¿A quién no le gusta que le cuenten historias. Foto: Especial.

Hay personas a las que no les gusta leer,
pero no he encontrado a nadie a quien
no le guste que le cuenten historias.
Aidan Chambers

Había una vez… Once upon a time… Il y était une fois… C’era una volta… Te’n ja mëjjä’äytëjk myatya’akt (Así nos contaron las personas mayores)…

Sea en español, inglés, francés, italiano, mixe, o cualquier otra lengua, la expectativa que genera ese comienzo es la misma. Toda la atención se centra en las palabras de quien narra. Ellas abren el arcón de las sorpresas, el universo completo al asombro, a la magia. A Comala y a Macondo, a las ciudades invisibles y al centro de la tierra, a una cabaña en la América esclavista y al sótano de una vieja casa de la calle Garay, al Sahara en aeroplano y a las doradas manzanas del sol.

¿A quién no le gusta que le cuenten historias? Les gustaba a los griegos cuando Homero les hablaba de las aventuras de Ulises; a los castellanos que seguían las peripecias de Ruy Díaz de Vivar, a quienes escuchan a los bardos de la plaza Jema-el-Fna en Marrakech; a nuestras abuelas que no se perdían ni un solo capítulo del radioteatro o del Glostora Tango Club; a las mujeres que van a lavar la ropa al río como en el comienzo de “Dolor y gloria”, esa entrañable película de Almodóvar; a los muchachos que escuchan los consejos del más viejo del pueblo a las orillas del lago de Pátzcuaro; a todas las niñas y niños del mundo antes de dormir. A ustedes, a mí. ¿A quién no?

Como les gustaba a las siete chicas y los tres chicos jóvenes reunidos por Bocaccio en una villa cercana a la ciudad de Florencia, durante la peste bubónica de mediados del siglo XIV, donde no sólo se protegen del contagio sino que se acompañan de los deliciosos relatos que el autor reunirá en el Decamerón. Cien cuentos cruzados por el erotismo, la picardía, la inteligencia y una crítica humanista a la sociedad de la época. Nueve de éstos se transformaron en una de las películas más gozosas -sin dejar de ser política- de Pier Paolo Pasolini. Una película que vi a los 17 años en el CUC, en la calle Odontología 35, entre el humo de los cigarrillos que fumábamos sin parar y las ganas de comerme el mundo. Quería aprenderlo todo, conocerlo todo, discutirlo todo, desarmarlo todo y volver a armarlo. Nunca he vuelto a ver la peli, pero aún hoy la recuerdo casi completa. ¿Se quiebra algo dentro nuestro cuando nos acercamos a ese momento que tan hermosamente describió Paul Nizan? “Tenía veinte años. No permitiré que nadie diga que es la edad más bella de la vida”.

También les gustaban las historias a aquellos jovencísimos poetas británicos que planearon unas vacaciones en Suiza, a la orilla del lago Leman, sin imaginar que el verano del que querían disfrutar nunca llegaría (1). La erupción de un volcán cerca de Bali cubrió de cenizas los cielos de gran parte del mundo. En Villa Diodati, Lord Byron, Percy B. Shelley, su novia Mary, la hermana de ésta, Claire, y el médico John William Polidori, se entretenían compartiendo lecturas, historias y flirteos. Una noche especialmente fría de junio de 1816, Byron propuso que cada uno de ellos escribiera su propio cuento de terror. Él mismo y Shelley eran los más prestigiosos poetas de la época; sin embargo la obra perdurable creada esa noche fue la de la jovencísima Mary de apenas 19 años, hija de la filósofa feminista Mary Wollstoncraft y del filósofo político William Godwin. Por supuesto estoy hablando de Frankenstein o el moderno Prometeo, considerada una de las primeras obras de ciencia ficción de la historia de la literatura.

Los relatos nos hacen sentir acompañados, nos ayudan a enfrentar los miedos, nos enseñan a entender a los demás, nos hacen reír, enamorar o temblar de emoción. Las palabras escuchadas, o las palabras leídas, las canciones, las películas, pasan a ser parte de nuestra propia vida, de nuestra propia memoria. Esas historias son nuestras, tanto como las que hemos vivido “en la realidad”.

Aunque en estas épocas de pandemia y virtualidades, vaya una a saber qué cosa es la “realidad”. Lo cierto es que yo he fortalecido mi pasión por las historias. Sospecho que a muchos de ustedes les ha pasado lo mismo, ¿o me equivoco?

He domado la angustia del encierro y la lejanía de los seres queridos, refugiándome en el trabajo (con la certeza de que es un privilegio tenerlo en estos momentos) y en los libros. Así que me he lanzado de cabeza a leer novela tras novela, con la misma emoción con que a los diez años me trepaba a las ramas del damasco de mi casa a devorar las aventuras de Jo March o de D’Artagnan. Hasta he vuelto a algunos clásicos de mi infancia como Mi planta de naranja lima o Sandokán (“Soy el pibe del ayer”, dice derrotado el papá de Mafalda, cuando la nena y sus amiguitos le preguntan “San ¿qué????”. Es verdad, somos las pibas y pibes del ayer, Quino).

La portada. Foto: Especial.

Las horas sumergida en los libros me están regalando algunos de los mejores momentos de esta cuarentena que parece ya el cuento de nunca acabar (“¿Quieren que les cuente el cuento de la buena pipa?”).

El azar y la recomendación de la querida Claudia Piñeiro hicieron que llegara a mis manos Otra vida por vivir (2) de Theodor Kallifatides, en la impecable traducción de Selma Ancira. Lo diré con la mayor sencillez que pueda, no hace falta más: es una joyita.

Griego nacido en 1938, Kallifatides emigró a Suecia en 1964 y escribió allí más de cuarenta libros de ficción, ensayos y poemas, convirtiéndose en uno de los autores de mayor prestigio de aquel país. Hasta hace un mes yo no tenía idea de su existencia (qué pena que sus obras no se traduzcan más). Hoy se ha vuelto ya uno de mis autores favoritos.

Todo es culpa de su maravilloso libro autobiográfico. Pero empiezo por el principio: a los setenta y cinco años, Kallifatides por primera vez en la vida siente que el bloqueo que está viviendo con respecto a la escritura puede no ser pasajero. Una posibilidad que por supuesto le genera una gran angustia. Otra vida por vivir son las reflexiones que surgen a partir de esa angustia, de ese temor, salpicadas de anécdotas entrañables, divertidas, inteligentes, sobre ser un griego en Suecia, sobre la lengua de la escritura, sobre la vida amorosa. Hay episodios desopilantes como su complicada relación con Ingmar Bergman. O conmovedores, como la muerte de un querido amigo en Grecia y la distancia que impide el duelo compartido. Mucha reflexión sobre los exilios y las migraciones, los amores, las raíces, las lealtades, el desamparo, la libertad… ¡qué cercanas me resultan sus páginas! Páginas de una belleza y una profundidad conmovedoras. En cada una subrayé varias líneas e hice anotaciones. Es deliciosa la sensación de conversar con un autor, ¿no?

Cuando sabes lo que quieres decir, puedes decirlo en todas las lenguas que conoces.
También puedes guardar silencio en todas las lenguas que conoces.
Pero cuando no tienes nada que decir, lo dices mejor en tu lengua materna. (p.152)

La crítica al modo en que los países escandinavos están permitiendo que el neoliberalismo destruya las conquistas del estado de bienestar es feroz. La empatía del migrante con los desposeídos de la tierra lo vuelve terriblemente sensible ante las nuevas desigualdades. ¿Será hora de volver a casa? ¿Pero cuál es la casa de uno después de más de cincuenta años en un país que también se ama? ¿Dónde está?

La emigración es una especie de suicidio parcial. No mueres, pero muchas cosas mueren dentro de ti. (p.73)

Finalmente el viaje a Grecia, con su mujer (A la edad que tengo, es maravilloso estar al lado de tu compañera de toda la vida, p.108). La miseria que ve allí lo sacude; imposible permanecer indiferente.

El viaje tiene como motivo asistir a un homenaje que le dedican los jóvenes de una escuela. Un par de discursos breves y luego la representación de una obra de Esquilo.

Me entregué a las voces de los chicos, a las palabras de Esquilo y mi alma se hinchó de orgullo. ¿Dónde más en el mundo jóvenes alumnos representaban a Esquilo? ¿Dónde más? (p.147)

Y allí, escuchando su lengua materna, recupera el sentido de su propia escritura, de su propia vida. Cuando regrese a Suecia, sabrá que ya no es un inmigrante: ha recuperado a su bandada. Como el pájaro que vio perdido tiempo antes en el cielo.

Por eso quizás conmueve tanto el último párrafo del libro:

Y este libro, el primero que escribo directamente en griego después de cincuenta años, es mi agradecimiento tardío para ellos [para los alumnos y su maestra] que me devolvieron a mi lengua, la única patria que todavía me queda y la única que no me heriría. No sólo me honraron. Salvaron en mí lo que aún podía ser salvado. ¿Qué importancia tenía en qué rincón del mundo viviera? (p.153)

A Kallifatides lo salvaron Esquilo y los chicos, como nos salvan también a nosotros los relatos, las historias, la dulzura de la poesía, el arrullo de la lengua materna. De eso habla este libro. De eso quería hablar yo en estas páginas.

“Había una vez” escribí al comienzo, así que ahora lo único que me queda por decir es: “Y colorín colorado, este cuento se ha terminado”.


(1) Estoy parafraseando el título de la estupenda novela de William Ospina que ficcionaliza este episodio: El años del verano que nunca llegó.
(2) Theodor Kallifatides, Otra vida por vivir, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2019.