo, pero como maestra e investigadora sobre arte contemporáneo, he estudiado profundamente su trabajo. Foto: Galo Cañas, Cuartoscuro.

Tuve una “mejor amiga”, de esas que uno considera incondicional, leal y fiel hasta la desmesura. Capaz como nadie de ayudarme cuando la necesitaba y solidaria en los momentos de fracaso. Era más que una hermana, sabía estar en situaciones en las que yo no veía salida. Previsora, siempre me advertía sobre el negro futuro que me esperaba en algún proyecto. Cuando el infortunio y la frustración me embargaban, era la primera en consolarme. Nadie como ella para ayudar a enjugar las lágrimas, para compartir la desazón. No recuerdo ningún momento de dolor en el que no estuviera presente. No había duda, era una amiga de verdad. Curiosamente en mis momentos de éxito nunca apareció; era extraño, pero cuando las cosas iban bien, más bien se alejaba. Con el tiempo empecé a notar su ausencia en tiempos de alegría. Cuando la llamaba para contarle un logro, de inmediato reaccionaba con algún sarcasmo. Escéptica y negativa “a ver si no te pasa lo mismo de siempre”, me dijo más de una vez. Y también tenía razón, yo solía equivocarme en las decisiones y no era raro que tarde o temprano terminara llorando en su hombro mi desventura. Pero llegó el día en el que su poca solidaridad con mi felicidad empezó a llamar mi atención. Cada vez fue más obvia su poca afinidad en las buenas rachas. Cuando mi vida tomó un ritmo positivo, la vi alejarse por completo y me dolió mucho. Pasó el tiempo y viví una pérdida devastadora, al instante de nuevo apareció. Me abrazó y fue increíble su manera de confortarme; esta vez me cayó el veinte. Me di cuenta que era como un ave de mal agüero que en su interior solo albergaba la posibilidad de verme arruinada, fracasada, entonces la amistad revivía.

La de mi amiga es una característica de muchos mexicanos. Cuando pienso en la 4T, en AMLO y ahora en Gabriel Orozco y el proyecto Chapultepec, me viene la imagen de un montón de cuervos que detestan lo que está pasando, que vaticinan el fracaso del gobierno y desde luego, ya se están saboreando el desastre del proyecto encabezado por el artista. ¿Qué onda con los malos augurios?, ¿por qué no podemos respaldar y entusiasmarnos con los planes de los otros y dejar la mezquindad para ver crecer al país? En las situaciones difíciles, como mi amiga, los mexicanos tenemos una capacidad de unirnos invaluable, incluso apabullante. Desde el que ayuda a empujar el auto descompuesto de un desconocido y ríe divertido, fraterno, hasta las cadenas de ayuda en los desastres como el terremoto, los mexicanos somos insuperables.

¿Quién quiere que le vaya bien a la 4T? La respuesta viene en un santiamén, “pues claro que quiero que le vaya bien al Peje porque eso quiere decir que le irá bien a México”, pero un segundo después, se cargan de coraje, de adjetivos que denuestan toda acción de AMLO y su gobierno, hay una velocidad de palabrería para burlarse e invalidar cualquiera de sus propuestas. Mucha gente está deseando llenarse la boca con el sabidísimo “te lo dije… y esto se va a poner peor”.

A Gabriel Orozco no tengo el gusto de conocerlo, pero como maestra e investigadora sobre arte contemporáneo, he estudiado profundamente su trabajo. Tengo claro que acercarse a la obra del artista es una labor didáctica y existencial compleja. Hay que entender muchas cosas para poder crear un contexto, y me atrevería decir, hay que desentender muchas más sobre lo que creíamos que era el arte hasta antes de que Orozco apareciera en el panorama. Muchas veces he recibido la misma respuesta: “Gabriel Orozco vale por su nombre no por su trabajo”; “su éxito no es más que un asunto de dinero, lo que hace es una tomada de pelo”; “no tarda en explotar la burbuja de sus precios, sus ventas se van a ir en picada”; “lo que hace Gabriel (así, sin el apellido), hasta mi hijo de cinco años lo haría” (pobre Orozco, pobre hijo, digo yo). Imagino que de vez en cuando, llegarán estos comentarios a oídos de Orozco. Parece que todo eso le tiene sin cuidado. Sigue estando en las nubes, a pesar de que tiene muy bien puestos los pies en el suelo. Cada vez está mejor consolidado en las listas de los creadores más influyentes del mundo; son muchos los críticos destacados que elaboran tesis completas sobre su trabajo; sus exhibiciones en los museos y bienales del mundo lo posicionan como un referente fundamental. Las ventas de sus obras van siempre en escalada. Muchos de los que podrían execrar su trabajo por incomprensible han adquirido alguno de sus costosos árboles del Samurái, “¡ah! porque esos sí son bien pederos”, me dijo un coleccionista que acababa de hacerse de uno.

A Orozco todo este ir y venir de opiniones le viene guango, estoy segura; es más, me atrevería a pensar que hasta le divierte. No veo en su personalidad un ápice de inseguridad o de deseo de aprobación de una masa que jamás está conforme con nada; con AMLO pasa lo mismo, él va por lo que considera su agenda y no se detiene mucho en las opiniones de los demás.

Pero ahora viene la grande. Gabriel y Andrés Manuel, ambos criticados, los dos envidiados y denostados por muchos, se asocian en el proyecto del Centro Cultural Chapultepec. Después de irse, pero jamás abandonar nuestro país y triunfar internacionalmente, Orozco contribuyó para formar a una generación de jóvenes artistas. En participación con la galería Kurimanzutto, respaldó a su grupo para colocarlo en el mainstream del arte mundial. Ahora aceptó la invitación de AMLO. Se trata de un plan que incluye la limpieza y rehabilitación de Chapultepec, que hasta hace poco estaba restringido al uso de los presidentes y del estado mayor y que se ha devuelto al pueblo. Un espacio para albergar la obra de los creadores mexicanos a los que se invitará a participar, un jardín botánico que se convertiría en el más grande del país, un centro deportivo urbano, espacios para montar a caballo, entre otros proyectos.

Los memes y las críticas no tardaron, el mismo día de la conferencia de prensa había un montón de gente dispuesta a ponerle precio a la cabeza del artista. Se le critica por haberse apropiado un proyecto que ya existía. Es cierto, hace tiempo yo tuve en mis manos el Atlas en el que Alberto Kalach proponía el rediseño del área. En la entrevista que dio recientemente al periódico El Universal, Kalach dijo que el proyecto es de quien lo lleva a cabo, y aclaró que, si lo hace Gabriel, es bueno para todos.

Sería deseable que incluyesen un museo que cuente la historia del arte de los últimos cincuenta años. Si bien es cierto que está el Tamayo, este tiene su propio programa curatorial; y, por su parte, en el MUAC no se puede pensar en una exhibición sin la anuencia del curador Cuauhtémoc Medina, que por cierto también ha enfurecido en contra del proyecto y de Orozco y lo ha expresado en twitter diciendo “Un plagio es un plagio que es un plagio”. Como que no está fácil perdonar a Gabriel por ser quien es.

Es un hecho, a pesar de todo y en contra de muchos el plan avanza. Da gusto enterarse de que las áreas verdes y abandonadas, que siempre han estado en peligro de privatizarse por los voraces empresarios inmobiliarios, van a delimitarse en beneficio de la comunidad. Aún es razón para más felicidad saber que los artistas de nuevas generaciones serán exhibidos como reconocimiento a su trayectoria.

Por cierto, mi amiga, esa que parece un cuervo de Ibargüengoitia, también detesta a AMLO y a la 4T. Ella y los detractores de Orozco deberían documentarse  antes de lanzarse al tan acostumbrado linchamiento. No estaría mal que un día de estos, aprovechando el verano, salgan a dar un paseo por Los Pinos y comprueben que lo que ahí está ocurriendo no son palabrerías. Podrán proferir insultos y acusar a Gabriel Orozco y a AMLO; luego cruzarán avenida Constituyentes sin el peligro de ser arrollados por un tráiler, penetrarán una zona verde que es un oxígeno necesario, asistirán a un concierto o a una obra de teatro y convivirán con el arte público contemporáneo mexicano que les pertenecerá por siempre. Todo esto es parte de la democracia. Auguro un éxito para los entusiastas y un ataque de bilis para los profetas del mal.

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