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Melvin Cantarell Gamboa

12/10/2021 - 12:05 am

Omnicracia II

La democracia ateniense fue producto de la vida urbana, los ciudadanos eran quienes elegían de manera directa a sus funcionarios en asambleas.

Contenedores.
“La expansión planetaria del neoliberalismo busca la supresión del Estado como regulador de las relaciones de producción, quiere un mercado totalmente libre, la reducción de impuestos a la producción y el aumento de los mismos al consumo”. Foto: Kimimasa Mayama, EFE

SEGUNDA PARTE

La formación social que dio lugar a las clases sociales fue la esclavitud. En las primeras civilizaciones las personas se hacían esclavos por deuda o cuando su grupo perdía una batalla frente a sus enemigos. En Occidente la esclavitud se vivió en Grecia y Roma. Se distinguen porque entre los griegos la economía no estaba supeditada al trabajo de los cautivos, estos eran ocupados predominantemente en tareas domésticas. En Roma, por lo contrario, la economía dependió de la fuerza de trabajo esclava.

Las clases sociales, señalamos anteriormente, se constituyen por el lugar que ocupan en el proceso de producción. Quienes detentan la propiedad de los medios de producción (esclavistas, señores feudales o burgueses) se apropian del producto, lo realizan y acumulan riqueza, se separan del resto de la sociedad por su educación, creencias, valores, hábitos de consumo; se adjudican el poder político y la autoridad de manera directa o a través de sus representantes, lo que les permite imponer el dominio del Estado sobre los demás grupos sociales.

Del imaginario de los ciudadanos atenienses surge en la Grecia clásica la democracia; nace de una idea, no fue abstraída de la experiencia, no existe en la naturaleza ni se deduce de causas históricas, sociales o económicas. Fue producto del poder creativo de un pueblo; se constituyó durante el llamado siglo de Pericles y dio origen a un mundo de significaciones y representaciones que aún tienen poderosos efectos en nuestro presente.

La democracia ateniense fue producto de la vida urbana, los ciudadanos eran quienes elegían de manera directa a sus funcionarios en asambleas. Por tradición la comunidad practicaba el equilibrio social, tanto ricos como pobres, sin exclusión, tenían voto y acceso a cargos públicos; el único requisito, haber cumplido los 20 años y ser hijo de padre y madre atenienses. Todos tenían el derecho de voto y el deber de asistir, pero no la obligación, podían hacerlo cuando quisieran.

El demos (pueblo) se reunía en la plaza pública en asamblea (Eklesia) una vez cada mes en el curso de los diez meses del año griego, más las ocasiones que fuese necesario (llegó a suceder hasta 40 veces por año) para elegir a los funcionarios, unos de manera directa otros por sorteo. Se sufragaba después de la intervención de oradores que representaban grupos de opinión y hablaban en pro o en contra de los asuntos del día seguido por la votación, no eran delegados se representaban a sí mismos.

Dice el filósofo francés de origen griego Cornelio Castoriadis: … en Atenas “la libertad del individuo es vista por ellos como algo que no sólo excluye sino que implica una conciencia muy fuerte de la pertenencia a una comunidad política (como única fuente de poder); una conciencia, por tanto muy diferente de la que postula (entre nosotros) la idea del individuo sujeto de derecho, realidad abstracta cuyo vínculo con los otros sólo pasa por la mediación igualmente abstracta de una ley que se impone a todos de la misma manera” (Cornelio Castoriadis. La ciudad y las leyes. Lo que hace a Grecia, 2. La creación Humana III. FCE. 2012).

La democracia griega se debilitó a raíz de la derrota que Esparta infligió a Atenas y la toma del poder de los treinta tiranos en el año 404 a. n. e.; fue suprimida definitivamente cuando los macedonios destruyeron las instituciones que le daban sustento en el 322 a. n. e. (Robert Cohen. Atenas, una democracia. Ediciones Orbis, S.A. 1985).

Durante siglos los movimientos sociales han llevado a las sociedades humanas a autoconstituirse y lo han hecho sin saberlo; la experiencia griega nos es imprescindible porque la ruptura democrática que ocurrió en el siglo de Pericles estuvo indisociablemente vinculada a un movimiento popular, en la que el demos hizo política en acto.

De la misma manera que el pueblo es en la democracia la única fuente de poder también es fuente de ley, de ahí que, por política, diga Cornelio Castoriadis: “yo entiendo la actividad lúcida que apunta a la institución de la sociedad por la sociedad misma; que tal actividad sólo tiene sentido, como actividad, dentro del horizonte de la pregunta: ¿Qué es la sociedad? ¿Qué es su institución? ¿En vista de qué es esta institución?” (Cornelio Castoriadis. La institución imaginaria de la sociedad. Tusquets Editores. 1983).

Por otra parte, Roma originalmente fue gobernada por la monarquía etrusca, que con el tiempo adquirió carácter absolutista, dictatorial y tiránica; por sus abusos llegó a ser odiada y abominada; finalmente se hunde en el año 509 a. n. e. y se establece un régimen republicano donde los patricios detentaban el poder político a través de dos instituciones: la Comitia o Asamblea de tribus (un consejo de sabios que ejercía el poder administrativo, legislativo, judicial y militar) y el Senado, compuesto por los jefes de las gens, agrupación de varias familias nobles que dominaba las más altas magistraturas del Estado: consulados, preturas, ejército y decidía la política exterior; el pueblo no tenía representación en ninguno de los dos órganos. Quince años después de la caída de la monarquía, en el 494 a. n. e. se agudizaron los conflictos entre patricios y plebeyos debido al agravamiento de la opresión social; los plebeyos se lanzan a la calle en franca rebeldía y desde el monte Sacro, donde se reunieron en asamblea, amenazan con separarse de Roma. Un grupo de tribunos encabezados por el dictador Mario Valerio Máximo propone al Senado la renuncia de algunos privilegios de los propietarios de la tierra para calmar los ánimos; algunos nobles ceden y renuncian a parte de sus posesiones, al cobro y trato de esclavos que se daba a los deudores y aceptan la creación de un tribuno del pueblo al que se le otorga inmunidad, protección de cualquier daño físico y, más tarde, la concesión de vetar cualquier ley o iniciativa proveniente de los magistrados, si ésta se consideraba perjudicial a los plebeyos. Era una manera inédita de contener el excesivo poder de la maquinaria del Estado romano dominada por la rica nobleza patricia.

El tribuno era sacrosanto e inviolable por su consagración al pueblo. La lección histórica de su figura no tiene nada que ver con la democracia, que nunca fue norma en Roma, es más, no existe en latín una palabra para designarla. En la República eran las leyes y el derecho los que definían el trato entre los hombres.

La figura del tribuno es importante porque operó como contrapoder, era pues, un poder contra los poderes para proteger a la plebe: podía anular las decisiones de los magistrados, vetar sus órdenes, decretos y levas; así como oponerse a las decisiones del senado. Con estos acotamientos y limitaciones a las dos más importantes instituciones del poder político, los potentados romanos dejaban de ser dueños absolutos de Roma y, al mismo tiempo, se restituía la dignidad a los más pobres y se obtenía para los débiles una victoria histórica en la lucha de clases.

A la caída del Imperio romano, en el siglo X y hasta el siglo XIV, el territorio europeo estaba fragmentado en numerosos feudos, sus señores llegaron a reunir tanto poder que este se impuso al de los reyes. Por otro lado, la tributación que duques, condes y marqueses cobraban a las aldeas campesinas, sumada a los cíclicos periodos de hambruna en el campo dieron lugar a muchos movimientos rurales violentos de carácter igualitario; sus demandas principales eran pan y justicia, en el fondo, obedecían a un ajuste de cuentas con la nobleza y el papado. Son importantes para la historia las luchas de valdenses, cátaros, husitas, thyleristas, jacqueries, ciompi, remenses e irmandiñas que pagaron con su vida desafiar a la aristocracia y a la iglesia.

En el siglo XIV se formaron nuevas clases sociales: burgueses, artesanos y villanos; esto se debió al desarrollo de talleres en las ciudades y a que se cambió, en el campo, la forma del cobro del tributo que los campesinos pagaban al señor feudal ya que pasó de pago en especie y servicios a dinero. El descenso paulatino durante cuatro siglos de las rentas y la demanda de fuerza de trabajo hizo declinar el poder de los señoríos y permitió el refortalecimiento de los monarcas. Surge entonces lo que en la Historia se conoce como Estado absolutista, con una burocracia permanente y profesional, un sistema de impuestos estatal y un mercado, sin dejar de ser un aparato de dominación feudal.

Lo nuevo irrumpe en el siglo XVIII y mediados del XIX cuando se producen tres revoluciones simultáneas: industrial, burguesa y liberal. Se denomina Revolución Industrial al conjunto de cambios en el proceso de producción de mercancías; así como la transformación de una economía rural basada en la agricultura a una economía urbana industrializada y mecanizada que aumentó la masa de producción en relación al tiempo de trabajo invertido, la evolución de los medios de transporte, la expansión del comercio, mayor y más rápida acumulación de capital.

La era de la Revolución burguesa va de la Revolución Francesa de 1789 a la Revolución de Octubre en 1917 en Rusia y abarca a todos los movimientos sociales encabezados por la burguesía que cambiaron de raíz el carácter de la política y dio lugar a nuevas instituciones: la división de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial), la democracia participativa y la Ilustración, movimiento cultural que, según Kant, reivindica la soberanía de la razón para sacar al hombre de su minoría de edad.

Por Revolución liberal se entiende el conjunto de transformaciones económicas y políticas que van de la edad moderna a la contemporánea. Constituyen la parte ideológica complementaria de las Revoluciones Industrial y burguesa; se caracteriza por la defensa de la libertad individual, la igualdad ante la ley, la reducción del poder del Estado, los derechos individuales, de propiedad, asociación, religión, libre mercado y el Estado de Derecho. Forman parte de las revoluciones liberales la francesa, la independencia de los Estados Unidos, las independencias hispanoamericanas, la de España en 1820, las francesas de 1830 y 1848, la rusa de 1917 y otras hasta finales del siglo XX.

El neoliberalismo actual pone al día las ideas de ese viejo liberalismo; ahora es más radical, más “de derecha” y más conservador. Su expansión planetaria busca la supresión del Estado como regulador de las relaciones de producción, quiere un mercado totalmente libre, la reducción de impuestos a la producción y el aumento de los mismos al consumo, nuevos ordenamientos políticos como la disminución del gasto público, privatización de las empresas públicas, despliegue sin obstáculos a la expansión internacional de los mercados, contratación laboral según parámetros de las empresas y la minimización del Estado.

Además, los sujetos favorecidos con su dominio, con descarado amoralismo cínico se comportan con la extrema megalomanía, arrogancia y estilo psico-político que da la gloria soberana de poseer cientos de miles de millones de dólares y no hacer nada por el bienestar de los menos favorecidos. Pero no se trata de hacer su valoración moral, sino que la ciudadanía adquiera un saber sobre ellos capaz de dar lugar a una contrapotencia que reduzca su hegemonía, que extienda sus actos a la expresión de una voluntad de cambio no inspirado en fantasías, ideales o utopías para que se comporte como antipoder; que con sus actos cotidianos aprendan a rechazar las formas de organización neoliberales y conozcan cómo opera el poder estatal.

A lo largo de este escrito he tratado de destacar el papel del pueblo y del ciudadano en el desarrollo de los movimientos populares y como impulsores de los cambios sociales; lo confirman los acontecimientos de los últimos veinte años. Ejemplos hay muchos, menciono sólo unos cuantos, de los aparentemente irrelevantes hasta los que marcaron verdaderas diferencias: 2001, Día internacional sin televisión, iniciativa ciudadana para que se respeten los derechos de los usuarios; 2002, en Jerusalem un grupo de extranjeros en solidaridad con la causa palestina resiste a las fuerzas israelíes y durante un mes sirve de escudo humano para proteger a Yaser Arafat líder del Movimiento de Liberación Palestina y Premio Nobel de la Paz; 2010, en Túnez la Revolución de la Dignidad, una campaña de resistencia civil, manifestaciones masivas y huelgas generales contra el Gobierno autoritario, represivo y corrupto del Presidente Fouad Mebazaa y del Primer Ministro Beji Caid, logra una nueva Constitución que inaugura la primera democracia secular del mundo árabe; 2011, Revolución egipcia o de los jóvenes, empieza con manifestaciones callejeras que son reprimidas con brutalidad y da lugar a seis casos de inmolación, el motivo: treinta años de un Gobierno corrupto y represivo encabezado por Hosni Mubarak que termina dimitiendo; 2018, 30 millones de ciudadanos mexicanos con su voto pone fin a 80 años en el poder de una clase política corrupta que había saqueado y convertido al Estado en su patrimonio; 2021, el 21 de septiembre en un referendo los ciudadanos berlineses aprueban la expropiación de 240 mil departamentos a propietarios corporativos para frenar el aumento de los alquileres que da lugar a la gentrificación urbana, una reestructuración espacial que se produce entre la población que expulsa a los residentes originales de bajos recursos en beneficio de otra de poder adquisitivo mayor.

Estos fenómenos sociales, que descansan sobre bases democráticas, han dado lugar a una tendencia (cuando se dan elevan la conciencia ciudadana por encima de los condicionamientos burgueses) que bien conducida y echando mano de las nuevas tecnologías de la comunicación jugarían papeles análogos a las asambleas del pasado, pueden propiciar la implantación de un poder ciudadano que pondría al Estado bajo su control y poder sin violar la gubernamentalidad democrática. Acción que se justifica porque la economía neoliberal no resuelve los problemas sociales del siglo XXI. Su agresividad y abuso en la explotación de los recursos naturales amenaza la existencia misma de la vida; propicia que el capital profundice su excesivo dominio sobre el trabajo; la liberación de los mercados no amplía la libertad individual, por el contrario, la explotación de la fuerza de trabajo ha motivado la búsqueda de mayores ingresos individuales en un sistema de autoexplotación de la propia fuerza de trabajo; la apertura a la inversión extranjera en los países en vías de desarrollo atenta contra la soberanía de esas naciones.

Ahora bien, en tanto sistema complejo, la sociedad fincada en el neoliberalismo, por su dinamismo ha ido generando condiciones de autoorganización en los pueblos y, a consecuencia de sus oscilaciones periódicas hacia la izquierda o derecha, hacia adelante o hacia atrás, permite que podamos leer correctamente algunas señales de la marcha hacia su quiebra.

En conclusión, el neoliberalismo en tanto fenómeno social, por sus contradicciones e incapacidad para resolver los actuales problemas sociales, debido a su avidez y avaricia, está empujando a la humanidad hacia novedosas formas de conciencia social y a cambios inevitables de organización colectiva que terminarán echándolo al basurero de la historia. Sólo la implantación de la omnicracia hará menos doloroso el parto de una nueva colectividad inspirada en la comprensión, la cooperación, la solidaridad y la equidad.

Melvin Cantarell Gamboa
Nació en Campeche, Campeche, en 1940. Estudió Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es excatedrático universitario (Universidad Iberoamericana y Universidad Autónoma de Sinaloa). También es autor de dos textos sobre Ética. Es exdirector de Programas de Radio y TV. Actualmente radica en Mazatlán, Sinaloa.
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